Macron y su dilema poselectoral - LJA Aguascalientes
01/02/2023

Anne Marie Mergier

 

A sólo dos días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales –y al cierre de esta edición– no parece irreal predecir la reelección de Emmanuel Macron en la Presidencia de Francia, aun si invita a la prudencia el antecedente de las inesperadas victorias de los partidarios del Brexit en Gran Bretaña y de Donald Trump en Estados Unidos en 2016.

 

Confirman tal hipótesis los sondeos de opinión –favorables al presidente-candidato, que obtendría 57.5% de los votos– y las repercusiones del debate televisivo, seguido en vivo por casi 16.5 millones de franceses, que lo enfrentó con Marine le Pen durante tres horas, el pasado miércoles 20.

 

Seguro de sí, con la prepotencia del tecnócrata convencido de tener un dominio perfecto de todas las temáticas abordadas, aparentemente respetuoso de su contrincante pero sutilmente insidioso y a veces amablemente cruel, Macron se impuso a Marine le Pen, que hacía esfuerzos sobrehumanos para no dejarse desestabilizar y buscaba defender un programa económico aproximativo y un proyecto de democracia al estilo polaco o húngaro.

 

Sin embargo, apartar a la líder de la Agrupación Nacional del Elíseo no significa apaciguar el conflictivo ámbito político y social de Francia.


 

De ganar Emmanuel Macron, sus electores exigirán que cumpla sus promesas de campaña y lo colocarán ante un profundo dilema. El presidente-candidato deberá conciliar las garantías que ofreció antes de la primera vuelta al sector empresarial y a su electorado más acomodado, con los compromisos sociales y ecológicos que se sacó de la manga en vísperas de la segunda vuelta electoral, para seducir a los sectores populares y a los jóvenes que votaron a favor de Francia Insumisa, partido radical de izquierda liderado por Jean-Luc Mélenchon, o por la Agrupación Nacional.

 

Basta recordar la amplitud y la virulencia del movimiento de los Chalecos Amarillos y las fuertes movilizaciones contra la reforma de las pensiones o a favor de las reivindicaciones del personal de los hospitales públicos, que desestabilizaron a Francia entre finales de 2019 y finales de 2020 para medir el potencial explosivo de la frustración de millones de electores de horizontes distintos.

 

Destacan los de Marine le Pen, humillados por dos derrotas seguidas en el escrutinio presidencial. Sigue un abanico de electores de izquierda aglutinados alrededor de los Insumisos, que acabaron votando por Macron en la segunda vuelta electoral “con dolor y para conjurar el espanto de la ultraderecha” o que votaron a favor de ella por odio a Macron. Equivalen a 22% del electorado, es decir 7.7 millones de personas firmemente decididas a seguir enfrentando “al presidente de los ricos”.

 

Diga lo que diga Macron, el balance de su quinquenio es malo y su personalidad inspiró en millones de franceses apolíticos o seguidores de Francia Insumisa y Agrupación Nacional un odio irrefrenable, de una intensidad pocas veces alcanzada en las últimas décadas.

 

 

 

En contra

 

Entre las principales fallas de Macron resalta su manejo solitario, vertical y soberbio del poder, “jupiterino”, dicen sus adversarios, diametralmente opuesto a las vibrantes declaraciones del candidato de 2017 que se pretendía “ni de derecha ni de izquierda” y se decía dispuesto a sintetizar lo mejor de ambas corrientes políticas para encarnar una manera novedosa y moderna de gobernar, abierta al diálogo con la oposición y la sociedad civil y favorable a cierta dosis de autogestión local.

 

Sin embargo, al igual que sus antecesores, Macron recurrió al artículo 49-3 de la Constitución, que le permitió prescindir del acuerdo de la Asamblea Nacional para imponer por decreto una parte de su controvertido proyecto de ley de reforma de las pensiones. El proyecto en su conjunto tenía que ser aprobado por el Senado, pero la crisis del covid interrumpió el proceso.

 

En materia de seguridad pública el balance del quinquenio deja bastante que desear. Las fuerzas del orden respondieron con violencia extrema a la virulencia callejera del movimiento de los Chalecos Amarillos, a menudo infiltrado por grupúsculos subversivos de los Black Block.

