Hipocondría moral/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
11/08/2022

Hemos sentimentalizado la vida pública, lo que nos lleva, al menos a una buena parte de la clase media, a enfrentar los problemas públicos con culpa y no con responsabilidad política. Es ésta la tesis, si es que hay una en sentido estricto, de Hipocondría moral (Barcelona: Anagrama, 2022) de Natalia Carrillo y Pau Luque.

El ensayo de Carrillo y Luque inicia atendiendo al caso de Kathy Boudin, hija de una familia acomodada de abogados de izquierda de Nueva York y militante de la May 19. Boudin participó en el atraco de 1,6 millones de dólares que llevaron a cabo seis militantes del grupo revolucionario Black Liberation Army, y en el que murieron un guardia de seguridad y dos policías. Boudin no sabía en qué consistiría su participación, y así lo recuerda desde la cárcel. Como señalan los autores: “Ante el problema político e histórico que, a sus ojos, supone su propia existencia, el de ser una blanca privilegiada del Greenwich Village, Boudin halla una solución en apariencia impoluta, perfecta, armónica. Boudin invertirá los roles históricos durante una fracción breve de tiempo y se subordinará momentáneamente a sus camaradas afroamericanos”. Al hacerlo, nos recuerdan Carrillo y Luque, demuestra de hecho su privilegio, pues “nada sugiere un lugar tan aventajado en el mundo como la propia capacidad de determinar, sin interferencias ajenas, de qué manera queremos arruinarnos la vida”.

¿Por qué la anulación de su autonomía es la respuesta moralmente correcta para Boudin ante su situación social aventajada? Para los autores la respuesta se encuentra en la combinación de dos rasgos de carácter: la decencia y el narcisismo. Boudin es, para Carrillo y Luque, una hipocondriaca moral: “De la particular combinación de decencia y narcisismo nace uno de los fenómenos tal vez más definitorios de las clases medias progresistas de las sociedades occidentales a partir de la segunda mitad del siglo XX: la hipocondría moral. Se trata de la idea según la cual si nos sentimos culpables por los males y las enfermedades del mundo social y político es porque son en efecto culpa nuestra, a pesar de que muchas veces esté lejos de ser claro qué significaría tal cosa. La hipocondría moral es, en pocas palabras, creer que sentir culpa nos convierte en culpables. Esta forma revela un desconcertante narcisismo patológico que mezcla una desmesurada presencia del yo y una brújula moral bien imantada”. No sin cierta ironía, Carrillo y Luque consideran que la hipocondría moral es un fenómeno tan pequeñoburgués como “el decoro a la hora de comer, el uso arbitrario de benzodiacepinas o las llamadas a la policía a las dos de la mañana porque hay borrachos cantando en la plaza debajo de casa”.

Para que la hipocondría moral sea posible se requiere de una dosis elevada de narcisismo, un concepto de raigambre freudiana y que Erich Fromm desmenuza en El corazón del hombre. El narcisismo primario es una consecuencia de nuestros primeros años, en los que no nos distinguimos con nitidez del mundo. Cuando lo hacemos, cuando el mundo se convierte en una externalidad, de cualquier manera algo persiste que nos hace en ocasiones sentirnos el centro, enamorarnos de nuestra perspectiva y sentirnos especiales. Los remanentes del narcisismo primario se tornan patológicos cuando perdemos la capacidad de distinguir entre nuestro punto de vista y el mundo: “El narcicismo patológico es dejar de ver lo otro, dejar de estar interesado en el mundo en el sentido de dejar de reconocer que uno está en un mundo que es independiente de lo que uno piense y sienta acerca de él”.

