Cátedra / Historia de la UAA 0.- Introducción - LJA Aguascalientes
12/08/2022

Y guarden estas palabras

que les digo al terminar:

en mi obra he de continuar

hasta dejarla concluida,

si el ingenio o si la vida

no me llegan a faltar.

 

Es la memoria un gran don,

calidá muy meritoria;


y aquellos que en esta historia

sospechen que les doy palo

sepan que olvidar lo malo

también es tener memoria.

 

Mas naides se crea ofendido

pues a ninguno incomodo;

y si canto de este modo

por encontrarlo oportuno,

no es para mal de ninguno

sino para bien de todos.

Martín Fierro.[1]

 

La semana pasada esta columna insistió en evidenciar, por enésima vez, la actitud en la que insisten sus directivos, en el sentido de celebrar una falsa conmemoración anual de la “fundación” de la UAA el 19 de Junio de 1973 -fecha en la que se celebró una sesión interna de Consejo Directivo en la que no autorizó la transformación de Instituto en Universidad; lo que hizo fue aprobar el inicio del procedimiento que se debe seguir ante el Gobierno cuando se desea proponer reformas a su Ley Orgánica- en lugar del Domingo 24 de Febrero de 1974, fecha en la que culminaron dichas gestiones con el decreto correspondiente emitido por el Poder Legislativo y sancionado por el Ejecutivo, al entrar en vigor el día que fue publicado en el Periódico oficial del Estado, a partir de cuya fecha -y no antes- el último nombre de Instituto Autónomo de Ciencias y Tecnología de Aguascalientes que se le había asignado en 1963, fue sustituido por el actual de Universidad Autónoma de Aguascalientes.

Prueba fehaciente de lo que afirmé y sostengo es la imagen de la carátula de dicha Ley que aparece en el mismo artículo; su contenido completo está a disposición de la ciudadanía en la biblioteca del Congreso y también se puede consultar en su portal de internet. Es justo y necesario que esa actitud se sepulte en el olvido y que, de continuarse conmemorando, ese aniversario se celebre el día 24 de Febrero que es el que por esa ley le corresponde.

NO EL NOMBRE SINO EL FONDO. En el transcurso de cincuenta años he puesto en evidencia, con el propósito de contribuir a corregirlos para purificar su historia, muchos de estos supuestos errores así como también flagrantes omisiones que no pueden atribuirse a ignorancia, en un lamentable ambiente de represión no tanto debido a la forma del nombre, sino del negativo fondo doctrinario que se ocultó detrás de él; no lo he hecho en una forma sistemática sino atendiendo a las oportunidades que se han ido presentando ante su insistencia de continuarlos sosteniendo.

DOS VERSIONES DE LA HISTORIA. He recibido sugerencias en el sentido de dar a conocer la versión de quienes denunciamos en forma enérgica las medidas autoritarias con las que se burló lo que debió hacerse limpiamente, con procedimientos acordes a la democracia universitaria.

No lo había hecho con la intención actual, porque no se habían presentado las condiciones para ello y ya casi estaba perdiendo la esperanza de hacerlo en vida, pensando que no lograría calar en el criterio de la comunidad universitaria -integrada exclusivamente por sus estudiantes y profesores, así como por los trabajadores manuales sin cuyo apoyo sería complicado su adecuado funcionamiento- de tal manera que dejase la huella necesaria para que algunos de sus miembros decidiesen continuar la tarea con el propósito de rectificar la ruta histórica y esencialmente filosófica de lo que debe ser toda Universidad que se respete.

Lo haré ahora porque las condiciones a que me refiero, ineludibles, se están manifestado ya en una notoria mejoría de la calidad académica como resultado del persistente esfuerzo colectivo y una conducción inteligente y hábil, que permitirá valorar en su justo significado el profundo contenido de lo que debe ser una Universidad y la forma de conseguirlo.

