Migrantes muertos dentro de un tráiler en San Antonio: historias detrás de su viaje - LJA Aguascalientes
09/08/2022

CIUDAD DE MÉXICO.– Conforme pasan los días de que se descubrió un tráiler abandonado en San Antonio, Texas, con 53 migrantes fallecidos, las historias sobre los motivos por los que decidieron viajar como indocumentados a Estados Unidos son devastadoras, como la de Karen Caballero, cuyos dos hijos están entre los muertos.

 

Han muerto 53 de los migrantes abandonados bajo un calor abrasador a las afueras de San Antoniohttps://t.co/1iVsG0eM1O

— ChiTrib_Español (@ChiTrib_Espanol) June 30, 2022

“Estaban ansiosos por hacer el viaje”, explicó la madre a Telemundo. Contó que sus hijos Alejandro Miguel Andino Caballero y Fernando José Redondo Caballero partieron desde Honduras el 4 de junio.

“Alejandro decía que ya quería estar allá, porque decía que allá sí iba a trabajar”, narró, y agregó que le dijo que, una vez en Estados Unidos, harían una casita para ella, pero ella les dijo que no, porque debían “hacer su vida”.

“Sólo le faltaban tres clases a uno de mis hijos para ser licenciado en mercadotecnia”, señaló a otro medio hondureño

Los jóvenes, detalló, “tenían metas y sueños y aquí no se iban a cumplir. Por más que intentaron, nadie les quiso dar trabajo. Siempre les decían que no tenían experiencia”, señaló.

Telemundo informó que la familia los apoyó, pensando en que en Estados Unidos podrían tener mejor calidad de vida, pero las esperanzas se vinieron abajo cuando se enteraron de que un tráiler con migrantes había sido abandonado en Texas y que la mayoría habían muerto asfixiados.


“Toda la noche estuve hablando a hospitales y con diferentes consulados para buscarlos”, aseguró. Hoy está confirmado que los dos se encuentran en la lista de fallecidos, al igual que la esposa de Alejandro, Margie Tamara Paz Grajera.

Ellos vivían en Las Vegas, Honduras, una localidad de unas 10 mil personas situada 50 millas al sur de San Pedro Sula. Ahí, uno de sus hijos, Alejandro Miguel Andino Caballero, de 23 años, y Margie Tamara Paz Grajeda, de 24, estudiaron marketing y economía, respectivamente, pero no pudieron encontrar trabajo.

Llegó la pandemia, varios huracanes devastaron el norte del país y ellos se vieron cada vez más desencantados.

De modo que cuando un pariente de Andino Caballero que vivía en Estados Unidos se ofreció a ayudarles a él y su hermano menor, Fernando José Redondo Caballero, de 18 años, a financiar el viaje al norte, no lo dudaron y se marcharon.

“Se supone que cuando las personas tienen un grado académico más alto deberían obtener más oportunidades de empleo. Porque para eso se esfuerzan, estudian”, dijo Karen Caballero, la madre de los hermanos, de acuerdo con Chicago Tribune en español.

Señaló que ella no se vio capaz de retenerles más tiempo, igual que a Paz Grajeda, que vivía con Alejandro en casa de su madre y a quien Caballero consideraba como su nuera, aunque no estaban casados.

“Lo planeamos todos como familia para que ellos pudieran tener una vida diferente, para que lograran metas, sueños”, explicó la mujer.

Cuando salieron de Las Vegas el 4 de junio, Karen Caballero los acompañó a Guatemala. Desde allí, los tres jóvenes fueron llevados de forma ilegal a través de Guatemala y después México en la parte trasera de varios camiones.

“Yo creí que las cosas iban a salir bien. Quien sí se mostró un poco temeroso fue Alejandro Miguel, me dijo: ‘Mamá, ¿si nos pasa algo?’ Y yo le dije ‘nada va a pasar, nada va a pasar. Usted no es el primero ni el último ser humano que viaja para Estados Unidos’”.

Caballero habló por última vez con ellos el sábado por la mañana. Le dijeron que habían cruzado el río Bravo en Roma, Texas, se dirigían a Laredo y esperaban salir el lunes hacia el norte con dirección a Houston.

El lunes acababa de llegar a casa cuando alguien le dijo que encendiera el televisor. “Me costó procesar”, dijo, cuando vio el reporte sobre el camión en San Antonio. “De ahí recordé cómo había sido la manera de viajar de mis hijos, que habían ido en camión desde Guatemala y todo el trayecto de México”.

Caballero pudo confirmar sus muertes el martes, tras enviar sus datos y fotografías a San Antonio.

