El pensamiento anticiencia como riesgo para la democracia/ Memoria de espejos rotos  - LJA Aguascalientes
26/05/2022

Construías un gran barco, todo hecho de marfil.

Todos, salvo tú, veían que la nave se iba a hundir…

El mundo en torno a ti

Nacho Vegas

 

Hará un par de décadas que se publicó en la revista indexada The Lancet una investigación que afirmaba un resultado: doce niños, de entre las centenas de miles de vacunados con la triple (sarampión, paperas y rubéola), habían desarrollado comportamientos autistas y padecimientos de colon. Luego, la investigación se desmintió; pero con la descontextualización del resultado, algunos padres fueron renuentes a vacunar a sus hijos.

A partir de ahí, cada vez más gente que entiende poco de ciencia (y mucho menos de ciencia biomédica) ha fortalecido una postura antivacunas. El razonamiento es simplemente tarado: “no vacuno a mis hijos porque les puede dar autismo”. Claro, es mejor tener un hijo que padezca y propague enfermedades que considerábamos erradicadas y que muera en la infancia, a que sea autista.

En el contexto de la actual pandemia que padecemos con el covid-19, el razonamiento se ha replicado y sofisticado. Ya no es sólo oponerse a la vacuna porque un porcentaje ínfimo de los vacunados desarrolló una trombosis que pudo o no estar relacionada con la vacuna. No. Ahora, la vacuna es un arma para controlar a la humanidad mediante nanochips y conectividad 5G.

Pudiésemos pensar que las personas que sufren esas taras y sesgos en sus modelos de pensamiento son alguna minoría locuaz que ha sido damnificada del fracaso educativo, o que –simplemente- es impermeable a la comprensión de la estadística o del pensamiento científico. Sin embargo, no es así. El movimiento anticiencia crece peligrosamente, con el riesgo de colarse en la toma de decisiones políticas.


La semana pasada, una docena de personas se manifestaron afuera de Palacio Nacional para expresar su inconformidad a ser parte de la vacunación que combate el covid-19, así como para expresar su posición contraria a los protocolos de la contingencia sanitaria, tales como el uso de cubrebocas o las restricciones para limitar el aforo en los espacios.

La nota hubiese sido noticia “de color”, y habría quedado en las anécdotas que retratan a gente curiosa, como los terraplanistas, o los que creen en el poder de los reptilianos, si no fuese porque esa tara en educación científica y esas deficiencias en el pensamiento crítico están cada vez más popularizadas, sobre todo ahora en este contexto de pandemia.

Dos notas: el tenista Novak Djokovic fue expulsado de Australia (donde jugaría un torneo) por no estar vacunado, y se ha hecho mucho eco de la situación tomando este incidente como estandarte de una presunta libertad individual para decidir vacunarse o no. En otro lado del mundo, Hana Horká, una cantante checa, conocida como antivacunas, murió tras contraer covid a propósito.

A pesar de que en México se había erradicado el sarampión desde el 2000, a finales del año pasado se podían contabilizar casi 200 casos de la enfermedad, ya que una buena cantidad de familias decidió no vacunar a sus hijos. Internet, las redes sociales y los distintos foros han contribuido a propagar la desinformación, y con ello, a vulnerar la salud de la población.

En distintas partes de Europa, donde las restricciones a los no vacunados son cada vez más duras para contener la propagación de la enfermedad, los antivacunas actúan como si fuesen una resistencia civil y el último reducto de las libertades humanas. Exactamente igual que los tontos redneck del Bible Belt en EE. UU. cuando les pidieron usar cubrebocas y confinarse en sus casas.

Así, las personas que ven en el movimiento antivacunas una lucha a favor de sus libertades individuales, están –en realidad- poniendo en peligro a sí mismos y a sus propias comunidades, mientras creen a pie juntillas que luchan por un bien mayor. El fanatismo, la impermeabilidad a los datos duros, el acomodo de fracciones de realidad descontextualizada para fortalecer su discurso, son partes de la misma tara de pensamiento.

El problema es que, como su actuar no está determinado por argumentos lógicos, no puede debatirse en el terreno de la lógica. No es un problema menor, porque ¿cómo le hacemos saber a alguien que no entiende con claridad, el hecho de que no entiende con claridad? Sobre todo, en un contexto en el que la falta de claridad de algunos pone en riesgo a todos.

Peor aún, ¿cómo insertamos esta discusión en un marco en el que las personas con taras insisten en que todas las opiniones son “respetables”? Es decir, cuando trasladan sus dislates dañinos al terreno de la libertad de expresión. Vale decir que ninguna opinión es respetable. A las opiniones se les coteja, se les analiza, se les debate. Es a las personas a las que debemos respeto.

Una forma de mostrar respeto por la dignidad de las personas, en lo individual y en lo colectivo, es –digamos, en la salud pública- conceder lo que esté de nuestra parte para fortalecer los mecanismos de contención de una enfermedad global. Sin embargo, quienes padecen de taras anticiencia (que coincidentemente ostentan el discurso de la “libertad individual”) han sido incapaces de ver ese lado del fenómeno.

En la medida en la que el discurso anticiencia se populariza, los mecanismos de toma de decisiones individuales padecen de taras de pensamiento. Esto influye negativamente en la toma de decisiones colectivas, incluso en la toma de decisiones políticas. Dicho de otro modo, si se popularizan taras como las de los antivacunas, seguro tendrá un costo en la democracia.

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@_alan_santacruz

/alan.santacruz.9


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