Populismo punitivo/ Favela chic  - LJA Aguascalientes
27/02/2024

Hace unos días llegó a mis manos el más reciente ensayo de Alejandro Nava Tovar: Populismo punitivo. Crítica del discurso penal moderno, publicado este año por el Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE) en colaboración con la editorial Zela. Recibí con gusto y aprecio este nuevo título por varios motivos. Para empezar he seguido con interés la carrera de Alejandro, que se graduó de la licenciatura en Derecho y después, con apenas treinta años, se doctoró en Filosofía, un campo de estudios donde ha destacado por sus méritos académicos: primero como alumno, lector e intérprete de filósofos clásicos (Hegel) y modernos (Robert Alexy); luego, como traductor y profesor-investigador, cuya sencillez y carácter afable son difíciles de hallar en un medio donde la soberbia intelectual es el sello de la casa.

Este carácter accesible se refleja también en Populismo punitivo, donde Alejandro escribe con bastante claridad y sentido del humor, virtudes raras entre sus homólogos, que suelen desarrollar un discurso afectado, soporífero e inaccesible para quienes desconocen su jerga. “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, sentenció Marx. Sin duda Alejandro tenía esta reconvención en mente, pues a lo largo de seis capítulos, bien delimitados, relaciona el concepto de populismo punitivo y sus diferentes manifestaciones con lugares, personajes y fenómenos de la vida cotidiana. Para muestra su dedicatoria “a las canchas de baloncesto de Cañitas”, donde hace constar que sus mejores maestros en materia de inclusión social y derechos humanos no fueron precisamente los académicos, sino chavos marginales, etiquetados de manera peyorativa por las clases privilegiadas.

Esta declaración de principios, lejos de ser pura retórica, evidencia una genuina cualidad del autor, que ha conservado intacta a lo largo del tiempo: la naturalidad con que se desenvuelve fuera de los estrechos círculos académicos en los que se formó, haciendo de lado las diferencias educativas y socioeconómicas que los intelectuales y académicos se esfuerzan por acentuar. Para respaldar sus opiniones, Alejandro cita con pertinencia obras clásicas de la filosofía, el derecho, la sociología y la criminología (el apartado bibliográfico sirve como una valiosa guía de lectura para estudiantes y profesores de estas áreas); pero al mismo tiempo, se refiere con la misma soltura a programas televisivos amarillistas, o bien, a las llamadas lacras sociales, de las que se nutren por igual sus reflexiones. Él es un filósofo millennial que piensa fuera de la torre de marfil. Nos enseña a reconocer problemas muy específicos de nuestra generación, para que asumamos una postura crítica y actuemos en consecuencia.

Uno de estos problemas es el uso que hacemos hoy en día de las redes sociales, tema al que dedica el capítulo tercero, uno de los más amenos del ensayo. Alejandro advierte con preocupación la forma en que un discurso populista de carácter punitivo ha ganado terreno en tales medios, hasta el punto de hallarse “incluso presente en las demandas de grupos sociales progresistas”. Las repercusiones que trae consigo, desde la condena moral hasta sanciones de carácter penal, obedecen en parte al rencor de la ciudadanía frente a los altos índices de impunidad en países como el nuestro, según el autor. Pero también responden a un sentimiento patológico que los alemanes denominaron Schadenfreude o gusto por el mal ajeno. ¿Cómo distinguir una motivación de otra? Lo que parecía un inocente juego de niños ha conducido a frecuentes despliegues de violencia y autoritarismo, situación afín a la que narra William Golding en El señor de las moscas.

La mayoría de los internautas hemos atestiguado en más de una ocasión abusos de poder que se han perpetrado en nombre de las “causas nobles”, o peor aún, hemos tomado ya parte activa en alguna cacería de brujas o linchamiento mediático, escudados bajo el supuesto de que sólo nos impulsan las buenas intenciones. Cualquier incorrección política puede convertirse en un reclamo generalizado para que un sujeto non grato pierda su empleo para empezar, al margen de la Ley Federal del Trabajo, así se haya expresado en primera persona, no en nombre de su compañía o institución, y en un medio supuestamente informal y ajeno a su entorno laboral, como Facebook o Twitter. Por desgracia, los reclamos contra dichas infracciones no suelen estar basados en razones sólidas, sino en falacias que apelan a nuestros sentimientos más primitivos, como el enojo y la indignación.

Puesto que tendemos a reproducirlas sin darnos cuenta, Alejandro, que tiene experiencia como profesor de argumentación, nos ilustra con ejemplos reales cuáles son las más comunes, para que en futuros debates nos expresemos en términos mucho más racionales y no caigamos en la tentación de legitimar castigos desproporcionados mediante nuestro discurso. No coincido con el autor, sin embargo, en que el blanco preferido de las masas coléricas sean los eslabones más débiles de la sociedad, pues muchas figuras públicas, con privilegios políticos y económicos, han sido con frecuencia objeto de encarnizados ataques mediáticos. Tal es el caso de George Soros, fundador de la Open Society, convertido en carne de cañón por la ultraderecha estadunidense. Si ver rodar la cabeza de una persona común y corriente genera placer, imagínense la de un filántropo multimillonario.

Si bien este libro explora el concepto de populismo punitivo en distintos ámbitos, incluido el de la política, cabe aclarar que no gira en torno a López Obrador, aunque se haya usado ad nauseam el adjetivo “populista” para desacreditar su proyecto de gobierno. Esta omisión deliberada del autor sobre un asunto por demás controvertido se debe, desde mi perspectiva, a que habría sido un factor de distracción, que habría hecho demasiado énfasis en la izquierda mexicana, cuando el ensayo sostiene que, alrededor del mundo, tanto movimientos de izquierda como de derecha pueden ser populistas y echar mano de penas abusivas para ganar legitimidad frente a una ciudadanía que reclama con sobradas razones su derecho a la seguridad. Bajo diferentes banderas se ocultan las mismas pulsiones dictatoriales. Hoy en día, cuando todos gritan “¡Al ladrón!”, nos toca a los lectores desenmascarar a los tiranos disfrazados de justicieros con la guía de ensayos didácticos y elocuentes como éste, que tanto nos hacen falta para estar a la altura de nuestros tiempos.

 

Referencia:


Alejandro Nava Tovar, Populismo punitivo. Crítica del discurso penal moderno, INACIPE/Zela, México, 2021. Venta y envíos a domicilio en la siguiente liga: https://zelaeditorial.com


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