Tengo miedo de quedar imbécil/ La escuela de los opiliones  - LJA Aguascalientes
22/05/2024

Conseguí uno de esos jueguitos que tenía en mi DS portátil para entrenar el cerebro. Son los ejercicios del doctor Kawashima. El señor es, en su versión avatar, más o menos encantador. El doctor es una cabeza flotante, hace bromas y escupe tips para mantener tu cerebro activo; parece el primo asiático de Max Headroom, pero no tiene ganas de anarquía en un mundo post-distópico cyberpunk, su único objetivo es mantenerte cerebralmente activo.

“Un poco de entrenamiento cerebral todos los días y no quedarás turulato”, imagino que dice la cabecita de Kawashima, y me veo haciendo cuentas rápidas, memorizando tarjetas y haciendo gestos con las manos para que los recoja la cámara infrarroja del dispositivo. Tardo pocos minutos, como unos 5-15 en las mañanas. Sé que mucho del impacto (el ánima, 1up) es mi afán de confiar en los juegos para todo.

Desde que tuve COVID, pienso que mi cabeza es una última línea de defensa. Cada infección es un impacto a la biología y lo único que podemos hacer, resignada y buenamente, es darle mantenimiento como se pueda porque (Kawashima curó mi cerebro para hacer estos chistoretes políticos de la nada) híjole, se nos vaya a caer el país y sus libertades si usamos un cubrebocas.

Pero no solo se vive de la resignación y la bondad; hay que darle algún placer al cuerpo y, dios me perdone, nomás pensé en esto, y recordé las guajolotas (tan progresivas) de mi pueblo, y luego darle un sorbo al champurrado calientito, y ojalá me perdone Proust, pero también me acordé del frío sabroso, ese que nos ceñía las bufandas y las chamarras, y cómo caminaba (tomado de tu mano) unas diez cuadras para abrir la cortina de acero y atender a las marchantitas.

Lamento, a veces, que mi abuela no llegó hasta aquí. Creo que ella tendría una especie de felicidad enferma de vivir en este mundo paranoico. Pediría el periódico para contar muertos, hablar de síntomas y darnos una motivación para limpiar muy, muy bien todos los días, con cloro y trapos nuevos cada una o dos semanas. Donde quiera que estés, viejita, te soplo un beso y te beso la frente para decirte que sí, sí somos una repetición, la recordación de nuestros muertos, pero no voy a limpiar obsesivamente mi casa para mantenerte feliz.

En fin, el juego de Kawashima abrió la puerta de los sudokus y me acordé de mi mamá, y su obsesión por las revistitas de juegos lógicos. Abrí uno de los ejercicios y cuando me di cuenta, ya había pasado una hora. El COVID me quitó la posibilidad de contar el tiempo. Entonces me angustié, como chamaquito que desea complacer a unos padres crueles, y me pregunté si mi tiempo era correcto, si era el de un hombre psíquicamente sano a sus cuarenta años o si había conseguido quedar estúpido para toda la vida, pero no tenía a nadie para decírmelo.

Hice algo que nunca había hecho, empecé a anotar los numeritos que sospechaba iban en la esquina para asistirme a superar esta prueba sumamente complicada para mi cerebro, y después para mi corazón. Primero traté de entender, a través de los cuadros y las conexiones de los números, si ya había perdido la perspicacia de cuando fui un muchacho y luego me puse a pensar en otra cosa porque me aburrí del juego, y me aburrí de estar enfermo, y me aburrí de la vida en general. Y justo en ese instante, más allá de estas angustias perennes, justo donde cruzaba un tres con el nueve, creí vislumbrar mi verdadero propósito.


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