Así es esto / Mis hijos son mi patria - LJA Aguascalientes
29/11/2022

No creo en la patria y menos en aquello de “un soldado en cada hijo te dio”; cada que leo el artículo tercero constitucional en mis clases de derechos humanos, reniego de que la educación “Tenderá a desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano y fomentará en él, a la vez, el amor a la Patria…” me parece que esta disposición chauvinista violenta un derecho más sagrado y que costó muchísima sangre: el fundamental derecho de que cada quien crea lo que le venga en gana, incluyendo la patria; tal vez porque creo como ese poeta maldito que fue encarcelado la década pasada, Sergio Hernán Witz Rodríguez, que la bandera solo me evoca un verso lopezvelardiano, no toda su demás escatología, porque ojo, claro que quiero a mi país y me siento contento de vivir en él  (recorrerlo palmo a palmo es un vicio) pero jamás de hacerlo mi religión, como quisiera el tercero constitucional.

Por eso, mi única patria son mis hijos, y es menester explicarme. Como muchos, tengo un gusto especial por los antihéroes, uno de ellos el capitán Alatriste de Pérez-Reverte, él dice sabiamente en su primera aventura: “La verdadera patria de un hombre es su niñez”. Mis hijos me han regresado de forma inimaginable a mi niñez, luego, son mi patria. Y tengo que explicar esto también: no soy de esos tipos que dicen o presumen que tienen alma de niños o que la juventud está en el corazón. Yo he vivido mi edad y tengo muy claro que ya soy adulto, no me siento joven ni nada por el estilo, es más, mis amigos, tienen muy claro que incluso me siento viejo, no me gusta andar en fiestas, ruido y esas cosas de los chavales. Pero ahora si me siento como un niño y es que Rubencito y su hermana Marcelita, se han hecho adictos a animales pequeños, como hámster, cuyos, erizos, tarántulas, pericos, entre otros; por supuesto que tengo que auxiliarlos en su manutención. Nuestro mayor éxito ha sido la pareja de hamsters que ya lleva veinticuatro crías en escasos par de meses.

Lo que detonó esta evocación a la niñez (una especie de regresión como la que experimenta el crítico Anton Ego, al probar el ratatouille en la película de homónimo nombre) fue que, la semana pasada, compramos con los ahorros de Rubencito un acuario de agua dulce con unos dealers que tenemos en Pilar Blanco. Por cierto, qué maravilla de tienda de mascotas en el mercado Bonanza (acuario Ángel) además de amplia variedad, los precios super competitivos y muchísima asesoría para cualquiera de tus mascotas, cinco estrellas y mega recomendados, creo tienen una sucursal en Boulevard Águila, ahí mismo en Pilar Blanco.



 

De adolescente tuve varias mascotas de ese estilo, especie menores, todo menos perros o gatos (demandan muchos más cuidados). Por supuesto tuve un acuario e incluso llegué a criar algunos peces; por ello cuando instalamos la pecera y colocamos, después de preparar el agua, nuestras primeras especies, entre monjas, gatos, cebras, etcétera, el golpe a la niñez fue directo y sin ambages. Hemos comprado cada uno (yo, Rubencito y Marcelita) los que nos gustan y entonces compartimos la pecera, nuestra comunidad es de la propiedad de cada animalito que sabemos nos pertenece.

Las tardes las he estado dedicando a dar de comer a nuestro pequeño zoológico al que se suma una pequeña colección de cactus (unas 60 especies) y tres plantas carnívoras que ya aprendimos a conservar, a pesar de que es difícil. Dar de comer, jugar con ellos, han hecho de mis días una delicia; he de confesar que para ello he tenido que sacrificar una de mis pasiones, dar clases, pero pues ya las retomaré más adelante. Tengo muy claro que cada quien debe de fijar el qué hacer de su vida, que los hijos no son una necesidad, vocación o un sine qua non; pero yo que he decidido tenerlos los disfruto, como disfruto de nuestros pequeñas hobbies animaleros, por cierto ¿alguien quiere adoptar responsablemente unos hamsters?

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