Gustav Mahler. Genio inmortal/ El banquete de los pordioseros  - LJA Aguascalientes
14/06/2022

Escribir de lo que más nos gusta siempre resulta complicado, lo es al menos para mí, de repente tengo la sensación de que hay muchas cosas qué decir y se me vienen ideas a la cabeza como avalancha, intento retenerlas, darles cierto orden, pero es imposible, se me escapan, se fugan como el agua entre las manos. Entonces en este estéril intento de poner orden empiezo a edificar estructuras y darle sentido a lo que quiero decir, pero sin mitigar la pasión que lucha con fuerza en medio del caos de ideas que se atropellan. En fin intentaré expresarme con orden pero sin perder la pasión.

El pasado 18 de mayo se cumplió un aniversario más de la muerte del compositor Gustav Mahler, murió en 18 de mayo de 1911 en la ciudad de Viena, ahí mismo fue sepultado. La muerte de Mahler representó para la sociedad vienesa todo un acontecimiento, se repartieron boletos para su funeral y las coronas de flores era muy numerosas. No creo, de verdad, que todo ese  interés por despedir al gran genio de la música haya obedecido más a un afán protagónico o a un deseo de estar en un evento que se presentía, se entendía ya como un acontecimiento que sería parte de la historia, no, definitivamente no lo creo, asistir a los funerales de Gustav Mahler, no tengo duda, representaba en realidad el deseo más honesto de despedir a una de las grandes personalidades de la historia de la música, de dar el último adiós al más grande sinfonista del siglo XX, aunque murió en el amanecer de la vigésima centuria, no hay duda de que es eso justamente, el más grande sinfonista del siglo que apenas iniciaba.

Su primera sinfonía, la llamada Titán, la terminó en 1888, el maestro tenía 24 años, ahí empezó uno de los corpus sinfónicos más robustos, más intensos y apasionados en la siempre inconclusa historia de la música, y de alguna manera debemos entender su ciclo de nueve sinfonías y una décima inconclusa como una especie de libro autobiográfico, como una novela de nueve capítulos, desde el nacimiento del Titán, hasta su fin, un final pacífico, casi placentero, no resignado, no, no hay resignación en la novena, es en todo caso un final contemplativo, como quien voltea hacia atrás y dice con serenidad: “misión cumplida”, incluso me atrevo a decir que es triunfal, un triunfo sereno pero contundente.

A lo largo de todo este corpus sinfónico encontramos momentos verdaderamente gloriosos, como la Octava, la llamada de los Mil. Momentos de declaración de principios y confesión de credos como en la segunda, la de La Resurrección. Momentos sublimes y majestuosos como en la tercera, o intensamente poéticos como en la cuarta. En la columna vertebral de su poderoso, colosal ciclo de nueve sinfonías encontramos tres majestuosas obras instrumentales en donde encontramos algunos de los pasajes con la música más bella creada por este genio incomprendido en su momento, y posiblemente, en toda su incuestionable grandiosidad, sigue siendo incomprendido, me refiero a la quinta, sexta, La trágica, y la poética belleza de la séptima, La canción de la noche. Este eje del sinfonismo de Mahler está lleno de referencias a su vida, a lo atormentado de su vida, la sexta, por ejemplo, es la confesión más sincera de su intenso dolor, su forma de externar sus tres grandes dolores, la muerte de su hija, su forzada renuncia de la ópera de Viena y el diagnóstico de la cardiopatía de lo que finalmente murió, y cada una de esas tragedias son expresadas contundentemente con majestuosos golpes de martillo, no podría ser más elocuente.

Después de la gloriosa octava, que representó el mayor éxito de su vida, vino lo que para mí es el compendio de todo, es el universo condensado en 90 o quizás 95 minutos dependiendo del tempo del director. La novena, la inmaculada novena con la que cierra su corpus sinfónico abarca todo, justamente así entendía Mahler la sinfonía, como una totalidad, es decir, algo más de lo que simplemente puede ser la suma de las partes. Así cierra su robusto y colosal corpus sinfónico. Con esta sinfonía mure el Titán, pero su muerte es, como ya lo comenté, es una muerte tranquila, es el merecido descanso después del inobjetable triunfo. El adagio final con el que Mahler rubrica toda su obra, demuestra toda la madurez del compositor, entiendo este movimiento como la máxima revelación de la expresión malheriana, la sublime espiritualidad alcanzada y vertida en un movimiento musical que termina con los más estremecedores y estremecedores pianos que representan la despedida, la lenta pero irreversible muerte del Titán, es tan lenta que le permite decir adiós a todo aquello que fue importante en su vida. Se despide con una sonrisa bonachona al ver su obra a través de un espejo, ha reconocido la grandeza de su creación y ahora es tiempo de descansar.

Todavía tuvo algunos estertores antes del adiós definitivo en su inconclusa décima que inicia con el único movimiento que terminó y dejó debidamente orquestado, otro adagio en el que deja plasmado todo ese profundo pensamiento musical que desarrollo a lo largo de su vida, de sus 51 años; pueden parecernos muy pocos y no podemos evitar especular que más habría hecho este genio de la música de haber vivido más tiempo, a dónde nos hubiera llevado con su música. Después del adagio de su inconclusa décima podemos pensar que no le quedaba más que escarbar en las inhóspitas profundidades de la perfección. 

Van estas líneas a la memoria del gran genio, del inmortal Mahler. 


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