El sueño de Sócrates/ La columna J  - LJA Aguascalientes
06/12/2022

Habré de levantar la vasta vida 

que aún ahora es tu espejo: 

cada mañana habré de reconstruirla. 



 

Desde que te alejaste, 

cuántos lugares se han tornado vanos 

y sin sentido, iguales a luces en el día. 

La noche era fría en la celda de Sócrates, el viento hacía un ruido de enjundia y calma, sabía que después de los argumentos plasmados ante los falsos jueces, su destino era uno, como el de todo ser humano que es consciente de la inmediates de la vida. Desde la diminuta ventana de su celda lograba ver las estrellas que brillaban con la luz de Prometeo y con la calidez del sentimiento ineludible de la esperanza. Como un filósofo ínclito decidió cerrar sus ojos y concentrar su atención en su respiración para poder dormir. Poco a poco comenzó a quedarse dormido, a los lejos entre sueño y realidad vio una sombra que tenía la mano derecha en el corazón con los dedos extendidos y el pulgar levantado. En medio de su indumentaria tenía un dije con un triángulo de oro que llevaba una R en el centro, el emblema que ostentaba la sombra que le visitaba tenía un león que en su boca llevaba una llave táutica.

La sombra le mencionó en un tono bajo de voz, que su nombre era Mefistófeles. Sócrates se percató que su cuerpo estaba dormido, pero su mente estaba despierta, y eso era más real que el juicio vertido sobre su persona.

Tardes que fueron nicho de tu imagen, 


músicas en que siempre me aguardabas, 

palabras de aquel tiempo, 

yo tendré que quebrarlas con mis manos”. 

Mefistófeles le pregunto; ¿que cual había sido el uso de sus palabras? A lo que Sócrates respondió, que habían sido el ante sala de su realidad, que la palabra y la oratoria le habían servido para discurrir con Gorgias, Calicles y Polo, y que la oratoria le había sido de gran utilidad para dudar y encontrar en la mayéutica un método de búsqueda de la verdad.

Mefistófeles sonrió ligeramente y le llevo a un espejo en donde haría 9 viajes.

En el primero de ellos logró ver a Moisés, quien tomaba la discreción absoluta para quien tomaba la discreción absoluta para dirigir sus palabras al pueblo perseguido, fue esa característica la que trazo la realidad en el mar, y conquisto a las tablas.

En un espiral ventoso, comenzó el segundo viaje en donde Orfeo caminaba de manera directa hacia ellos y les decía que la palabra debe tener como base a la verdad, puesto que es las palabras verdaderas conllevan al descanso de las almas y a la parsimonia.

En el tercer viaje, Sócrates avizoró de manera lejana a Hiram quién llevaba en su mano derecha un discurso sobre la virtud, característica irrenunciable de los hombres de honor, comenzó a disertar un discurso que decía que, para inmortalizar al alma, había que luchar contra la ignorancia, la hipocresía y la ambición.

En el cuarto viaje se apareció el rey Salomón y le dijo a Sócrates que el temor más valioso en la instantánea existencia humana se construye con las palabras que honramos, con ellas se han construido civilizaciones y se han dejado legados que inmortalizan al hombre, es por ello por lo que el orador debe aludir a la Sabiduría.

El sueño se dirigió a la antigua Esparta, ahí en el quinto viaje Licurgo enarbolaba un discurso ínclito e incólume sobre las leyes y los principios de autarquía, el entendimiento soberano se sustenta en la igualdad y en la posibilidad de comunicar los descubrimientos.

Una nueve obscura y sosegada dejo entre ver en sus matices a Confucio, quien le manifestó a Sócrates la importancia de obedecer a los entes y fuerzas que están por encima del plano terrenal, en alusión a la redención es menester preservar el orden, por ningún motivo por medio de la fuerza, pero si con el peso de las palabras, así fue su sexto viaje.

En el séptimo viaje, Pitágoras escribió en las tablillas de madera que la perseverancia debía estar en el bien, y que el silencio es la reflexión de las palabras, después de ver a la antigua China y al Gran Matemático, Mefistófeles postró delante a de Sócrates un espejo en cual vio su imagen y en sus ojos habían lágrimas, y al fondo una lápida de latón que decía JEKSAN, entonces Sócrates entendió que su muerte estaba cerca y que debía despedirse de esta vida con dignidad, que lo único que trasciende en esta vida es la idea, y dentro de ese sueño, se dibujó una cruz que tenía la inscripción INRI en la parte superior.

¿En qué hondonada esconderé mi alma 

para que no vea tu ausencia 

que, como un sol terrible, sin ocaso, 

brilla definitiva y despiadada?

Mefistófeles se despidió de él, y le dijo que tenía que ir a visitar a un tal doctor Fausto, pero le recordó que el mundo estaba en una crisis, y que era un vituperio que un hombre de honor no alzara la voz y no luchara por sus ideales hasta la muerte

Tu ausencia me rodea 

como la cuerda a la garganta, 

el mar al que se hunde se va con la ignorancia y con el silencio.

In silentio mei verba, la palabra es poder.


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