El peso de las razones / La mediana edad - LJA Aguascalientes
02/07/2022

En algunos meses cumpliré 41 años. Las personas, tanto cercanas como recién conocidas, se han encargado en las últimas semanas de recordarme que ya no soy joven. Y es cierto, pero también lo es que no es fácil dar el paso mental de una juventud recién perdida a una madurez incierta, en la que cada día un nuevo dolor aparece en alguna región antes desconocida de nuestro organismo. En algún lugar leí o escuché que la consciencia del propio cuerpo, al menos su recurrencia, es el rasgo más relevante de la pérdida de la juventud. Mis músculos, mi espalda, mis dientes, mi energía se deterioran y menguan semana a semana. Si es cierto que a partir de los 25 la vida humana comienza su declive, cerca de los 40 sus signos externos e internos resultan innegables. Pero no son estas líneas una queja grandilocuente de la mediana edad: es cierto que la vida es un morir diario desde el nacimiento. De eso va la naturaleza de los seres vivos. Para el poeta Andrés Neuman la vida es un tobogán: “Ya comienzo a notar / una aceleración ajena de los años. / No digo que presienta la vejez / –aunque la veo– / ni inventaré tampoco precoces experiencias. / Es algo diferente: / un vislumbre borroso, una antesala / del tobogán, más breve / siempre de lo que el niño desearía / y más veloz de lo que el hombre espera”.

Se habla en muchos contextos, la mayoría psicológicos, de la crisis de la mediana edad. Confieso que me da repelús la psicología, una ciencia joven que, dada su juventud, es caldo de cultivo para las pseudociencias y las pseudoterapias. Quizá fue por ello que nunca me tomé demasiado en serio las generalidades y etiquetas de las crisis existenciales. Sirven para vender libros, pensaba, para atraer acólitos y cobrar costosos eventos, pero no describen las vicisitudes de las diversas edades y etapas humanas. Me equivocaba de manera parcial. Que la psicología use, y quizá siga un tiempo usando un lenguaje vago, que sea poco sensible ante la evidencia empírica, y que sea proclive a las falsas generalizaciones en nada excluye el hecho de que a una cierta edad sucede que muchos seres humanos son acosados por pensamientos lúgubres. Esta neblina mental se beneficia de la carencia de proyectos estimulantes y de emociones positivas intensas. Todo esto sucede mientras los que dejamos de ser jóvenes bajamos por una escalera surrealista que no nos lleva a ningún sitio visible. ¿Hay alguna manera de atrapar estos pensamientos de una manera más clara y explícita?

El triste y desprestigiado género literario de la autoayuda, a pesar de sus ejemplares actuales, risibles y grotescos, goza de una tradición ilustre. ¿Cómo hemos de vivir? Tratar de responder a esa pregunta fue materia de especulación para mentes brillantes como las de Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, Zenón, Cicerón, Séneca, Epicteto, el emperador Marco Aurelio, Plutarco y demás filósofos griegos y romanos. Luego la filosofía abandonó sus pretensiones edificantes –que Epicuro resumía con la frase “Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento humano– y se concentró en otras tareas en apariencia más serias. En la actualidad, los filósofos se han dejado de preocupar por la pregunta y la han dejado en manos de glosadores, autores de los nuevos libros de autoayuda: textos que en su mayoría resumen mal –como señaló no hace mucho la filóloga Irene Vallejo– las ideas de estos grandes pensadores.

No obstante, hay notables excepciones. Una de ellas es En la mitad de la vida: Una guía filosófica, traducida al castellano por la prestigiosa editorial Libros del asteroide, del (¡muy serio!) profesor de filosofía del lenguaje del MIT Kieran Setiya. El libro es un ejemplar lúcido y consistente del viejo género de la autoayuda que Plutarco popularizara con sus Moralia. Setiya busca atender tanto a las causas como a las posibles soluciones de la crisis de la mediana edad. Su lectura puede ser poco atractiva para los jóvenes, quienes hacen bien en vivir su vida como si no hubiese un mañana. Pero para los que hemos perdido de manera reciente la juventud, o para aquellos que ya entrevén el principio del fin del tobogán, puede serles de tremenda utilidad. En mi caso, desde mis 38 que tengo el libro en casa, lo releo al menos una vez al año. No digo que su lectura cure mis múltiples achaques o sea un suplente del Dolo-Neurobión para mis frecuentes contracturas, pero sí disipa mi lóbrega bruma mental.

No quiero que se me confunda. No soy sólo un redoblado pesimista con esta nueva etapa en mi vida (pesimista, para el caso, lo suelo ser con respecto a todo). Tengo la fortuna de conocer amigos que ya han pasado por ella y los veo disfrutando una plenitud que también desconocían con anterioridad. Los veo estables laboral y económicamente, los veo con familias felices y prósperas, los veo con deseos que eran inexistentes en su juventud que les abren caminos y rutas que al menos les harán divertido el último trecho del tobogán. Hoy creo que de lo único de lo que se trata es de vivir vidas un poco más sanas, tener el dinero suficiente para no preocuparse por él (sabia medida aristotélica), tener buenos amigos y buenas conversaciones, si es posible tener una pareja que te acompañe, entienda y quiera, y (¡sobre todo!) tener el mejor seguro de gastos médicos posible. ¡Poca cosa!

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