Mi Chente. Antología personal del Rey de las Rancheras  - LJA Aguascalientes
01/12/2022

Para mis padres

No soy experto en Vicente Fernández.

Lo he escuchado innumerables veces (tendría que vivir en Siberia para que no me hubiera tocado).



 

He cantado sus canciones en medio de una buena borrachera entre cuates (ni modo de poner música de Leonard Cohen. Una vez unos amigos pusieron a Metallica en una fiesta en la Condesa y por poco los sacan a patadas). Oh, mujeres, mujeres tan divinas… Buenas clases de machismo y misoginia.

Como él diría: en una fiesta empezamos oyendo rock, pero la fiesta llega a su más alto nivel con las rancheras, boleros y sones.

Cuando comenzó a cantar Alejandro Fernández, ideé una trama como de película de Juan Orol, en la que un cantante de ranchero es clonado por perversos científicos del MIT y producen una versión “mejorada”, más al gusto de las clases de mayores recursos, lo cual genera un hitazo comercial.

 En fin, ¿cómo vivir como si no existiera esa voz, infaltable soundtrack de nuestras vidas y visiones? Presencia insoslayable.

Pero nunca fui fan y probablemente nunca lo seré. Para mí, desde mi punto de vista y podría equivocarme, expresa la decadencia hiper mercantil de la música ranchera. Su filmografía es repetitiva a morir, canciones, charros, amor y venganza, el falso campirano, el México profundo posando para no caer en el abismo, receta tequilera que nos han recetado en el cine mexicano una y otra vez. El mérito de Don Vicente es que se mantuvo incólume, con fuerza taquillera, a pesar de todas las supuestas renovaciones de nuestras pantallas.

Grabó más de 60 discos, pero no perdamos de vista que un buen porcentaje de las canciones son covers. Poca producción original.


Nunca fui a ver sus actuaciones en el Palenque, esas orgías musicales de llanto y copas que concluían en la madrugada.

Entonces, ¿con qué Vicente Fernández me quedo? (A reserva de que esta Navidad seguro cantaré varias de su repertorio). Con el de dos películas que para mí resultan un buen ejercicio del cine de los años setenta. 

Tuve la fortuna de ver en un cine de mi provincia natal, cuando era adolescente, dos de sus veintiocho películas, las únicas que siempre me han gustado: Uno y medio contra el mundo (1973) y Tacos al carbón (1972). (Acabo de ratificar que soy del siglo pasado). Las dos dirigidas por lo que suele denominarse como “dos monstruos” del cine nacional: José Estrada (1938-1986) y Alejandro Galindo (1906-1999), respectivamente. No fueron las únicas que filmó dirigido por ellos, pero son las que he visto y disfrutado.

Las dos forman parte de las tres primeras películas en que el cantante actuó. 

Se trata de películas con personajes urbanos, populares, en lucha por alcanzar las promesas de una sociedad que siempre acaba traicionándolos. En ninguna de las dos hay mucha felicidad, incluso algunas canciones son un tanto desoladas sin que su centro sea la herida amorosa, sino el puro hecho de vivir. Nada más revisen una parte de la letra de Paloma errante: “Perdí a mis padres cuando era un niño/ Y en este mundo solo quedé/ Desde ese instante vago sin rumbo/ Y hasta la tumba descansaré”. Más allá del melodrama, hay algo del dolor de existir en estas letras, el desamparo en que tratamos de movernos del margen al centro. Tacos al carbón no es una película de amor y canciones, puesto que en ella Vicente Fernández da vida a un personaje abandonado a una insaciable compulsión erótica, que lo lleva a situaciones límites. 

Mi favorita es Uno y medio contra el mundo. Lauro Andrade, el personaje que interpreta Vicente Fernández, es un ser marginal. Hambreado, como ser escapado de la novela picaresca, se dedica a hacer pequeños robos. Logra huir de la policía en un camión de mudanzas. Escondido en el mismo transporte, encuentra a un niño (Rosalba Brambila). Pero el chamaquito no es un dechado de ternura y fresez, al contrario, se encarga de pulir las facetas del ladrón. Un poco a la manera de Paper Moon (Peter Bogdanovich, 1973), pero en sentido inverso, porque aquí quien sabe bien el arte de la transa es el niño: despluma a Lauro Andrade en la baraja, le enseña a esconderse de la policía, a ser merolico en las calles vendiendo supuestas medicinas milagrosas, a cantar en los camiones fingiéndose ciego. El chiquillo resulta ser un maestro en las tecnologías del engaño, el robo y el aprovechamiento de la ingenuidad acientífica de las personas que se encuentran. Pero no se apuren, también le enseña “cosas positivas”: a ligarse chicas en los carros chocones y los placeres de la lectoescritura.

