Fuga de cerebros (2 de 2)/ Cátedra  - LJA Aguascalientes
09/12/2022

Para quien ponga en duda que lo expresado la semana pasada en esta columna sobre la cultura maya sean invenciones, vamos a referirnos por una parte, al hecho de que cuando Cristóbal Colón arribó a las primeras islas del Caribe en 1492, creyendo haber llegado a China murió sin enterarse de que se había encontrado con un continente desconocido para los europeos.

No fue sino hasta que Vasco Núñez de Balboa, guiado por los indígenas de Panamá, en 1513 descubrió para los europeos el Océano al que luego, sin preguntar si ya tenía un nombre, le asignaron el de Pacífico.

AMBICIÓN DESENFRENADA. El caso es que sin saber qué dimensiones tenía ni qué territorios bañaba, Balboa de inmediato tomó posesión de aquél océano en nombre de los reyes católicos; a la vez, dedujeron que como no habían llegado a China, estaban en un continente para ellos desconocido; pero como ningún ser humano se presentaba para exigirles pruebas de su calidad migratoria o un notario que les presentara el título de propiedad de aquellas tierras, supusieron que no pertenecían a nadie y como los seres primitivos y desnudos que los guiaban no eran seres humanos ni estaban bautizados, lo consideraron deshabitado y por tanto sin dueño, razones por las cuales también tomaron posesión igual que lo hicieron con el Océano: sin siquiera conocer su extensión, para gloria y prez de los reyes de la península Ibérica, con la bendición del Papa Borgia (Alejandro VI) también español, que les aseguró la posesión mediante las famosas bulas alejandrinas de 1493. Así pues, los soberanos de la península Ibérica, que medía en número redondos la mitad de un millón de kilómetros cuadrados, se apropiaron sin recato de 200 millones de kilómetros cuadrados entre el Océano Pacífico y nuestro Continente, cantidad que suma casi la mitad de la superficie terrestre. ¡Saqueo puro y simple! Y luego dicen que vinieron a civilizar a nuestros antepasados, empezando por el trabajo de convertirlos en seres humanos.



 

ABYA YALA. Ni siquiera se enteraron de que los pueblos prehispánicos tenían conciencia de habitar un continente, gracias al contacto permanente que los habitantes del Caribe mantenían con los viajeros procedentes del macizo de América del Sur al macizo de América del Norte y viceversa, tanto por la vía del Río Orinoco como los que por la del Océano Pacífico atravesaban el istmo panameño continuando por la costa oriental centroamericana de las Antillas, llevando y trayendo noticias de sus grandes culturas.

El pueblo Guna -que hasta la fecha vive bajo sus propias normas en la costa antillana de Panamá- fue el que adquirió el conocimiento más claro de que habitaban un gran continente al que llamaron Abya Yala (Tierra de sangre vital), nombre que se perdió debido a que el imperio español le impuso el de “América” para honrar al  cosmógrafo italiano Américo Vespucio, por el hecho de haber realizado hacia 1505 la primera obra cartográfica que demostraba la característica continental de nuestro territorio, con la misma lógica que a México le impusieron el de Virreinato de la Nueva España. ¡Cuánto honor llevar nombres europeos a pesar de considerarnos infrahumanos!

NUESTRAS GRANDES CULTURAS. La historia, sin embargo, empezó a dejar al descubierto las argucias, pretextos, mentiras e incluso crímenes de lesa humanidad que cometieron los santos varones que por un lado nos trajeron la doctrina de amor y paz con que nos amansaron, pero por el otro nos redujeron no solo en cantidad sino en calidad al aniquilar nuestras culturas y someternos a servidumbre en nuestras propias tierras, convertidas en haciendas de los conquistadores (porque Bernal Díaz del Castillo no nos relata una misión evangélica sino la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”).

Pero para demostrar lo que pretendo, aquí va una referencia irrebatible procedente de una de las mentes europeas más brillantes: del tomo II del libro “La decadencia de Occidente” de Oswald Spengler, entresacamos los siguientes párrafos que ilustran claramente cómo los bárbaros españoles que llegaron a México, se encontraron con grandes civilizaciones que destruyeron antes de que pudieran explicarse su grandeza:

“…una gran potencia y varias ligas políticas, cuya grandeza y recursos superaban con mucho los de los Estados grecorromanos de la época de Aníbal; aquellos pueblos con su política elevada, su hacienda en buen orden y su legislación altamente progresiva, con ideas administrativas y hábitos económicos que los ministros de Carlos V no hubieran comprendido jamás, con ricas Literaturas en varios idiomas, con una sociedad perespiritualizada y distinguida en las grandes ciudades, tal que el Occidente de entonces no hubiera podido igualar.”

