La poesía como refugio - LJA Aguascalientes
09/08/2022

 Según la RAE el cerrojo nos remite a una barreta cilíndrica de hierro, con manija, por lo común en forma de T, que está sostenida horizontalmente por dos armellas, y entrando en otra o en un agujero dispuesto al efecto, que cierra y ajusta la puerta o ventana con el marco, o una con otra las hojas, si la puerta es de dos. También alude a los fusiles y otras armas ligeras, hablando de un cilindro metálico que contiene los elementos de percusión, de obturación y de extracción del casquillo. Y por último, en el fútbol y otros deportes, el cerrojo tiene que ver con un sistema de juego muy defensivo. Este Abrir cerrojos que da título al libro que hoy presentamos, nos traslada a un espacio de libertad, donde se dejan atrás las defensas. Digamos, pues que bien se puede tratar de un desarme interior de todos los participantes, todos ellos poetas entrañables: Elisa Buch, Francis Mestries, Margarita Jiménez Urraca, Jacqueline Padilla Uribe, Chungtar Chong López, Nora Piambo, María Helena Leal Lucas, Raúl Tapia Mendiola, Adriana Gracida Fernández, Diana Ugalde Calzadilla,   Ortega y Santos Velázquez, los doce integrantes del famoso y ya legendario taller de poesía “El desierto y la fuente”, que imparte una de las más importantes poetas mexicanas: la queridísima e invencible Dolores Castro, quien a decir de sus alumnos, le agradecen “su bondad, sabiduría y cariño en su trato para guiarnos por el camino de las letras, y compartir en el viaje una relación de amistad”.

Editado en la Ciudad de México en 2021 por el sello Amanuense, contiene las ilustraciones de Chungtar Chong López, las cuales pertenecen a Series sobre la pandemia, realizadas exprofeso en pintura acrílica en papel y que a pesar de la ausencia del monocromatismo, nos recuerdan el arte zen, el cual busca apelar directamente al espíritu humano, intentando deshacerse de los procesos técnicos rígidos con la finalidad de vincularse de forma directa con la humanidad y la pureza que residen en el trono del corazón. De este modo, los pintores que practicaron esta corriente, desarrollaron distintos sistemas y ejercicios de pintura que impactaron en un nuevo sistema de pensamiento, influenciando a numerosos artistas tanto de oriente como de occidente.

Desde el prólogo, Raúl Tapia Mendiola nos anuncia que la elaboración de estos poemas se da durante el confinamiento vivido tras el anuncio de la pandemia por coronavirus, siendo el hilo conductor de estos poemas la contemplación y la experiencia de cada poeta ante el duelo por la muerte de un ser querido o bien por la ansiedad que genera la incertidumbre de esta enfermedad. Al margen de las particularidades con las que se desenvuelven estos versos, todos los autores que conforman este libro encontraron solaz en el ejercicio escritural poético. Así, Elisa Buch da inicio a esta apertura de cerrojos con un epígrafe de Federico García Lorca: “Me separa de los muertos / un muro de malos sueños”, para explorar la tierra enferma, sus duelos, mientras realiza una poderosa pregunta: “¿Qué ves en todos los muertos?” y propone un antídoto al encierro: el canto, mientras por sus versos desfila el miedo: “Recítame tu miedo / esa palabra prohibida. / Recítame.” Bítacora de la pandemia da nombre al trabajo de Francis Mestries, poeta francés nacido en Marruecos y naturalizado mexicano. Su primer texto en prosa poética titulado Para reencontrar el lenguaje de los pájaros, nos traslada de manera inmediata al famoso escrito de Farid ud-Din Attar,  El lenguaje de los pájaros, obra angular que alumbró el sufismo persa y a partir de aquí inicia el desfile de un poderoso bestiario a través del cual se encuentran pájaros, tórtolas, palomas, microbios, gaviotas, escarabajos, aves, orugas y alondras, todos ellos congregados para cantarle a Lolita Castro “palabras de consuelo, y una mesa que abre / Sus aromas y sus brazos de lino blanco.” De este modo, Francis Mestries le entrega la antorcha a Margarita Jiménez Urraca quien en dieciséis poemas nos conduce a lo atestiguado en la pandemia: “la puerta quedó abierta / cuando todos huyeron” dice la poeta, para posteriormente preguntar: “¿Cantarán los pájaros? / ¿Se abrirá la puerta? Sus poemas contienen otros poemas, de tal modo que su escritura se asemeja a un racimo: “Un bosque frente a mí / indiferente / no sabe de la ausencia y de la muerte.”  Así llegamos a Jacqueline Padilla Uribe, quién para abordar los profundos temores, escribe la desolación: “tumba sin flores la vida”. A veces, un solo verso dice más que un poema. En un solo verso puede contenerse la experiencia poética. Y creo que en el citado, se refleja de manera extraordinaria lo que se vivió en la pandemia.

