América Latina comparte una historia cruzada por la violencia y las dictaduras - LJA Aguascalientes
22/01/2022

  • Entrevista a Sergio Ramírez sobre Tongolele no sabía bailar
  • Una novela que nos habla de poder, pero desde la cara de la sumisión al poder. Sumisión y traición al final de cuentas

 

En pleno siglo XXI en una Nicaragua gobernada por una pareja de dictadores, que se apoyan en un aparato represivo que se maneja en las sombras y en los poderes adivinatorios de Doña Zoraida, una bruja que dice que vuela en sueños a la India para conocer el futuro, y que además es madre del oscuro jefe de inteligencia del régimen, mejor conocido como Tongolele. Es en este contexto, que el inspector Dolores Morales, es expulsado del país rumbo a Honduras, por estar indagando además en los negocios de un empresario vinculado a Tongolele. En la frontera Morales se entera de que la mujer que ama se encuentra grave en el hospital a causa del cáncer. Decide regresar de manera furtiva a Managua, pero en cuanto lo hace, inician una serie de revueltas populares, estudiantiles en contra del régimen, que responderá con una violencia brutal. Es en este contexto que se desarrolla la más reciente novela del escritor nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), Tongolele no sabía bailar, publicada por la editorial Alfaguara.

A Sergio Ramírez se le otorgó el Premio Cervantes en el 2017, y forma parte de una brillante generación de escritores latinoamericanos surgidos tras el boom. Tras un largo exilio en Costa Rica y Alemania, abandonó durante un tiempo su carrera literaria, para incorporarse a la revolución sandinista que derrocó a la dictadura de la familia Somoza. La novela Tongolele no sabía bailar forma parte de la serie del inspector Morales que está integrada por las novelas El cielo llora por mí (2008), Ya nadie llora por mí (2017).  En estos momentos el escritor vive en el exilio tras ser acusado de “traición a la patria” por el gobierno de Ortega, tras la publicación de esta brillante novela. Conversamos con el autor sobre Tongolele no sabía bailar.

Javier Moro Hernández  (JMH): ¿Será esta la última novela del inspector Morales?

Sergio Ramírez (SR): Eso es algo que nunca se sabe, porque la novela tiene sus propias necesidades, y, por otro lado, algo que yo aprecio mucho, que es la libertad del escritor de dirigirse hacia los temas que más necesita y que más lo atrae. Puede ser que mi próxima novela no tenga nada que ver con esto, porque a mí me pasó que la primera parte de la saga del inspector Morales, que fue El cielo llora por mí, me fui a un tema muy lejano que fue la novela de Sara, adonde me fui a un tema bíblico, en donde cambie radicalmente de escenario, de personajes, de invención, porque siempre he creído que la literatura es un campo permanente de ensayo, de experimentación con las estructuras, con el lenguaje, porque uno tiene que desarrollar eso que se llama el estilo propio, pero eso no significa el acto de no poder experimentar con la escritura, que es la libertad de poder dirigirse hacia cualquier campo. Así que no es una despedida de la novela negra para siempre, ni de la novela de temas políticos para siempre, porque si la novela no me lo reclama pues no tengo que regresar al campo.

JMH: La intención del inspector Morales es regresar a Managua, pues la mujer de la que está enamorado está falleciendo, y se ve envuelto en una conspiración en contra de su enemigo, el personaje conocido como Tongolele, que es un personaje oscuro, que debe muchas cosas.

SR: Es característico de la forma en la que está organizado el poder, que siempre está organizado alrededor de dos grandes figuras centrales en el país, que disponen de todo, y los demás son sus operadores, que tienen mucho poder dentro de su campo de acción, pero que son operadores al final de cuentas, obedientes, y que son los que forman el tejido del poder. Son operadores que tienen una tradición guerrillera, vienen de la tradición guerrillera, igual que el inspector Morales, pero ellos se deben a la obediencia al poder, por distintas razones. Una de ellas es que creen que ese poder los representa a ellos, representa su lucha pasada, ya deformada, ya enviciada, pero nunca hay que olvidar que detrás de cada poder hay un aparato de creencias justificativas. Y eso es lo que pasa con Tongolele y con Leónidas, el viejo guerrillero que termina dirigiendo la operación paramilitar en contra de las protestas.

JMH: Me parece que es una novela que retrata de manera muy viva el lenguaje de la calle, la forma de hablar. Por ejemplo, con el personaje de Rambo, de Doña Sofía.

