Soy sólo la memoria que tengo: Saramago - LJA Aguascalientes
08/12/2022

Texto por Tomas Dominguez

El miércoles 16 de este mes se cumplió el centenario del nacimiento del escritor lusitano José Saramago, oriundo del pueblito de Azinhaga. Desde finales del año pasado la fundación que lleva su nombre, presidida por Pilar del Río, su viuda, y sus editores, han organizado eventos conmemorativos en Iberoamérica para reposicionar su obra y destacar su figura, que estarán presentes en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2022 (del 26 de noviembre al 4 de diciembre). En este perfil biográfico-literario se evoca al lado de Jerónimo Melrinho, su abuelo sabio, personaje emblemático y de inspiración permanente para el narrador.

No se sabe cuántos nietos tuvo Jerónimo Melrinho, ese berebere llegado del norte de África a Portugal. Lo único cierto es que uno de ellos, el más entrañable, fue José Saramago, el célebre escritor que el pasado miércoles 16 de noviembre llegó al centenario de su nacimiento.



 

Saramago dejó innumerables páginas sobre esa figura señera que le enseñó la vida en sus esencias múltiples. Gracias a Jerónimo, Saramago se convirtió en un minucioso observador de los detalles, de la naturaleza y de la gente; gracias a él cultivó su mirada descarnada, límpida, desde su infancia en su natal Azinhaga; a Jerónimo, su abuelo materno, le debe, en suma, sus reflexiones, muchas de las historias noveladas que en 1998 lo hicieron acreedor al Premio Nobel de Literatura.

“Bien vistas las cosas, soy sólo la memoria que tengo, y esa es la única historia que puedo y quiero contar. Omniscientemente”, expuso el propio Saramago en El cuaderno del año del Nobel. Nos compartió también esa reflexión sobre “el duro ejercicio de vivir” en noviembre de aquel 1998, cuando abrió su discurso de recepción del Nobel en Estocolmo, citando precisamente a Jerónimo: “el hombre más sabio que he conocido en toda mi vida –dijo ante la Academia sueca– no sabía leer ni escribir…”.

La figura de ese abuelo materno casado con Josefa Caixinha –la mujer que cada día veía nacer el sol, que había heredado un vocabulario elemental de sólo algunos cientos de palabras, que había venido al mundo sin preocuparse por saber qué era el mundo– prácticamente siempre lo acompañó. Y Saramago lo introdujo en las páginas de varios de sus libros: Las pequeñas memorias, en artículos periodísticos y en el ya citado El cuaderno del año del Nobel y en el propio discurso de Estocolmo.

En Las pequeñas memorias lo dibujó de manera magistral:

“Delante vienen los cerdos, con la cabeza baja, rozando el suelo con el hocico. El hombre que así se aproxima, difuso entre las cuerdas de lluvia, es mi abuelo. Viene cansado, el viejo, arrastra consigo setenta años de vida difícil, de privaciones, de ignorancia. Y no obstante es un hombre sabio, callado, que sólo abre la boca para decir lo indispensable. Habla tan poco que todos nos callamos para oírlo cuando en el rostro se le enciende algo así como una luz de aviso. Tiene una manera extraña de mirar a lo lejos, incluso siendo ese lejos la pared de enfrente. Su cara parece haber sido tallada con una azuela, fija aunque expresiva, y los ojos, pequeños y agudos, brillan de vez en cuando como si algo que estuviera pensando hubiera sido definitivamente comprendido. Es un hombre como tantos hombres en esta tierra, en este mundo, tal vez un Einstein aplastado bajo una montaña de imposibles, un filósofo, un gran escritor analfabeto. Algo que no podrá ser nunca.”

Pero más allá de las remembranzas y la contemplación, Saramago supo recrear lo vivido y plasmarlo. En una conferencia impartida en 2004 en el campus Morelia del Tec de Monterrey, el escritor habló de la asociación de ideas que se le imponía cuando el pensamiento subterráneo irrumpía en el superficial para decirle algo: “Si las palabras no están todas en su lugar, si además no tienen una especie de música interior que hace que cada palabra suene como si acabara de ser inventada, necesitamos muchísimo trabajo todavía; eso tiene que ver con mi propia naturaleza, con la forma individual de escritura”.