El venezolano Chungtar Chong López invoca la esperanza con poemas que tienden al largo aliento y que están teñidos de una voz que se adelanta a los sucesos y que muestra la necesidad de generar una transformación en la forma de vida de la humanidad, tomando “Jugo de noni con naranja apio y nopal”. A través de la poeta Nora Piambo nos reflejamos en lo vivido: “Atravesamos con la voz / los ruidos de la casa”. Explorando versos sintéticos, hace entrega de imágenes contundentes: “Sobre la ciudad de puños apretados”, dejando el retrato de toda una etapa en solo esta pincelada que dibuja la realidad experimentada por un colectivo.

Por su parte, la brasileña María Helena Leal Lucas deja escrita su Memoria Histórica 2020  y nos recuerda con la cita de Edward Osborne Wilson que “sólo en 1 grano de Tierra viven cerca de 10 mil millones de bacterias de hasta 6 mil especies diferentes”. De esta manera, acerca al lector para invitarlo a “celebrar al SOL cada mañana”, inculcando la vitalidad que se requiere para seguir adelante.  Proseguimos con Raúl Tapia Mendiola quien en dieciséis poemas genera una crítica sobre los posibles motivos que impulsan la pandemia: “¡A morirnos todos! / para reducir la población global / y que el día de mañana / sobreviva la Élite!”, afirma de forma contundente, mientras da entrega de un micro relato vivido por la humanidad: “Así pasé de la cama / a la silla de ruedas / y mi cuerpo rodante / salió del hospital / para agitar la campanilla / y sentirme como un recién nacido / que lloroso y alegre / era despedido con la porra / de las enfermeras.”

La voz de lo sagrado llega a cargo de Adriana Gracida Fernández, quién con sutileza, hace un bosquejo de su propia contemplación: “A través de la ventana / llora el roble, solitario, / obscuro, / seca su corteza, / sollozan versos”, logrando en ellos trasladar a la naturaleza el sentimiento generalizado de la humanidad. Diana Ugalde Calzadilla inicia su trabajo con dos preguntas perturbadoras: “¿Quiénes estaban? / ¿Cuántos se fueron?” y para dar respuesta sobran los clanes de las familias que habitan el planeta. Nos habla de “termómetros corpóreos, mascarillas que ocultan, tensión con crisis emocionales, agujeros negros” entre otras nominaciones. Sin embargo, con total sabiduría y conciencia, realiza una petición a sus lectores: “Cuando parta del planeta / solicitaré se me regresen / los momentos de felicidad”.

Con Miriam Soubran Ortega y el ritmo que como el cauce de un río navega por sus versos se nos invita a habitar el presente, a llevar la mirada a lo bueno y a lo bello, a residir en las estancias más amorosas y sencillas de la existencia: “Me deleito en mi presente / los árboles y su sombra / la dulce granada / los eternos higos / el esplendor incandescente / de las azucenas / los amorosos geranios / la prodigiosa araña”, que finalmente teje la última parte del libro, acercándonos a Santos Velázquez y su Afición por el vuelo donde el autor “aguarda con la tranquilidad del musgo”. Hay sabiduría en sus versos, trascendencia y una fuerza vital que anima al lector con sus imágenes: “Deja que el ave que habita en ti / emprenda el vuelo / y cante…” No encuentro mejor verso que este para concluir el recorrido de las visiones que nos entregan estos poetas que, como muchos de nosotros, han logrado sobrevivir en medio de estos tiempos convulsos pero entregados a la escritura donde sus versos se vuelven el verdadero hogar en el que se deconstruyen, mueren, se transforman y resucitan. Larga vida a todos los poetas. Larga vida a la poesía. Y gloria a nuestra amada Dolores Castro.

 



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