La masonería y la literatura primera parte/ La Columna J - LJA Aguascalientes
26/07/2022

“No sé leer ni escribir, sólo burilar”

La lectura y la escritura son aquellas posibilidades que tiene el ser humano para entrar y salir de su mente, es la capacidad que tiene de reconstruir su alma y también de perseguir un sueño. El ser humano se encuentra en un momento histórico en el que es evidente que la falta de identidad sea una constante en la sociedad, las reyertas intelectuales se han difuminado con el devenir del tiempo. La lectura sólo ocupa ciertos espacios que aún no claudican en personas que aun persiguen cierta verdad. La escritura en nuestros días es un modo extrínseco de poder expresar un pensamiento corto en alguna red social digital, la comunicación se ha encaminado a estos nuevos murales y panfletos. 

Si bien la literatura es el arte de la expresión verbal, del mismo modo resulta ser una reseña de la realidad y de los momentos de una cosmogonía, en la literatura se puede encontrar un infinito que dimana realidades absolutas o compone poemas subjetivos que llevan a la reflexión. La literatura es pasado y futuro, es historia y lágrima, puede ser descanso y dictadura. En la percepción de cada humano reside la extensión de una realidad, es la sombra del viento.

Hace tres años en el festejo de los 300 años de la masonería, Aguascalientes contó con la loable presencia del Dr. Ferrer Benimelli, uno de los más reconocidos historiadores de la masonería contemporánea, es de resaltar la lucidez y su elevada capacidad dialéctica, entablar una plática con él es verdaderamente sensibilizarse a su catedra. En esa ocasión coincidimos en que la masonería se ha destacado en demasiadas aristas y en diversos frentes, entre ellos la literatura. El ser humano tiene distintos modos de trascender, quien tiene la capacidad de escribir y dejar una obra, no sólo es número a la estadística de una editorial, es un legado, es una semilla que germinara en más conocimiento y sentimiento.

Reconocidos maestros de la orden han plasmado y dejado huellas imborrables, algunos galardonados con el premio Nobel de literatura, otros con premios nacionales, y todos en el arduo trabajo que consiste en pulir su piedra en bruto. En la alegoría que menciona Luther King, todo ser humano debe plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, esta invitación se extiende aún más, ya que es necesario que no se tale el árbol y que éste dé frutos, es necesario que el libro tenga lectores y que esas ideas trasciendan, y que el hijo o hija que vengan al mundo, sea una persona de bien, pues el ser humano siempre debe tener fe en sus ideales. 

El paso del hombre por este mundo es solo un instante, pero la literatura permite romper los lagares del tiempo, permite eternizar frases, y en la perseverancia en el bien esgrime la consolidación del conocimiento, para que algún día pueda ser una herramienta que fustigue a la ignorancia y abra las posibilidades, pues por la educación se asciende a la libertad. La literatura no es pasada, la literatura siempre es presente; nunca es olvido, siempre es presencia. 

Algo que caracteriza a la masonería es el pensamiento crítico que desarrollan sus miembros, la constante redacción y lectura de textos esboza la inefable concepción de textos desde los pilares fraternales y los principios generales de la orden; sin duda alguna, la presente escuela iniciática contiene elementos esenciales del constructivismo y el cognitivismo, lo cual genera un desarrollo elemental en la dinámica propia y en la colectiva. 

En tanto que, el hombre libre y de buenas costumbres, tiene a bien escribir y redactar, cuestionarse una y otra vez bajo la mayéutica necesaria, el resultado y lo que dimana se traduce en legados en donde la filosofía masónica ha quedado plasmada en miles de obras, de discursos y poesías. Cada obra desde una perspectiva individual, pero aglutinando los valores morales por los cuales el hombre de honor camina en el piso ajedrezado.

Los hombres que son de sangre en esta tierra lo seguirán siendo mañana, por el simple hecho de dejar su tiempo para construir más tiempo, y su modo de vivir el tiempo, en las letras, en el espíritu, en la reminiscencia.


Por mencionar sólo a algunos de los masones que han dejado un balaustre imborrable se puede citar a Charles Dickens quien plasma en su obra David Copperfield una reseña iniciática; Sir Winston Leonard Spencer Churchill, acreedor al Premio Nobel de Literatura, plasmó en sus discursos un sinfín de prosas alegóricas; Mark Twain, Rubén Darío, Arthur Conan Doyle, Alexander Dumas, Víctor Hugo, Eugenio Onieguin y Boris Godunof, Tagore, Rousseau, Goethe, Voltaire, estos nombres son una muy breve reseña de masones que han conquistado las prosapia de la literatura. [Continuará]. 

 

In silentio mei verba, la palabra es poder. 

Roberto Valdés Ahumada. 

 


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