Esta parte de la película concluye con un giro: el niño no es varón sino una niña que huye de parientes ansiosos de despojarla de su herencia. Con la intervención de la inefable policía mexicana y dos o tres detectives privados, Lauro Andrade termina en la cárcel y la niña es devuelta a las garras afiladas de sus familiares. Dos marginados, dos personajes que huyen, uno escapando de la pesadilla en que se ha convertido su infancia, el otro huyendo del hambre y la desolación.

Aviso de spoiler. Años después, Lauro Andrade sale de la cárcel, no en tan malas condiciones porque aprendió a leer y escribir para poder descifrar las cartas que le mandaba la niña que conoció disfrazada de niño. Apenas pisa la libertad y le brinca encima una hermosa muchacha (ni más ni menos que una juvenil Ofelia Medina) abrazándola gustosa. Él se extraña y la rechaza. La muchacha se revela ante él: la niña que le ayudó a refinar el arte del engaño ha crecido. Siguen avatares en los cuales viven juntos escenas semejantes a la de la primera parte: loa a las técnicas milenarias de cómo transar al amigo que va pasando. Todo les sale mal porque la niña ya es una joven que atrae demasiado la atención de improvisados seductores. Ella se corta el cabello y finge ser hombre para transar mejor. Descubren que se aman. Se besan en la calle. En ese momento, unos borrachos salen de una plaza de toros, los insultan porque creen que ella es hombre, no toleran mirar a dos hombres besándose. Pelean. El personaje de Ofelia Medina se engalla y pelea también: le dan una puñalada en el vientre. Concluye a la manera de La mujer que yo perdí (Rodríguez, 1949): Vicente Fernández/Lauro Andrade carga el cuerpo inerte de la niña, joven, adolescente. Hubo un instante de compañía, un instante en que dos seres periféricos se encontraron y ese momento ha sido roto. Lauro ha sido expulsado de nuevo.

Tacos al carbón visita el tema que usó en muchas ocasiones Alejandro Galindo: la imposibilidad de la movilidad social, el círculo de la pobreza y la marginación en que se mueven sus personajes y no pueden salir. Tocan la gloria, conocen el poder y la abundancia de dinero, para luego caer incluso más abajo. Un volver a comenzar eterno. Constancio Rojas Rodríguez vende tacos de canasta en las calles, recorriéndolas en una bicicleta. Su mamá gana un auto en una rifa organizada por un detergente. El personaje que interpreta Vicente Fernández vende el premio y pone una taquería de mejor nivel. Comienza un proceso de ascensión en que adquiere diez taquerías, y en cada una tiene un amor, por cada local una mujer. Lo traiciona uno de sus empleados, quien vende carne en mal estado en las taquerías. En el juicio, logra descubrir y desenmascarar a quien realmente envenenaba a la gente con productos enfermos. Se salva de la cárcel, pero es condenado a darle una taquería a cada mujer. Se queda sin nada.

El filme termina con Constancio llegando en su bicicleta a vender tacos de canasta afuera de una fábrica. Comienza de nuevo. Al igual que Roberto “El Kid” Terranova, personaje de Campeón sin corona (inspirado en el Chango Casanova), que comienza como nevero, alcanza las cimas del éxito deportivo y termina como nevero. En Galindo se trata de una derrota personal, de la incapacidad de vencer las estructuras internas de nuestra mente, las cuales nos llevan al fracaso. Por supuesto, la situación de la movilidad social es mucho más compleja y el director pierde de vista el contexto social (aunque Galindo ofrece un buen panorama de la sociedad en que se mueven los personajes), pero esa incapacidad para ascender y permanecer en la cima, ese fatalismo de Galindo, es un referente importante para el análisis de muchas situaciones que vivimos en lo cotidiano. 

Desde mi punto de vista y con base en no haber visto más que fragmentos del resto de su filmografía en la televisión, Vicente Fernández tal vez no volvió a interpretar personajes como éstos. Quizá algunos de sus charros eran marginales, quizá vivió en la pantalla en muchas ocasiones la catástrofe de la pérdida amorosa (acompañada de grandes tragos de tequila) hasta el fondo, pero sus personajes ya no rozaron la piel del ser que se pierde, el que no saldrá del agujero por más esfuerzos que haga, el que nació carne de prisión, el que encuentra el amor y fuerzas invisibles se lo arrebatan.   

Ese es el Vicente Fernández con el que yo me quedo.

 

 


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