Testamento de Mijail Gorbachov: la incomprensión de Occidente - LJA Aguascalientes
04/12/2022

Anne Marie Mergier

 

Occidente no consideró los méritos de Moscú en el fin de la Guerra Fría. Asumió que ésta era una victoria unilateral que le pertenecía y, sin mediar diálogo alguno, se lanzó a la ampliación de la OTAN y al abandonó de los tratados antinucleares, al tiempo que miraba con sospecha y cuestionaba todo lo que Rusia llevaba a cabo, incluyendo los procesos de integración con sus vecinos. Mijail Gorbachov, el presidente que intentó la gran transformación de la Unión Soviética y quien murió el pasado 30 de agosto, analiza en su último libro, El futuro del mundo global, cómo la incomprensión que Estados Unidos y la Unión Europea han mostrado hacia Rusia está en el origen de diversos conflictos geopolíticos, entre ellos la actual guerra en Ucrania.



 

 

El fallecimiento de Mijail Serguéyevich Gorbachov, último presidente de la Unión Soviética, el pasado 30 de agosto, ocupó las primeras planas de la prensa mundial.

 

Su papel histórico en el fin de la Guerra Fría y de la división de Europa y por supuesto en los vertiginosos cambios políticos de su propio país, causó una auténtico diluvio de comentarios encontrados, elogiosos en el mundo occidental, reservados, francamente críticos u hostiles en el exbloque soviético, al tiempo que reanimó debates acalorados entre expertos e historiadores de todos horizontes.

 

Proceso opta por dejar la palabra al iniciador de la Glasnost y la Perestroika, galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1990, reproduciendo amplios apartes de El futuro del mundo global, su último libro, publicado a finales de 2019 y considerado su testamento político.


 

Tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, tres años antes de la invasión a Ucrania por las tropas rusas, pero ocho años después de la anexión de Crimea y del inicio de los enfrentamientos en Donbás entre separatistas ucranianos hostiles a Kiev y fuerzas armadas de Ucrania, Gorbachov analiza en forma crítica la actitud de Occidente hacia Rusia desde los ochenta hasta los meses previos a su deceso.

 

El libro sorprende tanto por la fuerza de sus denuncias a “la elite política occidental” como por su defensa de ciertas iniciativas de Vladimir Putin, entre las que destaca la “reintegración de Crimea en el regazo de Rusia”, y da elementos importantes para contextualizar –mas no justificar– la guerra –no declarada por el Kremlin– de Moscú contra Kiev.

 

Ya muy enfermo cuando Putin lanzó su ofensiva contra Ucrania el pasado 24 de febrero, Gorbachov no se expresó oficialmente al respecto. Unos días antes de la invasión, sin embargo, Pavel Palazhchenko, su exintérprete, que seguía en contacto con él, tocó el tema en una entrevista con la cadena televisiva estadunidense Fox News.

 

“Mijail Gorbachov siempre advirtió que cosas sumamente peligrosas podrían ocurrir entre Rusia y Ucrania –dijo Palazhchenko–. Pero siempre hizo lo que pudo para intentar acercar a estas dos naciones en lugar de seguir viendo cómo crecía el abismo que las separa. Por lo tanto, lo que está pasando es emocionalmente trágico”.

 

La lectura de El Futuro del mundo global permite entender que para Gorbachov, Putin no es el único responsable del desastre actual.

 

 

 

Triunfalismo 

 

“La política mundial desciende por una ladera demasiado resbaladiza”, advierte en la introducción de su libro antes de insistir en los dos primeros capítulos sobre dos de los numerosos desencuentros fundamentales y peligrosos entre Rusia y los occidentales: el fracaso del Acta de París y el abandono por parte de Donald Trump del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio.

 

Escribe:

 

“En noviembre de 1990 yo regresaba de Francia después de un encuentro entre jefes de Estado y de gobierno de Europa, Estados Unidos y Canadá. Acabábamos de firmar un documento histórico: El Acta de París para una Nueva Europa. Lo volví a leer en el avión de regreso a Moscú. Mucho más que una declaración de intención política, se trataba de un auténtico manifiesto, un compromiso con los pueblos del mundo.

 

“Se acabó la era del enfrentamiento y de la partición en Europa, proclamaban los firmantes que se comprometían a establecer relaciones basadas en el respeto mutuo y la cooperación. Planeábamos edificar, consolidar y fortalecer la democracia como único sistema de gobierno de nuestras naciones.

 

“Una seguridad igual para todos era la condición fundamental, una condición de la que dependían todas las demás. El Acta de París era sumamente clara al respecto. ‘La seguridad es indivisible y la seguridad de cada Estado participante está ligada de manera indisociable a la de todos los demás’, estipulaba.

