Yo solo sé, que no sé ecología - LJA Aguascalientes
22/06/2024

La frase «yo solo sé que no sé nada» se atribuye a Sócrates, pensador griego del siglo IV a.C. a quien se reconoce como el primer filósofo de Occidente; no obstante, no dejó un legado escrito, sabemos de él por el testimonio que Platón da de éste a través de su obra Los Diálogos en la que Sócrates, su maestro, funge como protagonista en varios de ellos. Platón inauguró el estilo literario del diálogo como muestra de lo que hacía su preceptor, es decir, dialogar en la plaza pública con la gente del pueblo, pero principalmente con los sofistas, los sabios de la época. Éstos son presentados en la obra de Platón como ignorantes e intransigentes, más que como sabios, pues presumen saber mucho sobre ciertos temas, pero Sócrates se encarga de desenmascararlos en la discusión que sostiene con ellos por medio del uso de la dialéctica y la ironía. Es aquí donde entra la frase «yo solo sé que no se nada» en cuestión, pues no vamos a encontrarla como tal en ninguno de los Diálogos, lo que nos vamos a encontrar es sólo el inicio de ella sin la negación absoluta, es decir, «yo solo sé que no sé» e inmediatamente después hace referencia al tema de discusión que puede ser el conocimiento, entendido como aprendizaje; la ciencia, como un saber metódico; la belleza, como expresión natural y cultural; la virtud, como modelo de conducta; etc. De esta manera la expresión que encontramos en los diálogos es «yo solo sé que no sé qué es el conocimiento, la ciencia, la belleza, la virtud», cada una de estas cuestiones dan origen respectivamente a un diálogo. Sócrates hace un uso irónico de la pregunta para comenzar su inquisición sobre el tema propuesto y, a través del cuestionamiento constante de su interlocutor, muestra que éste sabe poco o nada sobre el tema en el que se cree experto; pero lo peor es que se cree maestro sobre el asunto y cobra por enseñar algo que no sabe. La figura de los sofistas se desvaneció con el tiempo y prevaleció sobre ella la del filósofo, la de aquel personaje que no es un sabio, sino solo un amante de la sabiduría que intenta contribuir con su conocimiento a la construcción de un mundo mejor.

Una contribución importante que hacemos los profesionales de la filosofía actualmente es dar cursos en los niveles educativos de enseñanza media y superior, y sin duda el más importante es el de ética. Hace algunos años di un curso de ética profesional a alumnos de ingeniería civil en la UAA y me sorprendió mucho el poco o nulo conocimiento que tenían de los permisos que se requieren para hacer una obra, específicamente los relacionados con «El uso de suelo» y el «Manifiesto de Impacto Ambiental (MIA)». Esto me interesaba particularmente porque dentro de los contenidos de la materia se ve el tema de ética ambiental y éste debe ser de mucho interés para ellos porque los ingenieros civiles son los principales responsables de la modificación de los ecosistemas, así que deberían saber que por ley tienen que informar a las autoridades correspondientes cuáles serán los impactos ambientales de sus obras e indicar cómo los van a remediar. Ellos me comentaron en clase, con cierta ironía, que no les enseñaban nada acerca de cómo cuidar la naturaleza, al contrario, sólo a echar cemento y concreto encima de ella, y en el caso de alguna materia que habían llevado de sustentabilidad les dijeron que dejaran espacios verdes en sus obras para que fueran reconocidas como sustentables. Seguí con mi inquisición y les pregunté si sabían qué tipo de vegetación era la más apta para Aguascalientes y la región así cómo los tipos de árboles con los mayores beneficios ecosistémicos y no supieron responder, bueno sí dijeron un montón de especies, pero ninguna propia de nuestro ecosistema. Les pedí que por favor revisaran algo de literatura al respecto y que cuando llegara el momento de ejercer su profesión incluyeran biólogos o ecólogos en sus obras e hicieran con ellos un trabajo interdisciplinar conjunto. Espero que alguno(s) de ellos lo esté(n) haciendo para evitar errores como el que describo a continuación:

Bajando el inútil puente que se hizo en segundo anillo a la altura del fraccionamiento Parras se intenta subsanar la aglomeración vehicular que se forma en su cruce con la calle Paulino Martí ¿de qué manera? Se está ampliando un carril más hacia el costado derecho, pero para ello se talaron varias decenas de huizaches, mezquites y varaduz, mismos que son árboles nativos, es decir, propios de la región, que no son maleza nociva, todo lo contrario, eran árboles con un gran valor ecosistémico que deberían haberse dejado allí, pues dicha ampliación no resuelve la inutilidad del puente referido; en fin, ya los mataron, pero el colmo de la ignorancia del maistro de esa obra es que dejó un árbol en pie de manera muy notoria para probar su compromiso con el medio ambiente, pero lo único que muestra es un patente desconocimiento de ecología, pues el árbol que dejó «simbólicamente en pie» es un eucalipto, una especie sumamente dañina en nuestro ecosistema, más perjudicial aún que el puente mismo. Señor Altamira, le solicito ponga más atención en manos de quien deja la obra pública, y por favor contador Orozco, por nada del mundo vaya a poner al maistro responsable de esta obra en alguna secretaría de salud, porque matará a los gatos en vez de las pulgas pensando que con ello erradicara la peste.


Show Full Content
Previous Un poemario sobre el duelo colectivo, entrevista a Alexandra Délano Alonso, sobre Brotes
Next ¿Seguridad Pública o Seguridad Militar?/ Sobre hombros de gigantes