 

Según el Ministerio del Interior, 3 mil 100 personas –mil 900 civiles, manifestantes o paseantes y mil 200 policías– resultaron heridas en esos enfrentamientos, que se repitieron sábado tras sábado durante un año en las grandes urbes del país.

 

Unos 80 manifestantes siguen padeciendo graves secuelas de sus heridas, 17 perdieron un ojo y a cuatro les fue mutilada una mano, en todos los casos debido a disparos de balas de goma y granadas. Ese altísimo saldo de víctimas fue objeto de severas críticas de la ONU y de la Comisión Europea.

 

Si bien Macron “consultó” a la sociedad civil, siempre lo hizo coaccionado por protestas ciudadanas y sólo tomó parcialmente en cuenta sus sugerencias. Entre las grandes deliberaciones “horizontales” a que convocó destaca la cumbre sobre la violencia ejercida contra las mujeres, que impulsó buenas medidas pero careció de presupuesto para implementarlas.

 

También resultó frustrante La Convención Ciudadana sobre el Clima, que movilizó durante seis meses a 150 franceses de todos los horizontes políticos y desembocó en un proyecto de ley de altísima calidad, según todos los expertos en la materia. La ley finalmente presentada al Parlamento –y aprobada por él– es una versión bastante atenuada del proyecto inicial.

 

La economía

 

El balance económico que el presidente-candidato y sus partidarios califican de muy positivo plantea ciertas dudas.

 

Según cifras manejadas por el Instituto Nacional de Estadística y de Estudios Económicos (INSEE), publicadas hace dos meses, Francia se convirtió en el país más atractivo de Europa para los inversionistas extranjeros, su tasa de crecimiento fue de 7% en 2021 y la del desempleo, de 7.6%, la más baja en 12 años.

 

Si bien los dos primeros datos son exactos, mucho más cuestionable resulta la tasa de desempleo, cuya baja se debe en gran parte al auge del empleo precario.

 

El mismo INSEE precisa que actualmente 12.4% del total de los trabajadores galos saltan de un contrato de duración determinada a otro o de un empleo temporal a otro. Eso significa que 3.3 millones de franceses viven en forma permanente en una angustiante inseguridad laboral. Semejante precariedad se debe a la reforma del Código del Trabajo, promulgada en septiembre de 2017, que facilitó los procedimientos de despido.

 

El mismo INSEE señala además que 1.9 millones de desempleados salieron de las estadísticas porque dejaron de buscar activamente trabajo por múltiples y complejas razones.

 

Por otra parte, “la doctrina del flujo a cuentagotas”, defendida por Macron, no dio los resultados esperados. Según esa teoría, aliviar la presión fiscal que pesaba sobre los más ricos debía incitarlos casi automáticamente a invertir su capital en la economía real.

 

Animado por esa convicción, el flamante presidente suprimió el Impuesto sobre el Patrimonio e instauró un impuesto único de tasa fija de 30% sobre las rentas del capital.

 

France Stratégie, institución autónoma de análisis y propuestas en el campo social, económico y del medio ambiente a la que el primer ministro suele consultar, asegura que etas medidas no tuvieron impacto en la inversión empresarial y subraya que la reforma fiscal sobre las rentas del capital generó un aumento espectacular de pago de dividendos.

 

“Los hogares cuyos dividendos aumentaron más de 100 mil euros entre 2017 y 2018, entre 2018 y 2019 juntaron un récord de 9 mil millones de euros de dividendos. Se trata de un alza de 100% en relación con 2017”, señala entre otros datos de la mismo índole el informe más reciente de la institución.

 

El Instituto de Evaluación de las Políticas Públicas, organismo independiente, por su lado hace hincapié en la creciente brecha que separa a los más acomodados de los más desfavorecidos después de cinco años de “macronismo”. Según recalcan sus analistas, el poder adquisitivo de los muy ricos aumentó 2.8% y 4.1% en el caso de los ultrarricos, que son 0.1% de la población. Mientras tanto, 5% de los más pobres perdieron 0.5%. de su ya muy bajo poder adquisitivo.

 


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