SR: En esta novela le di un gran campo al diálogo y menos a las descripciones, quería que esta fuera una novela oral, en muchos sentidos, por la dinámica que el diálogo le da a una novela, y por qué está tenía que ser una novela dinámica, porque los acontecimientos se van sucediendo unos a otros de manera muy veloz. Cuando uno usa el lenguaje diario, cotidiano, tiene que dejar atrás ciertos temores. Uno de ellos es el de si las demás personas me van a entender o van a entender a estos personajes. Y si uno obedece a este temor lo llevaría a escribir en un lenguaje estándar, en un lenguaje plano, como están escritos los manuales. Uno tiene que atreverse. Por ejemplo, yo recuerdo que cuando era niño leía mucho, me fascinaban las historietas del Capitán Marvel, que venían desde Argentina, desde Buenos Aires, y no desde México, y eso es algo que siempre me he preguntado porque pasaba así. Después la editorial Novaro que empezó a publicar los cómics, inundó Centroamérica con ellos, pero en los años cuarenta, esta historieta y los libros de texto, venían desde Buenos Aires, quizá porque el Peronismo tenía alguna política de expansión. Pero la verdad es leyendo al Capitán Marvel, que su alter ego, era un vendedor de periódico, aprendí la palabra “canillita”, que es el vendedor de periódicos, y es un término que pasó a ser parte de mi vocabulario como lector, un término muy ajeno a mí, un término muy bonaerense. Cuando cayó en mis manos, siendo muy joven también, la novela de Vargas Llosa, La ciudad y los perros, había un lenguaje muy limeño, que a veces tenía que ir adivinando, pero entraba dentro de mi concepción como lector. Las cosas que no entendía las iba dejando de lado. O una novela tan oral como lo es La región más transparente. Creo que esos temores hay que dejarlos atrás y confiar en la habilidad del lector. Aunque tampoco creo que hay que ponerle trampas exageradas, que te dejan un lenguaje de color local. Para mí esa es la diferencia con el lenguaje vernáculo.

JMH: Es una novela que tiene como uno de sus ejes el habla popular, la oralidad, pero también las referencias a la cultura popular, en este caso del cine, por ejemplo, el apodo de Tongolele, que utiliza ese ser terrible que maneja los hilos de la seguridad nacional. Una referencia a la actriz cubana que hizo carrera en el cine de oro en México.

SR: Más allá del nombre, porque yo no sé quién le habrá recomendado el nombre de Tongolele como nombre de guerra, porque es muy bueno, es muy sonoro, suena justo como a tambores africanos. Y ella era eso. Yo la recuerdo siempre en el cine em blanco y negro, en las películas cabareteras mexicanas con Ninón Sevilla, Rosa Carmina, con esos escenarios, con las orquestas de Pérez Prado. Esa es parte de mi vida también.

JMH: Nos da referencia justo a tambores, a ritmo, y la novela es justo eso, mucho ritmo, mucha rapidez, mucha oralidad.


SR: Eso cuesta trabajo, porque hay que buscar justo ese ritmo, pero en las palabras, y eso hay que buscarlo, hay que buscar la melodía de la novela. Para escribir, uno tiene que ser de cierta manera un músico. Yo vengo de una familia de músicos, y cuando mi padre me puso a estudiar solfeo con uno de mis tíos, éste me declaró sordo porque yo me impacientaba mucho, porque la lección era a las dos de la tarde, y eso era lo más horrible que le puede pasar a uno cuando es niño. Pero yo creo que el oído musical sirve mucho para la prosa, porque tienes que darte cuenta cuando lees en voz alta, que es algo que yo sigo haciendo, leer en voz alta las páginas cuando siento que ya está más o menos cocinada, y ver si suena.

JMH: Es una novela que nos habla de poder, pero desde la cara de la sumisión al poder. Sumisión y traición al final de cuentas. Por desgracia, América latina comparte una historia cruzada por la violencia y las dictaduras, pero esa forma de gobierno tiene una cara de sumisión por parte de muchos que se quieren servir de ellas.

SR: Cuando uno tiene un poder democrático, de puertas abiertas, de equilibrio de poderes, de crítica, en donde los militantes de un partido si cambian de partido no son traidores, ahí los mecanismos de poder son otros. Pero si uno tiene un poder de sumisión, un poder de control absoluto, pues las disidencias siempre se van a dar, pero se van a convertir en traición. Es decir, van a ser calificadas retóricamente como traición, deserción. Creo que el poder absoluto está lleno de esto; del miedo a traicionar, pero también de la traición. Recuerdo que hace poco leí una opinión que decía eso, que la característica más importante del poder es la traición.

JMH: También mencionó hace poco, que una de las dificultades que hemos tenido en América latina tiene que ver con la imposibilidad de construir instituciones fuertes, porque todo depende de la voluntad de un solo hombre, de una sola persona. En su novela, las instituciones que son fuertes son justo las instituciones de seguridad, como la que dirige Tongolele.