 

“Y más importante aún, los firmantes se comprometían a resolver sus controversias por medios pacíficos. Tomamos la decisión de elaborar mecanismos de prevención y resolución de conflictos entre los Estados participantes.

 

“Cuando vuelvo a leer hoy ese documento constato que está en la línea de los grandes acuerdos que logré finalizar con Ronald Reagan en Reikiavik en 1986 y con George Bush en la cumbre de Malta en 1989. Estas etapas nos permitieron salir de la Guerra Fría para encaminarnos hacia un futuro pacífico (…)

 

“Al respecto quisiera recordar algo importante. Cuando la gente bajó a la calle en la RDA (República Democrática Alemana), así como en Europa central y oriental en busca de libertad, los miles de militares soviéticos que se encontraban en estos países no se interpusieron. La Unión Soviética no impidió que los pueblos eligieran su destino. La revolución que se llevó a cabo en Europa fue un acontecimiento sin precedente en el que no se derramó una sola gota de sangre.

 

“Sin subestimar el papel de los pueblos que la protagonizaron, me gustaría agregar lo siguiente: esa revolución pacífica y de manera general el advenimiento de una Europa nueva y democrática hubieran sido imposibles sin los cambios profundos que se dieron en la Unión Soviética, sin la Glasnost y la Perestroika.

 

“La Unión Soviética de entonces y luego Rusia tenían por lo tanto pleno derecho de esperar que sus intereses fueran tomados en cuenta por esa Europa nueva en términos de seguridad y eso al mismo nivel que los demás participantes. En ese sentido el Acta de París inauguraba una evolución hacia una seguridad común igual e indivisible. Pero no se dio un solo paso concreto en esa dirección.

 

“El olvido del Acta de París fue tan sólo uno de los síntomas de una enfermedad muy específica que afectó a la elite política occidental unos años después del fin de la Guerra Fría: el triunfalismo.

 

“¿A qué me refiero? Hace treinta años nadie cuestionaba el hecho de que el fin de la Guerra Fría había sido una victoria común lograda gracias al diálogo, a las negociaciones sobre problemas muy arduos de seguridad y desarme. El reinicio de las relaciones bilaterales sellaba esa victoria común. Pero muy pronto Occidente se autoproclamó vencedor. Los líderes estadunidenses pretendieron que el fin de la Guerra Fría sólo se había hecho realidad con el fin de la Unión Soviética y que eso se debía a la correlación de fuerzas entre los dos bloques. Concluyeron que era necesario seguir extendiendo más su poder militar e imponiendo su voluntad para poder crear un mundo unipolar, un ‘Imperio americano’.

 

“Todos conocemos las consecuencias de ese triunfalismo en el Cercano Oriente, el norte de África, Yugoslavia y Ucrania. Hasta en Europa misma, en ese continente que ya vivió dos guerras mundiales. ¡Es un abuso imperdonable!”.

 

 

 

“Un mal augurio” 

 

El abandono por Washington en 2019 del histórico Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF, por sus siglas en inglés), firmado en 1987, fue otra inmensa frustración de Gorbachov y, según él, “un mal augurio”.

 

Escribió:

 

“La política mundial desciende en una pendiente demasiado resbaladiza. Las tendencias militaristas y destructivas van creciendo, se ataca el sistema de limitación de armamento nuclear tal como lo demuestra la decisión de Estados Unidos de salirse del tratado FNI.

 

“Es preciso recordar los hechos: el tratado FNI, al igual que el tratado START 1, fue pensado para disminuir el número de cabezas nucleares. Se inscribe en el marco de las iniciativas conjuntas de los presidentes ruso y estadunidense que permitieron que el mundo se deshiciera de decenas de miles de armas nucleares acumuladas en el curso de los años (…)

 

“Hoy de los tres pilares principales de la estabilidad estratégica global –el tratado ABM (sobre limitación de los sistemas antimisiles), el tratado FNI y el START1–, sólo ese último sigue vigente. (…)

 

“El abandono del tratado FNI que amenaza intereses mundiales supremos merecía por lo menos una explicación. Cuando se toma una decisión tan grave se debe exponer a la comununidad internacional por qué se decide destruir lo que se había logrado construir hasta esa fecha.

 

“¿Qué pasó? ¿Qué amenaza llevó a Estados Unidos a actuar así? ¿Informó Estados Unidos al Consejo de Seguridad de la ONU? Obviamente no. En cambio se acusa a Rusia de cometer todo tipo de violaciones de los tratados.

 

 

 

La “casa común” 

 

Gorbachov aborda el tema de Ucrania en distintos momentos del libro. Empieza en el capítulo “Europa: nuestro continente, nuestra casa”.

