Los gritones de los servicios de streaming/ La escuela de los opiliones  - LJA Aguascalientes
02/10/2022

Nunca me acuerdo si es HBO Max, o HBO Plus. Creo que es Max, porque Disney es Plus, y Netflix es Flix. Paramount también es Plus, y Amazon es Prime.

En las reuniones del corporativo, los creativos de casa probablemente hablaron de esto y lo recuerdan, con un whisky y una barra de Hershey’s, cada tanto: “necesitamos la palabra, el látigo erótico en la lengua del cliente que nos destaque”.

HBO, Plus o Max, ya empezó a mandar sus correos para avisarnos que va a salir la nueva iteración de Game of Thrones —dicen que es una precuela—. Urgen espectadores porque también nos urge el dinero. Game of Thrones fue una diversión interesante durante sus primeras temporadas.

Por ahí me soltaron el rumor de que el 90% de la gente en el mundo la vio. Dudo del dato, suena irreal y exagerado; sumamente inventado. Pero también recuerdo que muchos mostraban que su consumo por esta serie era ávido, desesperado.

Mi personaje preferido era Tyrion y creo que fue de los pocos actores que soportó dignamente el pésimo final de la serie. Cada mirada hacía la cámara, como el Jim de The Office, estaba cargada de resignación, y el gravitas de un verdadero actor shakespereano: “oiga, pues, soy una persona pequeña. Debo hacer mi trabajo porque cuando volveré. Es ahora o nunca”.

Si yo perteneciera a la hueste de los señores que pican los botones para aventar dinero, no se lo hubiera aventado a una precuela de Game of Thrones que, a pesar de tener buenos momentos, fue una de las series más soporíferas de la historia. Aunque la vi por Tyrion, los otros personajes me daban mucho sueño y me echaba la pestañita fácil de momento a momento.

Es una de esas series que logró, misteriosamente, que el burdel de un mundo fantástico medieval fuera tremendamente aburrido. Pero algunos se alimentaban con este sadismo contenido, ligeramente perverso, como si fueran tan sabrosas como las cintas VHS que escondía alguno de los tíos en el armario. Quienes crecimos con Juliette sabemos dónde se esconde lo bueno.

Mientras, en Estados Unidos, Disney ya amenazó con subir sus precios a poco menos que el doble, porque fueron tantas pérdidas el año pasado (miles de millones de dólares) que si el cliente quiere contenido de calidad, ese que lo empuja a hablar leperadas en las redes sociales para hacer las competencias de quién es la peor persona, es esencial que se suscriba a la plataforma.

Disney ya tiene amarrados a todos los padres que compran contenido fácil para sus hijos. El futuro es hoy: todas esas cintas vhs, dvds y blu-rays fueron un paliativo; eventualmente descubrieron los métodos mágicos para mantener a la gente drogada. Los compadezco. Yo puedo retirar mi suscripción mañana. Twitter me contará las nuevas de Star Wars.


Netflix está haciendo la luchita de jalar clientes con Sandman, una de las invenciones de Neil Gaiman. Creo que Neil Gaiman es uno de los escritores más vendidos del presente, está en todas partes: Sandman en Netflix, American Gods en HBO y Good Omens en Prime. Dicen que si un nuevo servicio de streaming está naciendo en algún lugar, Neil Gaiman aparece en una nube de humo, afuera de las oficinas —que todavía ni muebles tienen—, con un portafolio, dispuesto a venderles algo.

Los primeros capítulos de Sandman son un deleite, pero después la serie empobrece (como por ahí de la mitad). Sus personajes maravillosos e inesperados se convierten en las marionetas de un algoritmo que actúan una historia americana rural cualquiera y los efectos pierden el presupuesto, como cartulinas chafas de Terry Gilliam, mucho más baratos.

Me cuesta trabajo perdonar que cambiaron a Lucifer, quien era un espejo de David Bowie, por la portentosa mujer guerrera de Game of Thrones. Quitaron la sutileza, la elegancia, de la estrella de la mañana y la reemplazaron con violencia, y una torpe grandeza. Pero como Gaiman aprueba las decisiones de casting, supongo, todo está muy bien. Es en este momento donde Tyrion mira a la cámara y guiña un ojo, aunque falta la sonrisa.

Acepto que me cuesta trabajo entender algunas de estas decisiones mercantiles, capitalistas e incluyentes. Pronto será hora de cancelar todos estos servicios (los cuales me salen con un descuentillo porque, como diría del Toro, soy mexicano). Si no me da flojera visitar los almacenes Torrent, regresaré a mi pueblito. Había un señor que tenía todos los DVDs que yo me podía imaginar a unos diez pesitos y, sea como sea, también se vivía feliz así.


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