Esto me anima a iniciar la tarea en forma sistemática -aunque sea sucinta- pues entre el personal académico que ya es considerable en cantidad y en calidad; y entre la juventud estudiantil que también empiezan a manifestarse con fundamento y decisión en la defensa de sus derechos, habrá quienes tomen en sus manos la antorcha que ilumine el camino de las generaciones futuras. Así funciona la cadena de la historia; todos somos parte de ella y en la que participamos, de forma activa o pasiva en diversos grados, cada uno de sus eslabones; todos, porque hasta la indolencia puede determinar, fatalmente, el futuro de todo un pueblo.

No pretendo en manera alguna escribir una obra exhaustiva y mucho menos imponer mi criterio. La última palabra en este terreno la tendrán siempre los profesionales de la historia. Solo me limitaré a señalar esos imperdonables errores y omisiones que los ha llevado incluso a cometer agravios imperdonables contra su autonomía, así como los argumentos en que me baso para hacerlo.

UN DISCURSO SATÁNICO. Queda claro que no soy un especialista en la materia. Soy un hijo espiritual del Instituto Literario de Ciencias y Artes inaugurado en 1849 por Jesús Terán -el académico, legislador, político, internacionalista supremo y más grande defensor de la soberanía nacional que haya nacido en Aguascalientes- así como profesor del mismo -en el cual incluso participé como secretario general al ser amablemente invitado como su colaborador por el rector Álvaro de León Botello, a quien recuerdo con afecto y respeto como uno de sus titulares más honorables– y logré sobrevivir más de un año en la nueva Universidad Autónoma de Aguascalientes en el ejercicio de mi magisterio, hasta que recibí la destitución fulminante de todas mis cátedras por el hecho de pronunciar un discurso.

ENCONTRÉ MI VOCACIÓN. Lo interesante del caso radica en el hecho de que  gracias a esa destitución encontré la vocación que había estado buscando inútilmente en otros terrenos -incluyendo la carrera política que sin miramientos abandoné definitivamente cuando más atractiva se me presentaba- cuando ingresé formalmente en el terreno verdaderamente universitario después de resolver no recurrir ante el poder del Estado para recuperar las cátedras por la vía de la Ley Federal del Trabajo, camino que era el más fácil porque era de dominio público que los documentos que expedía la rectoría con ese propósito no eran redactados conforme a derecho, materia que brillaba por su ausencia en la institución que impartía la carrera de abogacía. En otra oportunidad comentaré cómo tomé esa decisión y en qué forma procedí hasta llegar a este momento, en el que pondré en práctica mis mejores recursos y también mis mejores deseos de que sea para bien de todos los integrantes de nuestra “Madre aula” -como le llamó nuestro añorado poeta Humberto Brand Sánchez en la más grande de sus creaciones literarias- en la que espero sea la mejor de mis aportaciones.

LOS SERES HUMANOS MUEREN. Sus obras perduran, si son útiles a los demás. Probablemente no sobreviviré para disfrutar los resultados de ese esfuerzo, pero eso no me preocupa; lo esencial consiste en disfrutar el placer de luchar con decisión y confiar en que habrá quienes, mucho mejor preparados, continúen la tarea -perfectible- en cuyas consecuencias benéficas confío plenamente, porque sé que de esta manera contribuiremos, desde este pequeño punto del planeta, con nuestro granito de arena en el propósito de construir una Humanidad más justa.

Nos veremos la semana próxima.

 

Por la unidad en la diversidad

Aguascalientes, México, América Latina

[email protected]

 

 

 

*** Nota. El título de “Catedra” que lleva esta columna se debe, exclusivamente, al propósito de recordar la revista que publiqué entre 1975 y 1978 con la observación: “Órgano Informativo Independiente de la Universidad Autónoma de Aguascalientes”. 

 

 

[1] Martín Fierro. Fragmentos finales del poema épico del argentino José Hernández. CREDSA. Ediciones y publicaciones Barcelona. Segunda edición, 1968, p. 337

 


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