Para el hipocondriaco moral, a diferencia del físico, es su salud social la que está en juego. Piensa que es más importante de lo que en realidad es y es incapaz de distinguir su sentir que ha actuado mal del hecho de haber actuado mal. El hipocondriaco moral, pensaba Fromm, no tiene miedo de enfermar, sino de ser culpable, y se atribuye culpa sólo a partir de cómo se siente. El problema inmediato con el hipocondriaco moral, piensan Carrillo y Luque, es que se atribuye deberes supererogatorios, obligaciones morales extraordinarias que no tienen las personas corrientes. Su culpa sólo podrá ser purgada comportándose de manera fuera de lo común. Es el caso de Boudin, piensan los autores, quien “cree que puede expiar su culpa asumiendo un deber supererogatorio, un deber propio de quien tiene superpoderes de heroína, así que dirige sus esfuerzos no a conseguir o a contribuir a conseguir algún fin político, sino a sofocar su culpa a través de la entronización pública de su sacrificio personal”. El problema es que la hipocondría moral es insaciable. Boudin usa el mundo político no con el desmedido optimismo de los utopistas, quienes están limpios de narcisismo, sino con el fin de “estrangular su culpa desaforada”. Si las causas políticas requieren de solidaridad, el hipocondríaco moral es ajeno a ellas debido a su narcisismo, aunque piense justo lo contrario.

A partir de este punto, el ensayo de Carrillo y Luque recurre a la literatura no como una mera ilustración, sino como un intermediario para el pensamiento moral (algo que ya sucedía en Las cosas como son y otras fantasías de Luque). Este recorrido inicia con un análisis de Pastoral americana de Philip Roth, uno de los muchos intentos de escribir la gran novela americana y cuyo personaje femenino Merry Levov estuvo con seguridad inspirado en Kathy Boudin: “Pastoral americana es una historia de hipocondría moral. Lo que es casi tanto como decir que la historia de la clase media estadounidense es la historia de la culpa insaciable, la de la imposibilidad, por más que el anhelo del que nace la aspiración a la vida burguesa sea el de la armonía, de soterrar el conflicto que segrega económica, cultural y racialmente a los habitantes de ese experimento social y político llamado Estados Unidos”. Lejos de los pormenores del análisis, que le dejo al futuro lector del ensayo de Carrillo y Luque, los autores detectan que en la novela de Roth se manifiesta que la hipocondría moral “podría ser entendida como una versión laica y arbitraria del pecado original cristiano”, en el que la mera existencia es fuente de culpabilidad y “¡respirar es agredir!”. También hay una lección, la del pluralismo de las emociones: “Ponderada la culpa con la compasión, la amistad, la curiosidad o la resignación ante el desconcertante papel de la suerte en nuestras vidas, y aceptando las incoherencias e incomodidades que esa ponderación supone, quizás evitaremos que la culpa nos destruya. Y, además, seguirá intacta su rara capacidad para prevenirnos, como si fuera una desapacible alarma antisísmica, contra el cinismo”. Y es que el problema no es la culpa, que puede llevarnos a vivir vidas examinadas, sino la eliminación de cualquier otra emoción del panorama de nuestra vida moral.

Al análisis de la novela de Roth le sigue el de la obra periodística de Joan Didion, quien no dejaba que la culpa enturbiara su mirada periodística distanciada y criticaba la sentimentalización de la vida pública, pues consideraba que ésta lo único que busca es un “milagroso e inexistente pegamento social inmediato”. A Didion le sigue un análisis preciso y fino del ensayo “Salir del castillo de vampiros” de Mark Fisher, que muestra cómo hay un narcisismo que va más allá de lo patológico y se convierte en sádico: “Demanda una forma peculiar de crueldad: la extensión del malestar, la multiplicación deliberada de la culpa hacia el otro”, y encuentra terreno fértil en las redes sociales virtuales. El texto de Fisher, no obstante, puede caer en el extremo opuesto, piensan Carrillo y Luque, en el cinismo, y “a la hipocondría moral se la derrota con la ética, no prescindiendo de esta última”.

Dejo los detalles finales del ensayo de Carrillo y Luque para su futuro lector, y termino recordando algo que Luque ya sugería en su ensayo anterior Las cosas como son y otras fantasías: “…cuando se trata del reino de la ética o la moral, a diferencia de otras dimensiones de la experiencia humana, muchas veces no importa lo que uno quiera y sí en cambio lo que uno necesita. Y lo que en multitud de ocasiones uno necesita es que lo convoquen a una tormenta, que lo obliguen a reconsiderar lo que daba por descontado, que lo fuercen a sentirse incómodo…”. Hipocondría moral es un ensayo ineludible y bien argumentado que nos incomoda y mucho, porque Carrillo y Luque han convocado una fuerte y necesaria tormenta.

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