Nacionalismo político y nacionalismo cultural/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
24/05/2022

El nacionalismo, como toda forma de tribalismo, suele tener consecuencias indeseables. Es un recurso político que suele dar réditos a los gobiernos populistas; suele generar consensos artificiales y frágiles en climas sociales polarizados; levanta altas cortinas de humo, cambiando el tema y la sensibilidad pública hacia los intereses del gobierno en turno; sobre todo, inflama el juicio y lo distorsiona, nos exige agrias lealtades y deforma la realidad plural en la que vivimos todas y todos.

Debería causarnos asombro: si una forma extraterrestre de vida inteligente visitara nuestro planeta, no dudo que reiría de nuestra lealtad hacia las convenciones y accidentes que son nuestras naciones, símbolos e historias fundacionales. Es cierto que los animales humanos desean pertenecer a algo más allá que a ellos mismos, por lo que el tribalismo patriotero podría ser una consecuencia de la curiosa naturaleza humana. Pero ¿estamos acaso condenados al ostracismo localista? Por mi parte, me niego y me seguiré negando a aceptar afinidades que escapan a mi estricta voluntad. Pienso que algo así tenía en mente José Emilio Pacheco al titular “Alta traición” a su poema sobre sus ambiguos vínculos con México. Por su parte, Emerson, el trascendentalista norteamericano, se quejaba amargamente de estas limitaciones ajenas a la autonomía del individuo en su famoso ensayo Self-Reliance: “Me avergüenza pensar en la facilidad con la que capitulamos ante los símbolos y los nombres, ante las grandes sociedades y las instituciones muertas”. Y, un poco después, resume así su credo cosmopolita, el cual comparto: “Todos los hombres tienen mi sangre, y yo la suya”. Por esta razón, coincido con Emerson: “Nadie puede acercarse a mí sin la complicidad de un acto mío”.

En sus charlas con Woodrow Wyatt, Bertrand Russell condena a cierto tipo de nacionalismo y hace una distinción importante: “Habría que distinguir entre los aspectos culturales y políticos del nacionalismo. Desde el punto de vista cultural, una de las cosas más tristes del mundo moderno es su extraordinaria uniformidad. Si uno va a un hotel caro, no hay absolutamente nada que le muestre en qué continente se encuentra o en qué parte del mundo; son todos exactamente iguales. Es un poco aburrido y hace que casi no valga la pena hacer un viaje costoso, si uno quiere ver países extranjeros tiene que hacer viajes baratos. En este sentido, creo que hay muchísimo que decir del nacionalismo como elemento para mantener la diversidad, ya sea en la literatura, en arte, en el lenguaje, como en todo tipo de aspectos culturales. Pero cuando hablamos de su aspecto político, creo que el nacionalismo es absolutamente malo. No creo que haya una sola cosa que pueda decirse a su favor”. Empecemos por el final: Russell condena de manera absoluta al nacionalismo político. Piensa que es perjudicial en el sentido en el que encumbra nuestras costumbres, nuestra historia, nuestros símbolos, mientras envilece a los extranjeros. Como Russell, pienso que esa idea sobre las naciones extranjeras es falsa, pero también que ese nacionalismo político suele ser un pretexto para avanzar los intereses ocultos de unos cuantos (normalmente pertenecientes a la clase política): seguir en el poder, desviar la atención, etc. Algo así sucedió con la Guerra de las Malvinas: es cuando menos curioso que el 30 de marzo de 1982 -este año se cumplirán 40 años- se llevará a cabo una marcha del movimiento obrero hacia la plaza de Mayo, en Buenos Aires, contra el dictador Leopoldo Fortunato Galtieri, y dos días después, el 2 de abril, en la misma plaza, “cien mil ciudadanos eufóricos alzaban banderas patria y enarbolaban carteles con la leyenda «Viva nuestra Marina», mientras un grito fervoroso avanzaba como la proa de un barco bestial: «¡Galtieri, Galtieri!»”. Leila Guerriero ha recuperado ésta, y sobre todo otra historia, la de los argentinos caídos y su cementerio en Darwin, en su libro La otra guerra. Una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas (Barcelona: Anagrama, 2020). Su juicio resume las consecuencias del nacionalismo político, ése que Russell no duda en condenar de manera absoluta: “En 1983 terminó la dictadura, se restableció la democracia y la guerra quedó en la memoria como el intento agónico del régimen militar por unir al pueblo en torno a una causa épica”.

Pero Russell también habla de otro nacionalismo, o de otra perspectiva desde la cual percibirlo. Aunque no me gusta seguirle llamando “nacionalismo”, el nacionalismo cultural del que habla Russell no es otra cosa que la defensa de la pluralidad. Russell, por motivos más estéticos que morales o políticos, considera que el mundo uniforme -ése que ha llegado a su culmen con la globalización- es bastante aburrido. La uniformidad socava la riqueza de nuestro mundo cultural. Algo así, pienso, también tenía en mente el filósofo potosino Rafael Jiménez Cataño al considerar el mito bíblico de Babel como una bendición más que como un castigo: la pluralidad de lenguas y nuestra capacidad de traducirlas son de nuestros mayores tesoros. Pero no nos detengamos en cuestiones estéticas: la pluralidad es benéfica tanto moral como epistémicamente: gracias a ella nos podemos percatar de la provisionalidad de nuestras particulares costumbres, podemos adquirir una perspectiva más universal sobre lo correcto y lo valioso, a la vez que podemos filtrar de nuestro sistema de creencias aquellas falsas a la vez que maximizar las verdaderas. Pero para que suceda esto no requerimos de naciones, ni de otros artificios peligrosos. La especie humana da lugar a una prolífica varianza de estrategias para hacer frente al mundo. Y esto sucede dentro de una misma nación, dentro de una misma comunidad, dentro de un mismo barrio.

El nacionalismo es un vicio, pues encumbra una artimaña que es una máscara a modo para la clase política, considera peligrosa a la migración y a la extranjería, busca la uniformidad dentro de unos límites convencionales a los que sólo pertenecen unas cuantas y unos cuantos, deforma nuestro juicio y prefiere la aquiescencia a la verdad. Así, como Emerson, digamos: “No tendré alianzas sino vecindades”.

 

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