La pérdida de sus hijos y de Paz Grajeda, que era como una hija, es devastadora. “Mis hijos dejan un vacío en mi corazón. Los vamos a extrañar mucho”, dijo.

De igual manera, casi a 400 millas de distancia, las opciones de Wilmer Tulul y Pascual Melvin Guachiac, primos de 13 años originarios de Tzucubal, Guatemala, eran considerablemente más escasas, publicó el diario.

Tzucubal es una comunidad indígena quiché de unas mil 500 personas en las montañas, casi 100 millas al noroeste de la capital, donde la mayoría vive por agricultura de subsistencia.

“Mamá, ya estamos saliendo”, fue el último mensaje que Wilmer envió a su madre, Magdalena Tepaz, en su quiché nativo el lunes. Habían salido de casa el 14 de junio, añadió.

Horas después de oír ese mensaje de voz, un vecino dijo a la familia que había habido un accidente en San Antonio y temían lo peor, explicó Tepaz a través de un traductor.

Los chicos habían crecido como amigos y lo hacían todo juntos: jugar, salir, incluso planear el viaje a Estados Unidos a pesar de que no hablaban bien español, dijo la madre de Melvin, María Sipac Coj.

Sipac, madre soltera con dos hijos, dijo que Melvin “quería estudiar en los Estados Unidos, luego trabajar y después hacer mi casa”. El lunes recibió un mensaje de voz de su hijo diciendo que estaban saliendo. Lo ha borrado porque ya no podía soportar escucharlo más.

Parientes que organizaron y pagaron al contrabandista esperaban a los chicos en Houston. Esos familiares le dijeron a Sipac que los niños habían muerto, y el gobierno guatemalteco se lo confirmó el miércoles.

El padre de Wilmer, Manuel de Jesús Tulul, no podía dejar de llorar el miércoles. Dijo que no tenía ni idea de cómo llegarían los chicos a Houston, pero nunca había imaginado que los meterían en un camión. Su hijo había abandonado la escuela tras la primaria y trabajaba con él desmontando terreno para cultivos.

Tulul dijo que Wilmer no veía un futuro para él en una localidad donde se construían casas humildes con remesas enviadas desde Estados Unidos. Quería ayudar a mantener a sus tres hermanos y tener su propia casa y un terreno.

El contrabandista cobraba 6 mil dólares, de los que habían pagado la mitad. Ahora Tulul sólo podía pensar en recuperar el cuerpo de su hijo y confiar en que el gobierno cubriera el gasto.

Otro caso similar sucedió en México. Los primos Javier Flores López y José Luis Vásquez Guzmán también salieron de la pequeña población de Cerro Verde, en el estado sureño de Oaxaca, con la esperanza de ayudar a sus familias. Se dirigían a Ohio, donde esperaban empleos en la construcción y otros sectores.

Ahora Flores López está desaparecido, aseguró su familia, mientras que Vásquez Guzmán está hospitalizado en San Antonio.

Cerro Verde es una comunidad de unas 60 personas prácticamente abandonada por los jóvenes. Los que quedan consiguen escasos ingresos tejiendo sombreros, felpudos, escobas y otros objetos con hojas de palma. Muchos viven con apenas 30 pesos (menos de dos dólares) al día.

No era el primer viaje a la frontera entre México y Estados Unidos para Flores López, en la mitad de la treintena, y que había salido de Cerro Verde años antes para viajar a Ohio, donde viven su padre y un hermano, añadió Chicago Tribune en español.

Había regresado para una breve visita a su esposa y sus tres hijos pequeños, explicó un primo, Francisco López Hernández. Vásquez Guzmán, de 32 años, decidió ir con su primo para su primer viaje al otro lado de la frontera y esperaba reunirse con su hermano, que también está en Ohio, apuntó.

Aunque todo el mundo conocía los riesgos, mucha gente de Cerro Verde había llegado a salvo al otro lado de la frontera entre México y Estados Unidos con ayuda de contrabandistas, así que la noticia fue una conmoción, dijo López Hernández. La familia cree que Flores López también estaba en el camión, pero aún espera una confirmación.

La madre de Vásquez Guzmán iba a solicitar una visa para visitar a su hijo hospitalizado, pero el miércoles salió de cuidados intensivos y pudo hablar con ella por teléfono. Ella decidió quedarse en México y esperar su recuperación, dijo Aida Ruiz, directora del Instituto Oaxaqueño de Atención al Migrante.

López Hernández dijo que la mayoría de la gente recurre a los que ya han llegado a Estados Unidos para que les manden dinero para el viaje, que suele costar unos 9 mil dólares.

“Son muchos riesgos. Los que sí tienen la suerte, la fortuna de llegar allá, (pueden) trabajar, hacerse de sus bienes”, dijo.


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