Panegírico/ Yerbamala  - LJA Aguascalientes
29/11/2022

Casi para terminar este 2021 (pandémico y segundo annus horribilis), ojeando y hojeando nuestro diario LJA de hoy, en la contraportada me encuentro con un texto del estimado Carlitos Reyes, hermano de mi querido profesor de tiempos universitarios Abelardo Reyes (pionero por cierto en el arte de cabalgar en bici la cotidianidad y torear camiones y autos en las calles de nuestra otrora pequeña y risueña ciudad capital), donde nos recuerda atinadamente nuestra naturaleza finita (aquel célebre memento mori que un esclavo repetía al César al tiempo que le ceñía en la sien la corona de laurel) a propósito del primer aniversario luctuoso de nuestro querido amigo Gustavo de Alba, para mí, siempre el entrañable “Don Gus”. (“Gustavo Arturo de Alba”, Carlos Reyes Sahagún, LJA, 27 de diciembre de 2021).

La lectura de dicho texto me ha hecho recordar y animarme ahora a dar un breve testimonio sobre nuestro amigo ido, cosa evadida hasta ahora ante la desagradable certeza absoluta de la ausencia física de Gustavo. A Gustavo, “don Gus”, le conocí en la sede local del partido de tres colores, por entonces incontestada aplanadora electoral y única o casi única alternativa de participación política para los jóvenes universitarios que nos interesábamos en la política y el gobierno. Recuerdo que corrían por entonces las postrimerías del “barberenismo”, se avizoraban cambios importantes en el país y desde luego en Aguascalientes. Si la memoria no me traiciona, a Gustavo me lo presentó otro querido amigo en común, entonces joven militante del trescolorista FJR (JARR por sus iniciales y para más inri), y tengo decir que desde el primer momento me atrapó su personalidad campechana, carrilluda, mordaz, conversadora, locuaz y preguntona. Cualidades todas las dichas y otras cuantas más, esenciales para ejercer ese oficio por el que desde entonces y hasta la fecha compartimos afición, devoción y vocación con él.

Gustavo, a pesar de su clara identificación política, creía en la pluralidad de ideas, así que pronto me invitó a colaborar en su ya por entonces célebre revista Crisol, espacio en el que escribí en completa libertad por muchos años (sin la censura o la autocensura que por entonces se practicaba con mexicana alegría ante las expresiones incómodas o disidentes), con regularidad y una constancia casi familiar fomentada y alimentada siempre por mi entrañable editor, hasta su desaparición en formato impreso. Luego, le seguí fielmente al formato virtual de Crisol, hasta que algún tiempo después supe que Gustavo había dejado de editar Crisol con regularidad debido a su estado de salud. También Gustavo me seguía, cosa que me llenaba de alegría, porque era obligado y habitual visitante en todas las oficinas públicas en donde me tocó servir; lo mismo en la Representación del Estado en la ciudad de México que en la Presidencia Municipal de Aguascalientes, pasando por el Congreso del Estado.



 

Siempre aprecié en Gustavo esa bonhomía con la que te abría las puertas de su casa y te permitía convivir con toda su familia. Así conocí a su Mamá, allá en la casona vieja de Pedro Parga y entusiasta auspiciadora del proyecto editorial de Gustavo. También a Carmen Luz, su esposa y exigente dicharachera jefa de redacción de la revista, como también a sus tres entonces pequeños y despiertos hijos: Diego, Alejandra y Hernán, a quienes desde luego consideraré siempre mis amigos al ser los hijos de Gustavo y Carmen Luz.

Gustavo también fue entusiasta impulsor y casi co-editor, poniendo paciencia, medios y herramientas electrónicas de edición y personal especializado de los que por entonces mis asociados y yo ni soñábamos con disponer, a disposición de un efímero pero interesante proyecto editorial universitario bajo iniciativa del citado amigo en común y del suscrito, que pretendía tomar de nuestro maestro Gustavo de Alba ese afán de ser diverso y plural. Algo no muy en boga en aquellos tiempos de gris uniformidad y disciplina de partido único.

Luego, debido a las cosas de la vida y a otras ocupaciones fuera de Aguascalientes, perdí el contacto constante con Gustavo, cuando justo por ahora hace casi un año me enteré con mucho pesar de su deceso, así como del de nuestra querida Carmen Luz su esposa, un poco después. No pudimos acudir a despedir a Gustavo y a Carmen Luz.

Entusiasta conocedor taurómaco, Gustavo también fue mi iniciador y padrino en la folclórica peña taurina donde se reunía y compartía afición con muchos otros, en especial con uno de mis estimados profesores de tiempos universitarios, amigo en común y también colaborador en temas taurinos de Crisol: Javier González Fisher. Gustavo fue un gran conversador, que hablaba con soltura y conocimiento lo mismo de béisbol que de los orígenes familiares y relaciones de parentesco de la gente del pueblo al mejor estilo de mis tías; pero también reseñaba los avatares en el servicio público de su célebre amigo en la capital, Gilberto Calderón Romo, escudero de Joaquín Coldwell; e igual se animaba cualquier día de fiesta con la paella al estilo hidrocálido, con resultados más que satisfactorios para solaz de sus invitados. No conocí en Aguascalientes quien supiera más de cine clásico y contemporáneo que Gustavo y Carmen Luz, como tampoco conocí a nadie que creyera más en su propio proyecto editorial que el propio Gustavo, aun en tiempos de cambio político en Aguascalientes, donde los sucesivos gobiernos de otros partidos que emergieron con el tiempo, no necesariamente fomentaban ni apreciaban el periodismo alternativo en formato local. Y menos si era crítico.

Así que desde mi perspectiva la principal aportación de Gustavo al periodismo de Aguascalientes, junto con otras personas de su generación desde otros medios y espacios, fue abrir ancha brecha, actuación determinante para los posteriores espacios periodísticos y de opiniones alternativas, críticas, plurales y comprometidas con el cambio social que vinieron después y que ahora ocupan otros formatos y editores. Tal es el afortunado caso actual de LJA, de la que también he sido orgulloso colaborador casi desde su fundación.

Va entonces a la memoria de mi querido amigo Gustavo Arturo de Alba Mora, esa conocida frase de un grande del periodismo, que no por conocida deja de ser tan cierta: “para ser un buen periodista hay que ser ante todo una buena persona”. Ryszard Kapuscinski. Seguro que Gustavo sigue practicando la máxima de Kapuscinski allá donde se nos adelantó un poco.


COLA. A Jorge Álvarez, Paco Aguirre, Ray Tamayo, Edilberto Aldán, Tania Magallanes y todo el equipo de jóvenes periodistas, administrativos, informáticos y de reparto que hacen posible cada día nuestro diario LJA.MX, un abrazo fuerte por el reciente aniversario. ¡Que vengan muchos más!


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