El arte de la congruencia: una reflexión educativa - LJA Aguascalientes
10/08/2022

Yo nací en la más oscura ignorancia

y mi Maestro Espiritual me abrió los ojos

con la antorcha del conocimiento.

A él le ofrezco mis respetuosas reverencias.

 

Actualmente, existe una amplia gama de carreras universitarias a nivel de licenciatura. También las especialidades continúan diversificándose tanto para obtener una maestría como un doctorado. Además, para cierto porcentaje de la población internacional, el acceso a la educación se ha simplificado debido a la expansión del Internet, que permite realizar estudios en línea, siendo también válida la titulación.

Resulta innegable el brillante desarrollo de las tecnologías, así como la puesta en marcha de numerosas políticas culturales por funcionarios públicos que se dan a la tarea de asegurar que los recursos estén presentes para garantizar la promoción de la identidad cultural, la protección de la diversidad cultural, el fomento de la creatividad y la consolidación de la participación ciudadana. Muchos de nosotros hemos participado de los procesos de institucionalizar organizaciones, diseñando estrategias que permitan establecer puentes con los diferentes actores culturales, tomando en cuenta tanto a las organizaciones estatales, el sector privado y la sociedad civil.

Sin embargo, la educación no sólo tiene que ver con el involucramiento de organismos eficientes o con un conjunto de información ordenada adecuadamente, a la que, según la Organización Mundial de las Naciones Unidas, todos tenemos derecho. La palabra educación viene del latín educere que significa “sacar”, “extraer”, y educare que significa “formar”, “instruir”. Platón, uno de los grandes filósofos de la humanidad, quien concebía la educación como la luz del conocimiento, dejó asentado que todo lo que el hombre aprende, está ya en él.

En este proceso, resulta imprescindible la intervención de un maestro cuya labor consistirá en ser la herramienta que permita al alumno “extraer” el conocimiento que reside en su interior para “sacar” lo mejor de él, dándole las instrucciones necesarias para que se logre, exitosamente, su aprendizaje.


Dado que existen millones de maestros en el mundo, plenamente acreditados para impartir sus materias y, también, existen millones de alumnos hambrientos de aprender ¿por qué el mundo está en decadencia? Se podría suponer que con tanta inteligencia, tantas horas empleadas en el estudio de infinidad de temas, tantas investigaciones minuciosas y tantos descubrimientos, este planeta debería ser un espacio pacífico donde la felicidad y la armonía crecieran como flores en el campo.

Pero nada más alejado de este ideal, resulta ser la realidad a la que nos enfrentamos. Diariamente, somos testigos de masacres, decapitaciones, violaciones, abusos sexuales, guerras inclementes, tráfico de drogas, alcoholismo, prostitución de menores, venta de órganos, matanzas de animales, robos, secuestros, violencia doméstica, tortura en reclusorios, venta de esclavos, pederastía, sadomasoquismo, crímenes de lesa humanidad y un sinfín de barbaries perpetradas contra la naturaleza y todos los seres sintientes.

Es evidente que algo está fallando y que no podemos seguir teorizando en torno a la educación como si este tema estuviera desvinculado de la situación en la que se encuentra este planeta y por la que tenemos la obligación de tomar responsabilidad. A fin de cuentas ¿para qué nos sirven tantos títulos? El de la primaria, el de la secundaria, el de la preparatoria, la licenciatura, la maestría y el doctorado ¿acaso ayudarán en algo para transformar el sufrimiento que invade nuestra existencia? Estoy convencida que la educación sin conciencia es una tierra baldía.

La palabra conciencia proviene del latín conscientĭa, y ésta, a su vez, del griego συνείδησις (syneídesis), compuesta por el prefijo συν- (syn-), que significa “con”, y είδησις (eídesis), que quiere decir “conocimiento”, es decir: con conocimiento. Con-ciencia es, pues, la ciencia del autoconocimiento, la capacidad de reconocerse a uno mismo, así como al entorno que uno mismo habita. Por eso, la conciencia está ligada a la mente y al dominio de los sentidos. Una persona puede denominarse consciente, siempre y cuando tenga conocimiento de lo que ocurre consigo mismo y con su entorno. Se trata, pues, de un ser humano que está despierto, a cierto nivel, porque se percata y vive integrado y vinculado, mientras que la inconsciencia nos remite a la persona que por diversas razones es incapaz de conectarse a lo que sucede tanto en su interior como en su entorno.

Mayoritariamente, hemos vivido a través de nuestro centro intelectual, buscando preguntas y respuestas, racionalizando la existencia, deprimiéndonos por el pasado y especulando con el futuro, desconociendo la posibilidad de habitar este mundo desde el centro de nuestra conciencia. La conciencia reside en un espacio abierto e infinito que nos recuerda lo sagrado de nuestra humanidad.

