Coincidir/ Bajo presión - LJA Aguascalientes
01/12/2022

Tendemos a confundir la inteligencia con tener la razón, más que la acumulación de conocimientos y su aplicación, se califica de inteligente a la persona que logra quedarse con la última palabra, quien convencido de su verdad es capaz de arrollar al otro con una cita, una creencia, incluso una suposición, con tal vigor que se anula cualquier otra opción.

Oh, inteligencia… soledad en llamas, páramo de espejo, escribe Gorostiza en Muerte sin fin, condenando a los inteligentes a quedarse sin interlocutores.

También solemos confundir a las ideas con principios, a grado tal que una frase brillante y humorística, inteligente, que se le atribuye a Groucho Marx (“Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”) se emplea para hacer de la necedad un sinónimo de inteligencia, solamente quien sabe no se equivoca, únicamente el inteligente es capaz de mantenerse fiel a la verdad, sin importar las consecuencias de su fe, como quedarse solo, en la cima, por supuesto, pero sin compañía.



 

Me encuentro con una larga cita atribuida a Bertrand Russell, paralela a la de Groucho Marx: “Estar dispuesto a cambiar es de personas inteligentes. El inconsciente gobierna nuestra vida, y el inconsciente está formado por nuestras creencias, muchas de las cuales son falsas aunque las demos por ciertas. Tener una actitud de apertura ante todo y todos nos sitúa en mejores condiciones para seguir creciendo”, no renunciar a la duda, buscar los espejos, la conversación y confrontar con otras visiones aquello que creemos saber.

La inteligencia no sería vista como la suma de habilidades que nos permiten hacer cosas o manipular a los otros con tal de que se hagan como uno quiere, sería un método en desarrollo que pondría a prueba en todo momento nuestras certezas al confrontar nuestro deseo de satisfacción con las necesidades de los otros, un pensamiento colectivo.

Le sigo dando vueltas al compromiso de algunos artistas e intelectuales con la defensa de los supuestos valores de la Cuarta Transformación y su líder, Andrés Manuel López Obrador, porque a fuerza de querer presentarse como los que saben, los inteligentes, no dudan en torcer lo que el presidente dice o adivinar lo que piensa, para que se asemeje a su discurso, cómodos con la aceptación que reciben del colectivo, que se fija en sus propósitos y no en los hechos, la verdad que defienden jamás se puede poner en duda.

Es tan severa está defensa que simula en su argumentación y hace convivir dichos que en la realidad se contraponen y anulan, se cambian definiciones con el pretexto de compartirlas con los comunes y se simplifican ideas para así hacer el favor de simplificarlas para aquellos a quienes negamos estar a nuestra altura, incapaces de entender conceptos complejos.

Dejar de ver la inteligencia como la herramienta para elevarse, de forma individual, al lugar más alto del podio, comenzar la conversación con la ofrenda de estar dispuesto a cambiar, no porque el otro te demostró que tiene la razón, sino porque consigue que veamos algo similar a lo que percibe, y coincidir.

Coda. El texto atribuido a Bertrand Russell finaliza proponiendo que hay que desaprender, “para que el verdadero aprendizaje tenga lugar. Muchas veces, lo que pensamos que conocemos es lo que realmente nos impide aprender”.


@aldan


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Director editorial de La Jornada Aguascalientes
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