“Hay otro aspecto importantísimo que es: si yo no puedo escuchar dentro de mi cabeza lo que estoy escribiendo, más vale que no avance. Tengo que escuchar dentro de mi cabeza y si aquello no funciona, sufro.”

Por eso, en su ejercicio escritural Saramago siempre puso a desfilar personas, figuras y paisajes que conforme cobraban presencia ellos mismos se iban construyendo. Así pasó con sus abuelos, con los paisajes de su infancia, con su hermano mayor, Francisco, muerto a los cinco años y redimido tras una intensa búsqueda en registros notariales y hemerotecas en Todos los nombres. “Sólo yo sabía, sin conciencia de saberlo, que en los ilegibles folios del destino y en los ciegos meandros del acaso había sido escrito que tendría que volver a Azinhaga para acabar de nacer.”

Se dice fácil, pero a Saramago le resultó arduo el camino para llegar a ser el gran escritor. Su incursión en la literatura le generó sinsabores que apenas comienzan a dimensionarse. Tenía 24 años cuando escribió su primera novela, a la que tituló A viúva (La viuda), estaba casado y tenía una niña llamada Violante, nombre de reminiscencias medievales y que hoy, como su padre, se dedica a la escritura. Saramago trabajaba como escribiente en los servicios administrativos de los Hospitales Civiles de Lisboa. Solitario, invisible y callado –nieto digno de Jerónimo– sobrellevaba la vida con penurias; no sabía aún todo lo que debía decirle al mundo.

Esa novela se publicó en 1947 y comenzaron los problemas. Primero con los editores portugueses, quienes decidieron nombrarla Terra do pecado (Tierra de pecado). La Fundación Saramago autorizó a la editorial Alfaguara la publicación de esa novela por primera vez en español a finales de 2021, como parte de las actividades conmemorativas del centenario del escritor que culminarán este 2022, Lo editores españoles que anunciaron también la reedición de sus obras, le restituyeron su título original: La viuda. La moralina de sus colegas portugueses puede entenderse –que no justificarse–, si se considera que la protagonista era una viuda cuyo “pecado” era ser deseada por su cuñado y por el médico del pueblo, ninguno de los cuales logró conquistarla.

Esa adaptación editorial pretendió darle al libro un tono sociologizante, spenceriano, para retratar la sociedad que le tocó vivir a la protagonista, pero le quitó la esencia saramaguiana, centrada más en la psicología de los personajes, en sus devaneos y en su imposibilidad de superar el encorsetamiento al que los constreñía la sociedad de la época. Ese pasaje, aunque conocido, necesita una revaloración para disipar los malentendidos. En 1993, el crítico brasileño Flávio Costa emprendió un trabajo pionero para mostrarnos la fase desconocida de Saramago. En José Saramago, los años formativos (Fondo de Cultura Económica; México, 2004), obra puntillosa y necesaria, peca sin embargo de autosuficiencia, en aras de exaltar la vena poética del autor de La viuda, como si eso fuera lo importante.

“Dado que su primer libro publicado (Terra do pecado) ‘no cuenta’, puesto que no recibió la acogida del público ni de la crítica –escribió Costa–, para cualquier efecto la entrada de José Saramago en el escenario de la literatura portuguesa se da como poeta cuando el escritor tiene 44 años de edad” (p. 33).

Más: “fueron las líneas generales de la poesía de Saramago –y no las de su prosa– las que le garantizaron la inclusión en la historia de la literatura portuguesa, de Óscar Lopes y António José Saraiva (autores de História da literatura portuguesa)… toman la prosa de Saramago en función de la poesía y no viceversa” (p. 36)

No obstante esos excesos, escritos por Costa cinco o seis años antes de que Saramago recibiera el Nobel –acaso ni siquiera lo conoció en persona, y si lo hizo, al parecer nunca hablo con él de literatura–, es de agradecer sus minucias como académico para trazar el itinerario intelectual de Saramago: su inmersión en la poesía y en la prosa, sus colaboraciones periodísticas, sus traducciones y su consagración definitiva como escritor desde su exilio en la isla de Lanzarote, España.