El desarrollo consciente tiene un ingrediente inequívoco: la congruencia.     Etimológicamente, la palabra congruencia proviene del latín cum gruere que significa “coincidir”, “convenir”, “encontrarse”. ¿Y cuántas veces nos hemos encontrado con extraordinarios doctores que hablan sobre los últimos avances para combatir el cáncer, sentados en lujosos sillones con un cigarro entre los dedos, o bien, a cuántos sacerdotes podríamos nombrar que presumiendo de su voto de celibato han violado a menores de edad, o cómo dejar a un lado a los grandes iluminados del budismo tibetano que siguen participando de la matanza de animales con el consumo de carne, a pesar de que Buda llegó, entre otras cosas, a enseñar la compasión por todos los seres sintientes?

No es fácil alinear lo que se piensa con lo que se dice y con lo que se hace. Y uno de los grandes retos, al que se enfrenta hoy en día el sistema educativo, tiene que ver precisamente con esto. Por eso, enseñar con el ejemplo es un arte.

Aunque son millones los maestros que existen en el planeta, solamente puedo citar, fidedignamente, a uno que logró llevar la congruencia a su mayor expresión: Srila Prabhupada. Este ser humano, nacido en Calcuta en 1896, predicó con el ejemplo porque lo que dijo, lo hizo. Su enseñanza, aunque es vastísima, se puede resumir en cuatro principios: No comer carne ni pescado ni huevos; no intoxicarse con alcohol, droga, tabaco o cafeína; no tener una vida sexual ilícita y abstenerse de participar en los juegos de azar. Es decir, el no predicaba eso con una copa de vino tinto en la mano. Y su coherencia sentó la base para que, en la actualidad, el movimiento que fundó se extendiera con millones de seguidores en el planeta que tratan de practicar lo mismo.

Sabemos que es imposible entrar a un aula universitaria y encontrar a un maestro de la talla de Srila Prabhupada. Pero la palabra educación comenzaría a regresar a su país natal: el de la sacralización, en tanto se recortase la distancia entre lo que se enseña y se practica.

Hace tiempo alguien me dijo que somos un manojo de hábitos. Y en efecto, muchos actos de nuestra vida pasan desapercibidos porque son parte de nuestras costumbres. Estamos, literalmente, habituados a aceptar maestros que imparten sus clases desde la inconsciencia y la incongruencia. Pagamos altas colegiaturas para que nuestros hijos aprendan de ellos y se vuelvan, en poco tiempo, una copia del modelo arrogante e inútil que imitaron. El precio final resulta insostenible por los estragos emocionales que se recogen.

No creo que nadie tenga la menor duda de que vivimos en un mundo desintegrado. Y vivimos en un mundo desintegrado porque no coincide lo que pensamos, con lo que decimos o hacemos. Y si un ser humano está acostumbrado a vivir en desarmonía, millones de seres humanos logran un mundo en perfecta desarmonía. ¿Quién nos ha enseñado a pensar de una manera adecuada? ¿En qué Universidad te garantizan que desarrollarás la capacidad del discernimiento? ¿Existe algún título que te capacite para dejar de sufrir y ayudar a otros a encontrar paz y estabilidad mental a pesar de las vicisitudes de la existencia?

Más que aprender a vivir, nos enseñan a sobrevivir, defendiéndonos los unos de los otros, pareciendo más bestias que humanos. Somos especialistas en seguir enredados en los asuntos de la vida material sin ver la salida porque sino estamos involucrados en un problema, ya estamos en otro. Pareciera que hubiéramos perdido nuestro olfato espiritual: ese aroma que no es de este reino y que nos atrae a un estado más elevado, para poder mirar nuestra existencia con otros ojos.     Contemplar las cosas como si las viéramos por primera vez, nos desautomatiza. Y al dejar de movernos por el mundo como autómatas, podemos conectarnos a nuestra sabiduría innata. Y, sobre todo, recordar. La palabra recordar es una de las palabras más bellas que tiene el idioma español. Viene del latín y su etimología quiere decir: “volver a pasar por el corazón”. Quizás, entonces, podamos recordar que somos el tornillo de una máquina o una parte de lo sagrado que da sentido a nuestra vida.

La palabra sagrado se trata de un adjetivo que proviene del latín y que deriva del verbo “sacrare”. Bien se puede traducir como “consagrar”. Esta palabra nos vincula con la divinidad y trae consigo un sentido de veneración.

Si enlazamos la educación con la conciencia, fácilmente podemos asociarla también con lo sagrado. Entonces, tendríamos un resultado que nos atraería de manera natural a la reverencia. La reverencia es un acto que siempre va más allá de la gratitud. Implica asumir las oportunidades y las limitaciones que se abren ante algo que es majestuoso. De este modo, el que ha sido enseñado puede reconocer lo recibido e inclinarse ante lo grande con amor respetuoso.