“…esta cultura es el único ejemplo de una muerte violenta. No falleció por decaimiento, no fue ni estorbada ni reprimida en su desarrollo. Murió asesinada, en la plenitud de su evolución, destruida como una flor que un transeúnte decapita con su vara… todo eso sucumbió y no por resultas de una guerra desesperada, sino por obra de un puñado de bandidos que en pocos años aniquilaron todo de tal suerte que los restos de la población muy pronto había perdido el recuerdo del pasado. De la gigantesca ciudad de Tenochtitlán no quedó ni una piedra. En las selvas antiquísimas de Yucatán yacen las grandes urbes del imperio Maya, comidas por la flora exuberante… De la literatura se han conservado tres libros…


“Lo más terrible de este espectáculo es que ni siquiera fue tal destrucción una necesidad para la cultura de Occidente. Realizáronla privadamente unos cuantos aventureros sin que nadie en Alemania, Inglaterra y Francia sospechase lo que en América sucedía. Esta es la mejor prueba de que la historia humana carece de sentido. Sólo en los ciclos vitales de las culturas particulares hay una significación profunda. Pero las relaciones entre unas y otras no tienen significación; son puramente accidentales. Y en el caso de esta cultura mejicana fue el azar tan cruelmente trivial, tan ridículo, que no sería admisible ni en la más mezquina farsa. Un par de cañones malos, unos centenares de arcabuces bastaron para dar remate a la tragedia.

“Se hizo imposible para siempre un conocimiento cierto del mundo mejicano, aun en los más generales rasgos de su historia.”

Los arqueólogos han descubierto, después, que en el año 776 -siete siglos antes de que los españoles llegaran- se celebró un congreso de astrónomos en la ciudad de Copán -actual Honduras- para actualizar los calendarios que se utilizaban en las diferentes regiones de los imperios Maya y Náhuatl, a fin de unificarlos después de corregir las diferencias y perfeccionar su organización.

Para entonces, en Europa se manejaba todavía el muy primitivo calendario establecido por los césares antes de la era cristiana y no fue sino hasta 1582 -ocho siglos después del congreso de Copán, cuando los europeos acababan de destruir nuestras culturas- que el papa Gregorio XIII actualizó el de los césares, dejando casi intactas muchas de sus fallas; es el mismo calendario gregoriano que seguimos utilizando en la actualidad: desorganizado y menos exacto que el de nuestras culturas prehispánicas. (Aquí es más que justo referirnos al hecho de que Mesoamérica no fue la única región que avanzó en este tema, pues tenemos otros ejemplos admirables como es el caso de la ciudad-observatorio andina de Machu Picchu, gloria de la cultura incaica del Perú).

Pero ese asombroso conocimiento de nuestros matemáticos y astrónomos mesoamericanos -básicamente de las culturas maya y náhuatl- es solo una fracción de su acervo; por ejemplo, podría hablarse de su asombroso dominio de la ciencia botánica manifestada en los famosos jardines que muchos especialistas y arquitectos europeos tuvieron todavía oportunidad de admirar e imitar en su continente y cuyo meticuloso registro constaba en los miles de códices que integraban aquellas bibliotecas.

La salvaje destrucción estuvo a cargo de los cancerberos de la santa inquisición y su más feroz representante, el cura fanático Diego de Landa, que tanto disfrutaba en incinerar aquellas bibliotecas porque aseguraba que eran obra del demonio. La verdad es que contenían el acervo histórico completo de aquella sociedad en la que todo estaba organizado, empezando por la educación. Por lo menos dos mil años de memoria histórica y cultural: es decir el ser, la vida entera de nuestros antepasados originarios, desapareció trágicamente.

Tal como dice Spengler, las culturas de nuestro continente fueron las únicas que no dejaron registro alguno porque murieron asesinadas por los bárbaros que llegaron de Europa.

Nosotros ya somos mestizos y la cultura que nos fue impuesta es la europea porque de la originaria no quedó prácticamente nada, más que los genes. Pero a pesar haber soportado tres siglos de sometimiento estamos superando el gran trauma; tenemos ya doscientos años de vida independiente y nuestros pueblos, nuevos, van construyendo el conjunto de naciones que, con las mismas raíces y las aportaciones de nuestras consecutivas generaciones estamos construyendo una nueva civilización.

El avance no ha sido nada fácil, porque después de que nos libramos de un imperio otro imperio nos estaba acechando, apoyado en los caciques, dictadores y gobernantes autoritarios que han obstaculizado la educación cívica del pueblo y la unificación de nuestras repúblicas.