Debe insistirse en la importancia de leer La viuda, y dimensionarla. Los editores de Alfaguara ya hicieron su trabajo al rescatarla 74 años después de su publicación en portugués y 28 después de las contundentes afirmaciones del crítico brasileño.

“En cuanto al título rechazado, (Saramago) consiguió susurrar que buscaría otro, pero el editor se adelantó, que ya lo tenía, que no pensase más. La novela se llamaría Terra do pecado. Aturdido por la victoria de ser publicado y por la derrota de ver cambiado el nombre de ese otro hijo, el autor bajó la cabeza y se fue de allí a anunciar a la familia y a los amigos que se le habían abierto las puertas de la literatura portuguesa. No podía adivinar que el libro acabaría su poca lustrosa vida en parihuelas. Realmente, a juzgar por lo visto, el futuro no tendría mucho que ofrecer al autor de La viuda”.

Tras esa atropellada incursión en el mundo editorial, Saramago siguió escribiendo. La prosa quedó en reposo y él se llenó de poesía, que cultivó durante años: escribió Os poemas possíveis, Provavelmente alegría, A noite y Que farei com este libro. Redactó cientos de miles de artículos periodísticos compilados en varios libros, escribió seis diarios y, en 1975, luego del triunfo de la Revolución de los Claveles, que puso fin a la dictadura salazarista encabezada entonces por Marcelo Caetano, dejó el periodismo y emprendió el exilio. Y en 1980, con la novela Levantado del suelo, retomó la prosa para ya no abandonarla.

Luego vino el Nobel y la fama, que hizo de Saramago un referente obligado en la literatura y el compromiso políticos, solidario siempre con movimientos sociales como el palestino y el zapatista. Y es ese el Saramago al que durante varios lustros hemos leído.

Cuando murió, en junio de 2010, su nombre y su obra volvieron a sumirse en el silencio. Hubo una pausa editorial en torno a su obra, aunque su viuda, Pilar del Río, continúa poniéndola al día desde la Fundación Saramago, con sede tanto en Lisboa, Portugal, como en Lanzarote, como parte del centenario del escritor. (El programa oficial de las jornadas pueden consultarse en el sitio: https://bit.ly/3U25TeV)

De junio al pasado 8 de octubre la Biblioteca Nacional de Portugal alojó la exposición bibliográfica y documental A Oficina de Saramago (El taller de Saramago), que incluyó documentos sobre la obra del escritor lusitano, algunos de ellos expuestos por primera vez al público. En septiembre pasado, en Portugal y Brasil comenzó a circular el libro A Intuição da Ilha (La intuición de la isla), una compilación de crónicas de Pilar del Río en las cuales narra episodios de su vida con Saramago desde que él se trasladó a Lanzarote, en 1993, hasta su muerte en 2010.

Del 26 y 29 de octubre se llevó a cabo en la Universidad de Vigo el encuentro La herencia filosófica y sociopolítica de José Saramago, mientras que la editorial Alfaguara adelantó que a mediados de marzo de 2023 llegará a las librerías de España el libro Saramago. Sus nombres: un álbum biográfico.

En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2022 (FIL), que se inaugura el sábado 26 de noviembre y culmina el 4 de diciembre, también se homenajeará a Saramago. El encuentro será el martes 29 por la tarde y en él participarán la escritora colombiana Laura Restrepo, el portugués Paulo José Miranda y Pilar del Río, así como la editora Marisol Schulz Manaut, directora general de la FIL.

Pese a los múltiples eventos de este año del centenario, a México apenas nos han llegado ecos de su figura y su obra. Lo deseable es que en los próximos meses, cuando sus obras sean reeditadas, su figura cobre nuevos bríos. Esa es la apuesta.


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