 

“El apuro con el que se procedió a la ampliación de la Unión Europea perturbó profundamente las relaciones con Rusia. Habíamos empezado a establecer nuevas relaciones durante los años de la Perestroika a raíz de la firma en 1988 de un acuerdo de comercio y cooperación con la CEE (Comunidad Económica Europea). En 1994 firmamos un acuerdo de asociación y cooperación entre la UE y Rusia. En 2001 celebramos una cumbre entre la UE y Rusia durante la cual Romano Prodi (entonces presidente de la UE) lanzó la idea de un espacio económico europeo común. Siguió en 2005 un acuerdo entre Rusia y la UE de asociación estratégica en cuatro campos: economía, seguridad interior y derecho, seguridad exterior, ciencia y educación.

 

“Parecían abrirse amplias perspectivas y se vislumbraba el ideal de ‘la casa común’ del continente europeo. Pero sólo se podía sacar provecho de estas posibilidades sobre la base de un diálogo entre iguales y teniendo en cuenta los intereses rusos. Me refiero en particular a las relaciones con nuestros vecinos con los que estamos ligados por siglos de historia común muy compleja.

 

“Pues en ese momento crucial los líderes de la Unión Europea carecieron de sabiduría política y de visión a largo plazo. Eso fue patente en la manera como la UE negoció un acuerdo de asociación con Ucrania. ¿Acaso no era obvio que ese acuerdo afectaba directamente los intereses de Rusia? Los lazos comerciales, económicos, de cooperación industrial, todo eso estaba intricado en una madeja de problemas políticos, económicos y jurídicos. Se hubieran debido abordar todas estas cuestiones sentados alrededor de una mesa de negociaciones en las que Rusia hubiera participado en un mismo pie de igualdad que los demás protagonistas. Estoy convencido de que esa participación hubiera sido constructiva porque a Rusia le interesaba muchísimo asociarse con la UE y Ucrania.

 

“Pero la UE no buscó integrar a Rusia, ni siquiera formalmente, sino que nos puso ante el hecho cumplido. Se conoce el resultado. Y también se conocen las críticas acerbas que esa actitud inspiró en políticos de gran experiencia como Helmut Schmid o Helmut Kohl”.

 

 

 

El derrumbe 

 

Muy relevante es el capítulo titulado “La Nueva Rusia”. En estas páginas Gorbachov responde a sus compatriotas que en su mayoría llevan casi cuatro décadas considerándolo responsable de la implosión de la Unión Soviética y de la pérdida de influencia mundial de su país.

 

Escribe:

 

“Rusia es mi patria y el único país en el cual puedo imaginarme vivir. Su historia es gloriosa y milenaria. El Estado ruso moderno es heredero de la Vieja Rusia, del Principado de Moscú, del Imperio zarista ruso y de la época soviética.

 

“Rusia hoy está encontrando su rol en el futuro mundo global. La sociedad rusa sigue en una fase de transición entre totalitarismo y ausencia de libertad por un lado, y democracia por el otro.

 

“Hoy, como en la época soviética, ese proceso es muy complicado porque el Estado ruso se extiende sobre un inmenso territorio y que lleva siglos siendo integrado por decenas de nacionalidades y grupos étnicos.

 

“La constitución de la URSS establecía que las repúblicas que integraban la Unión Soviética eran estados soberanos y que tenían pleno derecho de salir de la Unión, pero esa soberanía sólo existía sobre el papel. En realidad, la URSS era un estado unificado y rigurosamente centralizado al que las repúblicas debían someterse.

 

“La Perestroika y la libertad de opinión pusieron a la gente en movimiento y las repúblicas pidieron más autonomía y en ciertos casos su independencia.

 

“En los años que precedieron el fin de la Unión Soviética yo estaba absolutamente convencido de que las repúblicas podrían ser políticamente soberanas, económicamente independientes y aptas para desarrollar su propia identidad sólo si se lograba renovar fundamentalmente la Unión. Eso implicaba una transformación de la URSS en una federación democrática dotada de una organización eficiente a la que las repúblicas delegarían parte de su soberanía.

 

“Un paso determinante en esa dirección estaba a punto de darse con la ratificación del Acuerdo de la Unión que se frustró con el intento de golpe de estado de agosto de 1991.

 

“Como presidente luché hasta el final para mantener la unidad del país. Y lo hice –me importa subrayarlo– sólo con medios políticos. Intenté convencer de mi lealdad a los ciudadanos y a mis colegas, así como a los dirigentes de las repúblicas de la URSS.

 

“Hoy todavía considero que la integridad del país hubiera podido ser preservada y que la nueva Unión hubiera servido a los intereses de todos. Pero el golpe debilitó mi posición. Y la dirección de Rusia, la república más grande de la URSS, encabezada por Boris Yeltsin, optó por la disolución de la Unión Soviética. El país se desintegró. El Estado se derrumbó.