A pesar de ello, nadie puede asegurar, tampoco, que a nuestro pueblo le falte inteligencia. Desde la época de la Colonia hasta nuestros días, tenemos múltiples ejemplos de inventores y científicos mexicanos de toda índole; de hecho, en la actualidad no faltan noticias de los logros importantes de nuestros investigadores, entre los que se distinguen los de nuestra Universidad emblemática, que es la Universidad Nacional Autónoma de México, catalogada entre las mejores del mundo.

EL COMPLEJO DE INFERIORIDAD. Salvo accidentes o taras congénitas, todos los seres humanos nacemos con las mismas capacidades; hay culturas diferentes, pero no hay razas superiores ni inferiores; las desigualdades provienen del injusto sistema político, económico y social que le da abundancia a los explotadores y condena al hambre y la miseria a los desposeídos. Tenemos pruebas fehacientes, tanto del pasado histórico como del presente, que cuando nuestra gente se decide a actuar, logra lo que se propone. El problema más bien consiste en que somos indolentes y apáticos y eso nos lleva a seguir la corriente a los manipuladores. Necesitamos decidirnos a ser nosotros mismos y a actuar con energía como ciudadanos conscientes de nuestros derechos y obligaciones.

FUGA DE CEREBROS. No voy a hacer un análisis detenido porque además ya no queda espacio. Pero sí me voy a referir a una nota de la Universidad Nacional Autónoma de México titulada Fuga de cerebros, la diáspora del conocimiento, elaborada con base en la investigación realizada por Miriam Maltos, quien para empezar nos da el dato escalofriante de más de medio millón de profesionales mexicanos que generaron una nueva categoría de migrantes que denominó Migración altamente calificada.

De ese medio millón, 400 mil están en los Estados Unidos, que tanto protestan porque la mayor demanda de ingreso no son calificados, pero que van a llenar un hueco que los trabajadores estadounidenses no quieren cubrir: el trabajo manual agrícola o el del obrero calificado industrial; el de taller mecánico, el de la construcción o el mantenimiento domiciliario, cocineras, niñeras, etc.

PRIMERA PREGUNTA: ¿Porqué un profesional mexicano se va al extranjero?

La primera respuesta a esta pregunta es obvia: en México no se valoran sus conocimientos ni su capacidad porque los sueldos que les ofrecen los empresarios, muchas veces extranjeros, son ridículos y los gobernantes, que parecen obedecer más a los intereses de los patrones y en especial si son extranjeros, desprotegen al profesional.

La segunda respuesta también es obvia: se van porque se sienten bien preparados y capaces de obtener una buena calificación en un examen de oposición contra los profesionales extranjeros. Esto significa, por una parte, que esos profesionales son mexicanos que pertenecen al sector que se ha despojado del complejo de inferioridad; por la otra, que la enseñanza de nuestras instituciones es buena y en muchos casos, mejor que la que se imparte en los países “desarrollados”. Prueba de ello es la demanda que mantienen los países “desarrollados” para captar profesionales egresados de los países “subdesarrollados”, que consideran de calidad superior a la oferta suya; de tal manera que incluso las empresas más altamente calificadas no esperan a que les lleguen candidatos: vienen expresamente a México a contratarlos.

PROBLEMA: Lo que acabamos de exponer constituye un grave problema porque teniendo tantas carencias como país “subdesarrollado”, resulta incongruente que estemos trabajando para beneficiar a los países “desarrollados”, provocando al mismo tiempo un grave perjuicio para el nuestro; por tanto, enfrentamos la

SEGUNDA PREGUNTA: ¿Qué debemos hacer para corregirlo?

Una medida que me parece conveniente, consistiría en propiciar la investigación, por parte de todas las instituciones de enseñanza superior para que investiguen si se están enfrentando a ese problema, con el propósito de evaluarlo y analizarlo a nivel nacional, con la intención de encontrar soluciones viables.

En segundo lugar, asegurar un trabajo bien remunerado para nuestros profesionales, lo cual tiene que repercutir en un progreso económico para el país. Esto, claro, pertenece al resorte del Estado que tendrá que poner término a la actitud indiferente que ha tenido hasta la fecha, porque es necesario que los empresarios se sometan al interés de la Nación.

Hay mucho de qué hablar sobre el tema; muchos son los factores que intervienen en él, pero lo que está claro es que debemos enfrentarlo y para ello es desechar hábitos y costumbres negativos que deben superarse.

Esto es precisamente en lo que pretendo contribuir con la colaboración del día de hoy.

 

Por la unidad en la diversidad

Aguascalientes, México, América Latina

[email protected]

 

 

Nota: El título de “Catedra” que lleva esta columna se debe, exclusivamente, al propósito de recordar la revista que publiqué entre 1975 y 1978 con la observación: “Órgano Informativo Independiente de la Universidad Autónoma de Aguascalientes”.  


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