Multitud histórica/ Opciones y decisiones  - LJA Aguascalientes
27/01/2023

Concluí mi anterior entrega diciendo: su pretendida reforma del sistema electoral, bajo una visión tan reductiva como desproporcional, al imponer una pirámide invertida de las partidas presupuestales por aplicar en el ejercicio constitucional 2023. La base ciudadana está en los cielos y la cúspide del poder está en el fondo de la ciénega en la que ahoga su propio voluntarismo. Sí, ¡por ello y contra ello vamos a marchar! Aquí, quedó la marca de un gran colectivo ciudadano que expresó sin rodeos su voluntad de respetar y hacer respetar las instituciones que son garantes de su democracia.

Referencia que nos deja en la modificación pretendida del Tipo de Estado Mexicano definido en la Constitución Política, y que ocupa el segundo rango jerárquico, al instituir los Tres Poderes constituyentes (Ejecutivo, Legislativo, Judicial), bajo el Artículo 40. Injerencista, también, sobre la Figura Constitucional de Gobierno Mexicano consagrado por el Artículo 41 Constitucional, que a la letra dice: – El pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la Unión (Federal, Estatal, Municipal), en los casos de la competencia de éstos, y por los de los Estados y la Ciudad de México, en lo que toca a sus regímenes interiores, en los términos respectivamente establecidos por la presente Constitución Federal y las particulares de cada Estado y de la Ciudad de México, las que en ningún caso podrán contravenir las estipulaciones del Pacto Federal. -En este punto, presenciamos más bien el efecto de campana invertida que protagoniza el Ejecutivo Federal versus la soberanía de los otros dos Poderes.

El asunto de fondo, en efecto, es la intentona unilateral de cambio del tipo de Federalismo instituido por la Constitución Política que nos rige, eludiendo con desdén voluntarista e intencionado la conformación de un Congreso Constituyente, capaz y con legitimidad explícita para una transformación tal. El desplante autoritario de hacerlo mediante legislación secundaria, aparte de insultante al Pacto Federal -que evidentemente transita en dos vías-, resulta en un petardo fallido, tan insubstancial como fútil al imperativo expreso de la Ley.

El cambio histórico, en el que hoy estamos concernidos, comenzó hace cuarenta años y lo avizoró un estudioso excepcional de la democracia mexicana, Pablo González Casanova, cuando decía: “(Que) podamos hoy concluir con cualquier ideología que el futuro inmediato del país depende de la democratización efectiva y del desarrollo, y que el avance en la democratización tendrá efectos positivos en el desarrollo y el de éste en aquella”, (Cfr. Pablo González Casanova, La Democracia en México. Cap. XII. El Futuro Inmediato. P. 223. Serie Popular ERA, 12ª edición, 1980. México, D.F.). Continúa el autor: “Es importante llegar a esta conclusión en un momento en que la democratización del país es un hecho posible, un hecho probable, aunque lleno de obstáculos, y en un momento en que el desarrollo avanza con tasas mínimas de seguridad y exige grandes esfuerzos”.

Pues bien, ese momento llegó diez años después, el 11 de octubre de 1990 con la creación del IFE, Instituto Federal Electoral, cuya evolución inicia con su Consejero Presidente fundador, José Woldenberg, quien simbólica y fehacientemente sintetiza esta gran fase de praxis por la democracia mexicana, la que compendia diciendo: “Estamos aquí reunidos con un solo objetivo claro y trascendente: defender el sistema electoral que varias generaciones de mexicanos construyeron, que ha permitido la convivencia y competencia de la pluralidad y la estabilidad política, la trasmisión pacífica de los poderes públicos y la ampliación de las libertades” (El Universal. Nación. Discurso Íntegro de José Woldenberg en el Monumento a la Revolución. 13/11/2022).

Ese que ya no es un ideal, sino una realidad operante, continúa el trazo hacia el futuro que González Casanova anticipaba: (Ref.- Opus cit. La Democracia en México. Ibidem. P. 227). Por su parte la clase gobernante no puede ocultarse que la democratización es la base y el requisito indispensable del desarrollo, (…) y que para lograr estas metas la personalidad del presidente, el carácter técnico del plan, y la democratización del partido (PRI) son requisitos ineludibles, en un país en que el presidente tiene una extraordinaria concentración del poder en un momento en que ya no se puede ni desconfiar de los planes técnicos ni hacer demagogia con ellos, y en una etapa en que se necesita canalizar la presión popular, unificando el país, para la continuidad y aceleración de su desarrollo y, dejar que hablen y se organicen las voces disidentes para el juego democrático y la solución pacífica de los conflictos”.

