Desacuerdos/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
25/09/2022

Los desacuerdos son situaciones comunes en nuestra vida social. Colegas disienten sobre si una política en su lugar de trabajo traerá mayores beneficios que costos para los trabajadores, sobre si un nuevo directivo está o no capacitado para ejercer su puesto, o sobre si el sindicato está o no coludido con los directores de su empresa; miembros del personal de salud de un hospital a menudo están en desacuerdo sobre si una intervención médica es o no necesaria para uno de sus pacientes, o sobre si el diagnóstico de una persona que exhibe síntomas poco comunes es el correcto; las parejas suelen estar en desacuerdo sobre a qué lugar ir a cenar, sobre si asistir o no a una reunión con amigos, o sobre la naturaleza de su relación; al interior de las familias con frecuencia se disiente sobre el lugar más adecuado para ir de vacaciones, sobre las prioridades del gasto familiar, o sobre a qué escuela deberían asistir los hijos. Nuestros desacuerdos sobre cuestiones de gusto son habituales en diversos contextos: discrepamos sobre la calidad de una película, de una pieza musical, de un cuadro, de una escultura o de un platillo. Estos desacuerdos son moneda corriente. No obstante, todavía no atendemos a los desacuerdos más amargos e intratables a los que solemos enfrentarnos.

Los desacuerdos morales suelen ser intensos y emocionales. Además, dichos desacuerdos detonan las (para algunos) temibles amenazas tanto del escepticismo como del relativismo morales. Las personas se encuentran en hondos desacuerdos sobre una amplia variedad de cuestiones. la regulación de los usos terapéuticos y recreativos de la mariguana, la pena de muerte como posibilidad penal, los derechos de los animales no humanos, etc. Los desacuerdos sobre estas cuestiones se encuentran en un primer nivel moral. En uno segundo, las personas disienten de manera categórica sobre los principios que guían el cómo han vivir y el cómo deben actuar (i.e., sobre cuál es el estilo de vida más adecuado para conseguir sus propósitos y cuáles de ellos vale la pena perseguir, y sobre cuáles son las normas que deben seguir cuando se preguntan qué deben hacer en un caso concreto). En un tercer nivel, mucho más abstracto que los anteriores, algunas personas están en desacuerdo sobre si es posible o no el conocimiento moral, sobre si nuestros juicios morales pueden ser verdaderos o falsos, o sobre si una acción puede ser moralmente correcta o incorrecta de manera independiente de lo que la gente piensa. 

Por su parte, los desacuerdos sobre política pública y los principios que rigen su diseño suelen ser agudos y polarizantes. La ciudadanía a menudo está en desacuerdo sobre múltiples cuestiones de interés público: sobre si son o no preferibles las soluciones de mercado a la intervención estatal; sobre si es o no el sector privado superior en eficiencia, calidad, disponibilidad y precio al sector público; sobre cuál es el método de votación óptimo en una democracia; sobre si es o no deseable que los servicios de educación y salud sean lucrativos; sobre si la seguridad nacional está o no garantizada a partir de un gasto elevado en el sector militar; sobre si la desigualdad es o no inherente a cualquier sociedad; sobre el estatus de los migrantes; etc.

Así, el desacuerdo es ubicuo tanto en la esfera privada como en la pública. No pocas veces al día estamos en desacuerdo con conocidos y desconocidos acerca de un espectro amplio de temas y problemas. Dada su ubicuidad, quizá resulte importante analizar si debemos o no afrontar nuestros desacuerdos y, si debemos afrontarlos, cuál debería ser idealmente nuestra respuesta ante ellos.

El desacuerdo también, y no pocas veces, resulta persistente. Los desacuerdos morales, políticos, estéticos y religiosos  resultan paradigmáticos a este respecto. Muy pocas veces tenemos claro cómo podríamos enfrentarlos o si es posible siquiera abordarlos de manera racional.  Si no hay cuestiones fácticas involucradas, por lo general se considera que el desacuerdo no tiene relevancia. No obstante, cuando un desacuerdo de estos tipos se nos presenta, solemos, las más de las veces, regresar a casa sin haber comprendido a nuestros interlocutores o con un fuerte sentimiento de haber sido incomprendidos por ellos.

El resultado en muchos de los casos anteriores parece ser casi siempre el mismo: la presencia y reconocimiento del desacuerdo no suele modificar nuestra perspectiva ni nuestras creencias originales. ¿Podríamos considerar este quietismo una respuesta adecuada ante nuestros múltiples desacuerdos? Una pregunta que, en nuestro mundo polarizado, es más urgente que nunca.

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