 

“Decenas de millones de personas padecieron directamente las consecuencias de esa decisión. Por lo tanto, no hay que asombrarse que hoy – según todos los sondeos de opinión– la mayoría de los rusos sigan deplorando el derrumbe de la Unión y recordando los años noventa como sumamente difíciles y dolorosos.

 

“Se cortaron las relaciones económicas entre las repúblicas de la URSS y se lanzaron reformas de manera precipitada, lo que generó un caos económico y una dramática caída del nivel de vida de la mayoría de la gente al tiempo que impidió que Rusia integrara la economía mundial en calidad de gran potencia.

 

“Por si eso fuera poco, numerosas decisiones tomadas en ese entonces por los países occidentales y en particular por Estados Unidos fueron contrarias a los intereses nacionales rusos sin que pudiéramos hacer algo. En realidad ya nadie nos tomaba en cuenta. Pero Rusia logró salir del hoyo (…)

 

“Después de la implosión de la URSS Rusia estaba demasiado debilitada para poder tener una política exterior clara. No tenía estrategia eficiente y ni siquiera entendía bien cuáles eran sus intereses nacionales.

 

“Esa era la situación al inicio del siglo XXI cuando Vladimir Putin accedió al poder.

 

“Aun si era evidente que un mundo unipolar conllevaba grandes riesgos, Putin aceptó el papel que jugaba Occidente, en particular Estados Unidos, en la política y la economía mundial.

 

“Rusia salió al encuentro de Occidente. Putin fue el primer jefe de Estado en llamar al presidente de Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Le brindó una ayuda ilimitada en la lucha contra el terrorismo internacional y se declaró dispuesto a autorizar el uso del espacio aéreo ruso para el transporte de material militar a Afganistán.

 

“Rusia se mostró abierta a una amplia cooperación con Occidente, inclusive con la OTAN. Dio muestra de flexibilidad inclusive en temas sumamente delicados, pero por supuesto preservando sus propios intereses.

 

“Ni en los años dos mil ni después Rusia persiguió objetivos que nuestros adversarios nos atribuyen muy a menudo. Nunca hablamos de ‘renacimiento del imperio’ ni de ‘esferas de influencia’ ni de expansión geopolítica. Sin embargo, todo lo que hacía Rusia, incluyendo sus esfuerzos naturales por consolidar un proceso de integración con sus vecinos en vista de un fortalecimiento de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), despertó sospechas, inclusive críticas abiertas de parte de Occidente.

 

“De manera general, hemos de constatar que los intentos de Rusia por establecer una cooperación constructiva nunca fueron reconocidos en su justo valor por Occidente.

 

“Los jefes de Estado y de gobierno occidentales no querían entablar un diálogo con Moscú ni hacer concesiones en cuestiones vitales. Hablo de la ampliación de la OTAN, de problemas de estabilidad estratégica y del programa de defensa antimisiles, de relaciones comerciales y económicas y del abastecimiento energético de Europa. Occidente vigilaba con desconfianza cada paso que daba de Rusia y nos acusaba injustamente de querer resucitar a la Unión Soviética o de buscar nuestra revancha en el campo geopolítico.

 

“En realidad le sobraban razones a Rusia para criticar a sus homólogos occidentales en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007. Y es lo que hizo Vladimir Putin. Volví a leer el discurso del presidente y sigo sin entender los reproches que provocó en Occidente.

 

“Ese texto no es hostil contra Estados Unidos ni tampoco contra los demás países occidentales. No es inflexible ni agresivo. No es una declaración de guerra como lo pretenden algunos. Por el contrario, me parece justo y racional.

 

“¿Acaso es erróneo afirmar que un modelo unipolar no sólo es inaceptable, sino que es totalmente imposible en el mundo moderno? ¿Que solamente la ONU puede aprobar, en ultima ratio, el uso de la fuerza militar? ¿Que es necesario buscar un equilibrio entre los distintos intereses nacionales? ¿Que ningún Estado debe imponer su sistema jurídico a otro? Estos son los puntos que enfatizó Putin en su discurso de Múnich.

 

“En la política mundial contemporánea no existe tarea más importante ni más compleja que la de restaurar la confianza entre Rusia y Occidente. Los países occidentales reconocen sin dificultad que es indispensable: sin Rusia, dicen, es imposible resolver los grandes problemas globales.

 

“Pero al mismo tiempo se considera a Rusia responsable de todos los males y se espera que dé el primer paso. Nadie tiene derecho de hablar de Rusia de esa forma. Más aún: no se debería intentar aislar a ese país. Es sin embargo lo que se intenta hacer desde 2014. En vano.

 

 

 


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