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miércoles, enero 14, 2026

Días del futuro pasado/ La escuela de los opiliones 

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Creo que tuve COVID. Dolor de cuerpo, de cabeza, de garganta, incomodidad general, nariz mocosa, flema amarilla. Tendría que hacerme una prueba para confirmarlo o bien, podría jugar al virus de Schrödinger: lo tengo y no lo tengo al mismo tiempos. Finalmente, los síntomas están ahí y lo mejor que puedo hacer es guardarme en mi casa y esperar a que sane para no enfermar a nadie más.

Casi tres años y no me había pasado, algún resfriado me habrá hecho sospechar, pero nada más. Tengo una vacuna y tengo el refuerzo, rezo a la ciencia sin ganas de preocuparme. Pero la ciencia también es un dios cruel; es imparable la construcción de la angustia cuando uno lee, nota tras nota, cómo la pandemia ha transformado la biología humana, cómo un virus nos ha quitado lo que el avance científico de la medicina nos dio en siglos (pero hay otras cosas muy buenas: las vacunas construidas “editando” genes —muy literario el asunto—, ojalá se me permita la cursilería, me gusta pensar que son un milagro médico).

Oculto en los algoritmos de las redes sociales (más oculto que la guerra de Rusia vs. Ucrania), continuamente veo pasar las notas de los científicos y médicos que estudian el longcovid. Secuelas que tienen un impacto terrible y degenerativo en el cuerpo. Tan solo hace unos días, leí que las probabilidades de una hemorragia cerebral aumentan unas 3 o 4 veces. Al menos dos veces y media para el Alzheimer. No he tenido la iniciativa para buscar cuántas secuelas deja un longcovid en la gente vacunada porque la exigencia de información hace que se liberen muchos datos —sí, irresponsablemente— que no están bien analizados. Resultados de chingadazo para algoritmos hambrientos y gente devota a los coquitos led de sus pantallas diminutas. Prefiero jugar con la imaginación de esos números y luego regresar unos años más tarde a buscar esos papers, esos datos y aunque quizás no es necesario decirlo, prefiero hacerlo: tómese con ligereza los datos que acabo de escribir, pueden cambiar. En el 2042, quizás algún periódico construido por inteligencias artificiales se preguntará qué pasó con el longcovid.

Cada quien tuvo su carga pandémica, su locura de ocasión. La pandemia nos descubrió quiénes somos, nuestras inquietudes, nuestros deseos y la carga de nuestros privilegios. Una de las mías fue aceptar que el destino de mi cuerpo no era únicamente mío; prácticamente curándome del cáncer anunciaron la pandemia. Y me dio risa, y me dieron ganas de prender un cigarro, y de escupirle en la cara a los dioses de la simulación. Desde entonces hago una suerte de cálculos de riesgo, cálculos silenciosos sobre cuál de todos mis órganos me traicionará primero después de haberme infectado. Esos enfadosos cálculos son, en realidad, la perpetuidad del ruido blanco porque también he descubierto cómo asir esa verdad que siempre estuve buscando: no hay otro tiempo, solamente el presente. No es cierto que venimos a vivir sobre la tierra, soñar… siempre podemos soñar. El presente es un continuo estado onírico. Amo del mindfulness Fest.

Ya que gobierno, y la mayoría del mundo occidental, pretenden que esto ha terminado (o, mejor dicho, que debemos forzar esta fase endémica), quizás conviene también buscar una catarsis más o menos satisfactoria. Conviene hablar y escribir de la enfermedad y sus caminos oscuros para liberarnos de ella (pero nos sigue acechando).

Continuamente recuerdo la historia del chamaquito que murió cuidando a su mamá enferma de COVID. Ella era taxista y se contagió porque no había de otra; alguien debía llevar el pan a la casa. Su chamaquito se electrocutó porque pisó mal algún cable trozado o porque metió la mano donde no debió; un accidente, un lamentable accidente. Sentí, mientras leía la nota, cómo se me rompía el corazón y pensé en mi hermano, y cómo nos cuidábamos cuando estábamos solos. Después pensé en las decenas, cientos y miles de personas en el metro Pantitlán, mirando los relojes viejos y análogos de la estación, los cartoncillos cambiantes, y estos rostros taciturnos hacen cuentas silenciosas pero siempre apostando por la vida. La única seguridad, habrá pensado alguno de ellos, es que los metros, aunque se los traga la oscuridad, nunca se caen y son estas bestias maravillosas que siempre te llevarán a casa.

 

 

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