Querer salvar vidas y no morir en el intento: el servicio social médico/ Origami  - LJA Aguascalientes
23/09/2022

 Pocas profesiones exigen de una vocación de servicio y compromiso, tan grande como la medicina, recuerdo ver dormir a mi hermano en cualquier posición insospechada por incómoda que pareciera, en cualquier oportunidad que la ausencia de pendientes le permitía hacerlo, sin importar si había oscuridad o ruido, o que la ropa que portara viniera directo del quirófano, el chiste era reponer fuerzas para las faenas por venir.

La ausencia de alimentos balanceados o a sus horas, el exceso de café para poder seguir estudiando la teoría en casa (a la par de las extenuantes jornadas de hospital) el trabajo físico agotador, así como el volcar la vida completa a las paredes blancas de un nosocomio, olvidando compromisos familiares y hobbies, son solo algunos de los elementos que promete la elección de esta vocación de vida, por lo que sin duda, hay que tenerla fuertemente cimentada. 

Los niveles de exigencia y estrés a que son sometidos desde el aula van desde la intención de perfeccionamiento excesivo, hasta el terrorismo académico, al que además se suma la amenaza de la competencia que ensombrece el ingreso a las especialidades médicas por el limitado número de lugares disponibles. Solo en junio de este año se daba cuenta del suicidio de un estudiante de Medicina en la UNAM, cuya causa de muerte se asocia precisamente al stress a que estaba sometido.

La educación en la medicina tiene muchas diferencias respecto de las otras áreas académico- profesionales. En primera instancia está su tiempo de duración, mientras la mayoría de las carreras son de 9 o 10 semestres de educación formal y la exigencia de la prestación de un servicio social que se puede llevar de la mano a la época de asistencia a las aulas, pues suele consistir en 500 horas, que se prorratean en los meses que se necesite y se ajustan a las necesidades del estudiante y del ente receptor; para el área de la salud se exige adicionalmente un año de internado en que los estudiantes deberán hacer prácticas por las diversas rotaciones de especialidades en un hospital, a cargo de médicos ya formados, para a su término,  hacer el servicio social que dura un año completo y le exige migrar a los centros de salud ubicados en las diversas localidades del país, a morar en habitaciones adjuntas al espacio en que se dan las consultas o se atienden partos, cirugías menores o lo que requiera el paciente en turno.

No es aleatorio que deban vivir en el propio centro de salud, pues dichas instituciones fungen como centro de atención 24 horas, teniendo horario de consulta en que coadyuvan con los médicos, el personal adicional de servicio de salud (enfermeras o personal administrativo, según sea el caso) quienes una vez concluida su jornada laboral, se retiran, quedándose solo el médico de servicio social, quien , si surgen eventualidades de urgencia, durante la tarde o la noche, deberá atenderlas igualmente.

Aunque en ellos descansa gran parte del sistema de salud de nuestro país, pues están durante ese tiempo, a cargo de una clínica y de la atención de una comunidad entera, no existe una relación laboral y por tanto, tampoco son retribuidos sus servicios como profesionales, a cambio se les entrega una “beca compensatoria” con la que difícilmente podrían sobrevivir de ser su único ingreso y por supuesto, tampoco cuentan con prestaciones laborales, es más, pese a que el trabajo que realizan es subordinado, ni cuentan con una retribución justa ni con un horario adecuado, pues están a disposición de la comunidad las 24 horas del día y para colmo, tampoco tienen ninguna clase de seguridad ante la vulnerabilidad a que todas estas condiciones les expone.

Sin embargo, ni las largas noches de insomnio aprendiendo la sintomatología del hipotiroidismo o la ubicación de la falange proximal media o distal, lograron salvar la vida de Mariana Sánchez, quien fue encontrada ya sin signos vitales, en la clínica en que hacía su servicio social, en Nueva Palestina, Ocosingo, Chiapas. Dos meses antes de su deceso, ella había denunciado una agresión sexual ante la Fiscalía de su Estado, no obstante, nada ocurrió, ni la emisión de medidas de protección a su integridad, ni la procedencia del cambio de adscripción que solicitó ante las autoridades sanitarias para salvaguardarse.

Desafortunadamente, Mariana no es la única, la lista se sigue engrosando; hace unos días Erick David Andrade Ramírez, a quien habían asignado a la clínica de la comunidad del Ejido el Brillante en Pueblo Nuevo, Durango, se le privó de la vida, con arma de fuego, tras la atención médica que prestó a sus agresores, quienes, según arrojan las primeras averiguaciones, se encontraban en estado de intoxicación por consumo de sustancias psicotrópicas. 

El fenómeno no solo ocurre en esas latitudes lejanas, la violencia a que son sujetos nuestros médicos, los que sostienen nuestras vidas y les dan calidad, también se presenta en esta “tierra de la gente buena”. Dos testimonios de Aguascalientes, que evidentemente no son aislados, me lo han confirmado, en el primero de ellos, la violencia e intento de abuso sexual, fue sufrido por parte de un médico adscrito hacia una residente en la etapa de internado y en el segundo, durante su año de servicio social, intentaron abrirle la clínica, su habitación y baño mientras ella se encontraba sola en el centro de salud.


Si bien, el espíritu del servicio social es noble y pretende la retribución social, por los beneficios recibidos del sistema educativo nacional, lo cierto es que en el caso de los médicos hemos llevado al extremo la que debería ser su vocación de servicio, convirtiéndolos en mártires del sistema, exigiéndoles sacar avante un sistema médico insuficiente para la población a que se dirige, mal abastecido y para colmo, en condiciones de inseguridad ante la violencia que asola nuestra tierra.

Es momento de revisa lo arcaico de la figura del servicio social médico, lo exorbitante de sus condiciones y por supuesto el riesgo al que exponemos a quienes solo quieren poder llegar a portar su bata blanca. Es indispensable mejorar las condiciones de nuestros médicos, con el agradecimiento que merece lo que hacen por nuestra salud, la de nosotros y los nuestros y hacerlo a la luz de los derechos humanos, porque sí aunque la gratitud a veces nos haga verles alas, también ellos son humanos.

 

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