Esta larga cita se justifica porque compendia la visión de futuro de nuestro politólogo citado, y que encuentra en el curso de las varias reformas constitucionales que le suceden, su razón histórica de ser. Esencia y dinámica de esta auténtica transformación de las instituciones políticas y electorales mexicanas, que nos alcanza hasta este 13 de noviembre en curso, y que a uno de sus destacados gestores, José Woldenberg, le hace pronunciarse -con gran solvencia técnico-política- respecto de la peligrosa modificación que le acecha: “México no puede centralizar los procesos electorales en dos instituciones descomunales, no sólo porque somos -según la Constitución- una república federal, sino porque ni el INE, ni un Tribunal podrán realizar con eficiencia lo que hoy encuentra cauce y solución en 32 entidades soberanas”, (Cfr. El Universal. Discurso Íntegro…, op. Cit. Ut supra).

Este conocimiento técnico especializado y praxis gerencial del consejero presidente fundador se muestra con sólida contundencia en su relato: “Otra vez intento ilustrar lo que digo con evidencias. Desde la última reforma electoral en 2014, se han disputado en los estados y la Ciudad de México, 55 mil 336 cargos de elección popular, entre ellos, 55 gubernaturas, 93 legislaturas y 5932 ayuntamientos. Tan sólo el año pasado los institutos estatales registraron 275 mil 424 candidaturas locales. Con tales números, ¿es deseable y posible concentrar, centralizar y administrar ese universo político en una sola institución?”

La marcha del pasado domingo 13 de noviembre, de auténtica raigambre ciudadana, aunque ahora sólo se destaquen algunos personajes notables tanto de los medios de comunicación como de la academia y actores protagónicos de la clase política, es manifestación genuina de lo que históricamente nos ha hecho reconocer el análisis científico y social: la toma de las calles de una ciudad, como una forma de libre manifestación de las ideas ante las autoridades constituidas, como forma de protesta ciudadana y para reivindicación de derechos, fines, medios de desarrollo o factores indispensables del bienestar comunitario, entre lo más destacado. Este fenómeno social conocido por los especialistas, cuando los pueblos se vuelcan a marchar por sus calles, fue claramente identificado por George Rude, en su ensayo “La Multitud en la Historia”, (Editorial Siglo XXI, 1971. Del original inglés, en 1964. Pág. 252).


Con el propósito de entender mejor la importancia y efectos de ese tipo de manifestaciones, se destacan algunos puntos relevantes que nos enseña la Historia. Refiriéndose a las movilizaciones y la toma de las calles en plena Revolución Francesa, se afirma: “En todos los casos el elemento fortuito desempeñó un papel notablemente persistente y ello niega las afirmaciones de muchos historiadores de la época y posteriores, de que tales movimientos fueron resultado de “conspiraciones” perfectamente planeadas” (George Rude, “La Multitud en la Historia”, Opus cit., ut supra. Ibid. pág. 252).

El mismo autor George Rude, estudioso de estos fenómenos de manifestación tumultuaria, nos pone en aviso con su siguiente conclusión: “Pero debemos también cuidarnos de llevar las cosas demasiado lejos. Si bien hemos enfatizado las imprevistas derivaciones de las insurrecciones parisienses de 1789, debemos puntualizar también que no hubo nada puramente fortuito en los hechos mismos. En ambas ocasiones, los actos de provocación del partido de la corte de Versalles sirvieron evidentemente como de “detonador” para desatar los disturbios que se produjeron en las calles de la capital, pero no podrían haberlo hecho sin la existencia de una larga serie de incidentes anteriores que les confirieron sentido y -sobre todo- si el clima político para la rebelión no hubiese estado ya bien preparado” (Ibidem, G. Rude, pág. 252).

Existen casos de este tipo de manifestaciones claramente orientados a una beligerancia manifestada por tipos de   contingentes demostrativos de inconformidad, misma que resalta por sus desbordes y agresividad impugnativa, a pesar o en contra del desdoro causado a los supuestos recintos máximos para deliberación política de la Nación, un caso de gran relevancia ha sido el asalto al Capitolio de Washington, USA, el 6 de enero de 2021, con la anuencia explícita de su expresidente, Donal Trump. Este caso evidentemente reviste una naturaleza negativa y anti sistémica bajo violencia física y verbal explícita.

Caso muy distinto es el de la marcha a favor del INE en la que muchos ciudadanos de México participamos, con el fin explícito de la defensa de una de nuestras instituciones centrales para la democratización del país, y que sentimos ahora es puesta en riesgo por una iniciativa federal de reforma completamente incierta en sus fines verdaderos y sí  cargada de ambivalencias y agendas ocultas del todo inconfesas; marca que transcurrió en paz, con firme expresión ciudadana de respeto y hacer respetar a las dos instituciones electorales constitucionalmente protegidas, y reafirmadas durante la experiencia histórica reciente. En cuya contra, el Ejecutivo Federal pretende exhibir próximamente una marcha gubernamental y centralmente dirigida con fines explícitos de ratificación de popularidad.

De lo que sí aprendemos es que nada ni nadie exime a un partido o a otro, a un poder frente a la propia ciudadanía del imperativo necesariamente previo de debatir, siguiendo las simples pero poderosas reglas de una negociación positiva. No de un show o un choque mediático.

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