SR: Pero es un poder que siempre es clandestino, es un poder secreto, es un poder que no obedece reglas, es un poder que existe en las sombras. Si ese poder sale a la luz no aguantaría ni un minuto, sería como los vampiros, que no aguantan nada ante la luz, se vuelven polvo. El asunto con las instituciones en América latina me parece un problema crónico, porque en cuanto un gobernante con muchos votos y con mucho respaldo popular, llega al poder, lo primero que empieza a pensar es cómo quedarse en el poder. No piensa en formar y fortalecer instituciones. Piensa en quedarse, y si la Constitución le estorba, piensa en reformar la Constitución, y si la Corte Suprema no está conformada por personas fieles y que le van a hacer caso en las reformas, entonces cambia a los magistrados. Entonces constantemente lo que vemos es la deformación de las instituciones, quitando a las personas independientes, haciendo la voluntad de una sola persona, y esto se vuelve como un monstruo que empieza a tener un apetito insaciable, porque una vez que el poder escaló hasta cierto nivel de concentración de poder, no está seguro sino sigue escalando hacia arriba. Es un proceso sin fin.

JMH: Justo creo que es uno de los temas de lo que le pasa a Tongolele, que se vuelve tan soberbio, por todos los secretos que conoce y maneja, que no se da cuenta de lo que está pasando a su alrededor.

SR: Es un maestro de la conspiración, ha pasado mucho tiempo en eso, escuchando las conversaciones ajenas metiéndose en la vida privada de los demás, ejerciendo el poder de esa manera, pero no sabe los pasos que lo están siguiendo, no es capaz de advertir la traición que se está gestando alrededor suyo, porque él se cree seguro como pieza del poder, pero dentro de ese poder nadie está seguro, porque depende del arbitrio, del capricho, de alguien que tampoco obedece a ninguna ley, es solo su voluntad la que prima, y la sospecha, porque cualquiera que cae bajo sospecha, está perdido, y las conspiraciones que hay entre los operadores de los aparatos represivos son constantes. Eso lo hemos aprendido de Macbeth.

JMH: Es ahí lo que Morales y Doña Sofía van descubriendo: Estas conspiraciones que son más grandes que ellos, pero ellos se aprovechan de ella de alguna manera.

SR: De alguna manera ellos son personajes marginales de la lucha de poder, porque la gran batalla se está librando lejos de ellos, y ellos están interviniendo porque los meten en ese baile sin querer. Qué es lo que pasa siempre con el poder, que personas que no quieren intervenir lo terminan haciendo, son afectadas por el poder, de una u otra manera, porque el poder absoluto tiene eso: De dar golpes sobre el tablero, de dispersar todas las fichas y puede mandar a la gente a la cárcel, a la muerte, al exilio. 

JMH: Quería hablar ahora sobre el contexto de la novela, la represión sufrida en el 2018 en las protestas en contra del gobierno de Nicaragua fue brutal. Y aunque este contexto no es el elemento central de la novela, la reconstrucción que hace usted es central para entender el momento histórico-social en la que se desarrolla la historia.

SR: Cuando uno se enfrenta a estos hechos, desgraciadamente, termina hablando de estadísticas y hablando de los expedientes de las Comisiones Interamericana de Derechos Humanos. Es decir, la represión en Nicaragua de 2018 costó 413 muertos, se fueron al exilio 45 mil personas, fueron apresadas 1200 personas. Esta es mucha gente. Pero ya cuando una cifra es tan grande ya no puede uno dilucidar qué hay dentro de la cifra y te quedas en la estadística, y a mí me parece que la narración tiene el poder de individualizar los hechos, y uno tiene que hacer una selección, no puedes hablar de mil casos, eso ya no sería una novela, a menos que la construyéramos como lo hizo Perec en su novela en donde hace inventarios absolutos de lo que hay en una casa. Uno tiene que hacer una selección de los casos, pero no de los más emblemáticos sino de los que tengan más poder novelesco, entonces yo elegí dos o tres casos, que son el incendio de la fábrica de colchones, que fue una historia terrible, todavía cuando uno pasa al aeropuerto se ve ese edificio incendiado, el asalto a la iglesia de la Divina Misericordia y los muertos por disparos de francotiradores, de fusiles Dragunov de alta potencia, disparados desde el techo de un estadio de béisbol donado por Taiwán y que había sido recién inaugurado. Esto me parecieron a mí que eran los hechos que mejor entraban en la novela, y poder funcionar dentro de la ficción y que aparezcan a los del lector como parte natural de la historia, son hechos a través de los cuales circulan personajes ficticios, pero son hechos reales y ayudan a los personajes a figurar como personajes reales.


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