El bicho, la marmota y el realismo capitalista/ A lomo de palabra  - LJA Aguascalientes
20/01/2022

 

Para que haya un cambio social…,

es necesario que haya una transformación cultural.

Es decir, un nuevo sentido común…

Kate Crehan, Gramsci’s Common Sense: Inequality and Its Narratives.

 

1

Los demasiados meses de confinamiento a cuenta y cargo del nefando bicho fueron un formidable laboratorio sociológico en el que fue posible observar una marabunta de fenómenos, entre otros, la desazón que puede originar en muchas personas la carencia de protocolos de comportamiento para encarar situaciones inéditas. Parcialmente, a dicho déficit se reduce la nostalgia de normalidad que tanta gente parece (o cree) experimentar. Millones de personas permanecimos en reclusión domiciliaria a lo largo de meses y meses que, sorpresivamente, rebasaron el año. Más allá de las penurias económicas que ha padecido mucha gente, incluso entre quienes tuvimos la fortuna de poder seguir trabajando desde el encierro cundió el desasosiego. Recuerdo que, a finales del año pasado, durante una conversación telefónica, mi buen amigo RD me dijo que ya no aguantaba más el enclaustramiento:

— Yo sí ya estoy muy estresado. Te juro que hay días en que nada más quiero salir corriendo. 

Solamente para confirmar, le pregunté si padecía algún tipo de claustrofobia, si faltaba espacio en su departamento…, incluso me animé a cuestionarlo si tenía alguna bronca familiar. Nada.

— ¡Pero ve tú a saber cuándo vamos a regresar a la normalidad…! De plano no se le ve fin a esto.

— La incertidumbre, claro.


— ¡Y tanto día de la marmota! –se quejó.

— ¿Marmota…, cuál marmota?

— ¿No viste esa película? Ya viejita. Sale Bill Murray. Una en donde todos los días un cuate se despierta el mismo día, el mismo, igualito todo, diario… ¡Un infierno! Así estamos: ¡pinches días están de la marmota!

 

2

Nuestro día a día resultaría absolutamente pasmoso si no contáramos con las instrucciones de vida con las que, desde que llegamos al mundo, somos socialmente dotados. Casi todo nuestro comportamiento, en realidad, está predeterminado socialmente: somos seres culturalmente programados. El sentido común es en buena medida un ubérrimo bagaje de usanzas cotidianas, rutinas y en general maneras de actuar que nos permiten enfrentar la existencia sin tener que pensar y decidir a cada paso qué creer, qué hacer, cómo hacerlo… Desde esta perspectiva, el sentido común —lo que Giddens denomina conciencia práctica— no es otra cosa que un abultadísimo acervo de algoritmos que posibilita que podamos actuar prejuiciadamente. El sentido común es nuestro piloto automático social.

Actuar en piloto automático social es muy cómodo, pero cuando la dinámica social cambia bruscamente —también cuando alguien viaja a lugares con costumbres diferentes a las suyas— de inmediato surge la confusión y el estrés. Como Giddens, Noam Chomsky recalca la practicidad del sentido común e insiste en que vivir sin él resulta humanamente imposible. Sin embargo, en su más reciente libro (Consequences of Capitalism: Manufacturing Discontent and Resistance, 2021), el sabio nonagenario enfoca su atención en los peligros que encierra andar por la vida en puro piloto automático.

Para explicar de dónde viene el sentido común y cómo es que se forma, Chomsky primero apunta que en las sociedades occidentales contemporáneas los gobernados tienen que creer que el gobierno actúa a favor del interés público. “Esta es la base sobre la cual las personas ceden su consentimiento para ser gobernadas.” ¿Y cómo se desarrolla esta noción? Cuando los gobernantes promulgan y refuerzan constantemente un sentido común particular sobre el mundo, según el cual la forma en que están operando no sólo es la forma en que es el mundo, sino que la forma en que el mundo debe ser. A partir de ahí, “por definición, todo lo que se opone a ese sentido común se vuelve literalmente impensable y se convierte —y uso este término deliberadamente— en una tontería (nonsense)”. Enseguida, Chomsky recuerda que conforme al sentido común dominante “si no tienes éxito, o no estás trabajando lo suficiente o no estás cumpliendo con las reglas o ambas cosas”. ¡Échale ganas! La solución está en ti. No hay pobreza que resista años de trabajo, Sí se puede…, y demás monserga. En suma, si no eres exitoso resulta que, esencialmente, tu fracaso es tu culpa. Por supuesto, el afianzamiento de este sentido común —o realismo capitalista, según el concepto acuñado por Mark Fisher (Capitalist Realism. Is There No Alternative?, 2009)—, resulta muy conviene para las élites gobernantes, sobre todo si se quiere afianzar la idea de que el gobierno no tiene ningún pendiente que atender en favor de la equidad, sobre todo si se quiere apuntalar el dogma de que las cosas son como son y no hay de otra. Efectivamente, “parte de la potencia del sentido común es descartar de nuestro pensamiento diferentes maneras de concebir el mundo. Es decir, subyugar nuestra propia capacidad mental para imaginar el mundo de otra manera.”

 

3

Ante el Consejo de Seguridad de la ONU, hace unos días (9/XI/2021), el presidente López Obrador afirmó: “… en el mundo actual la generosidad y el sentido de lo común están siendo desplazados por el egoísmo y la ambición privada. El espíritu de cooperación pierde terreno ante el afán de lucro y, con ello, nos deslizamos de la civilización a la barbarie y caminamos como enajenados…”  El sentido de lo común, ciertamente, hoy no es parte del sentido común hegemónico. El piloto automático social vigente instruye a usted a que se preocupe por usted, y que los demás se rasquen con sus propias uñas. El piloto automático social hegemónico es fundamentalmente antisocial. Mientras no construyamos un nuevo sentido común seguiremos caminando como enajenados y los días seguirán de la marmota.

 

@gcastroibarra


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