En estos tiempos en los que se puede entrar a un aula con armas y drogas, donde el maestro tiene que desgañitarse para dar su clase o donde los alumnos pueden comprar sus calificaciones, no sentaría nada mal una buena dosis de autoanálisis y una inyección espiritual. Porque la educación académica no nos ha sido suficiente para aprender a vivir, cualquier ser humano requiere de la educación espiritual.

El mundo espiritual no tiene que ver con lo fantasmagórico. Está al alcance de cualquiera porque cohabita con este plano de existencia. Al igual que podemos reconocer expertos en cualquier materia, existen mentes evolucionadas que han sido liberadas de la devastación generada por los pensamientos, los cuales, a fin de cuentas, son nuestros únicos enemigos.

Einstein dice: “Si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Es decir, la capacidad de la introspección y la reflexión, son la base para conseguir modificar una conducta. Todo problema tiene solución. La determinación es una de las condiciones para llegar al éxito, sin importar cuántas veces uno caiga. El gran místico sufi, Mevlana Celaluddin Rumi nos recuerda: “¡Ven, ven, ven, tú, quienquiera que seas, ven!  Aunque hayas roto tus promesas mil veces. Ven. Regresa otra vez.” Pero podemos preguntarnos ¿regresar a dónde? porque regresar significa haberse ido. Educar a la mente para volverla nuestra aliada, es un aprendizaje que está al alcance de cualquiera y que se puede practicar todos los días, mediante la observación de los pensamientos y la atención consciente. Cuando nos identificamos con lo que pensamos, creemos que es verdad aquello que pensamos y reaccionamos. Cuando resistimos a la distracción, podemos percatarnos que los pensamientos surgen y se desvanecen como las nubes del cielo. Nos vamos de nuestra conciencia subidos a nuestro pensamiento como encima de un caballo desbocado. Ése regreso, al que alude Rumi, tiene que ver con el abandono de la ilusión que genera el pensamiento, para volver a la conciencia. Si practicamos este pequeño ejercicio, podemos desmantelar muchas creencias que hemos heredado de forma transgeneracional, estabilizar nuestra mente y darnos cuenta que nuestros pensamientos no tienen realidad. Los mantras existen para proteger a la mente de los pensamientos. Si ocupo mi mente en la repetición de un mantra, la protegeré, sin duda alguna, del pensamiento, quitándole todo el poder. Uno de los mantras más eficaces es el Maha Mantra, el cual surge al inicio del Universo y fue entregado por Krishna a su discípulo Brahma. Gracias a él, ha llegado a nuestros días: Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare. Cualquiera lo puede repetir y al escuchar la vibración que contienen estos nombres, experimentar en carne propia los efectos que tiene.

Como tampoco existe un yo ni un mí, mío, de mí, lo que se experimenta como “mi” conciencia es tan solo una partecita de la Conciencia Divina. La idea de que somos parte de un todo, puede que no resulte muy agradable para muchos de nosotros. Hemos sido “educados” creyéndonos seres individuales, libres y autónomos, capaces de hacer con nuestra vida lo que nos venga en gana. Pero ¿a dónde nos ha llevado esa supuesta “libertad”? ¿Ha saciado, realmente, los anhelos más profundos de nuestro corazón? ¿Cuántos de nosotros nos hemos visto vagando en el universo como pequeñas partículas por no tener una direccionalidad? Quizás, hemos olvidado de dónde venimos, quiénes somos y por qué estamos en la condición en la que nos encontramos. ¿En qué momento nos perdimos? Después de todo, regresar a casa, a lo mejor, no es un mal plan.

Como el concepto de Dios está tan vapuleado, prefiero referirme a lo divino. La energía de la divinidad está presente en todo lo visible y lo invisible. La divinidad espera, pacientemente, a ser reconocida. Por ejemplo: en un árbol hay dos pájaros. Uno mira atentamente a otro, mientras que éste mira hacia otro lugar, embelesado por los incontables placeres ofrecidos por este mundo material.

Tocar el fondo del sufrimiento es una gran posibilidad para la transformación. Después de habitar en esas regiones de alta densidad, tenemos la oportunidad de tomar la decisión de no repetir lo que nos ha llevado ahí, una y otra vez, durante numerosas reencarnaciones y conectarnos con una energía mucho más sutil.

Es por esto, que educar la mente y abrir los ojos ante lo sagrado de la vida cotidiana, nos puede servir para evolucionar a un estado de conciencia más elevado y lograr una existencia de mayor plenitud. Finalmente, en nosotros está la decisión de lo que queremos hacer el día de hoy: teorizar o practicar.


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