Ciencia y objetividad/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
19/05/2024

Podemos preguntarnos por qué tipos de interacción, al interior de la comunidad científica, promueven la mejora de la calidad epistémica de los resultados de la investigación. Esta pregunta no es baladí.

Aunque la ciencia es la práctica que suele considerarse paradigmática para la obtención de conocimiento y otros bienes epistémicos, la práctica científica lleva un tiempo siendo sometida a críticas desde la historia y la sociología de la ciencia, principalmente. 

Se le critica a la ciencia, por ejemplo, su falta de inclusividad, y no sólo por razones de justicia social, sino epistémicas. Grupos relativamente homogéneos, como las primeras sociedades científicas, son incapaces de detectar posibles sesgos en la investigación.

También se crítica a la ciencia el estilo adversarial que prima en el trabajo científico en casi todas las disciplinas. Sabemos que la competitividad es una marca que suele considerarse positiva en la ciencia. Se piensa que las interacciones adversariales —subsumidas en un marco de cooperación generalizado— fomentan el progreso científico. No obstante, este supuesto ha sido cuestionado. Muchas veces la competitividad y la adversarialidad en el trabajo científico pueden contribuir a un juego estratégico nocivo entre los científicos: a la disminución del intercambio libre y abierto de información y métodos, al sabotaje de la capacidad de otros para utilizar el propio trabajo, a la interferencia con los procesos de revisión por pares, a la deformación de las relaciones, y a la conducta de investigación descuidada o cuestionable. Así, una adversarialidad generalizada entre los científicos —incluso dentro del marco de cooperación generalizado de la comunidad científica— puede poner en peligro el progreso, la eficiencia y la integridad de la ciencia.

Entonces, ¿hacemos bien en comportarnos como adversarios con los colegas de nuestra disciplina, incluso con los de otras?

Nuestra mejor práctica para obtener conocimiento y otros bienes epistémicos —la ciencia— se revisa a sí misma de manera continua y constante a partir, entre otras cosas, de la argumentación. Uno de sus objetivos es minimizar de manera sistemática las creencias falsas del cuerpo de conocimiento del que dispone la humanidad, y también de ampliarlo por medio de lo que Helen Longino llamó interrogación transformativa. Ésta consiste en la participación de los miembros de la comunidad científica en el intercambio colectivo de discusión crítica, por lo que es capaz de regular y erradicar los sesgos, prejuicios, valores y suposiciones de trasfondo que los individuos introducen en la práctica científica y con ello robustece la objetividad científica; en tal caso, la objetividad no surge de las características intelectuales y morales de los individuos practicantes de la ciencia, sino que es una función de las prácticas científicas comunitarias. Ahora bien, mientras más plurales sean las comunidades científicas, mejor será la interrogación transformativa, y, mientras mejor sea ésta, más robusta será la objetividad alcanzada. Este tipo de objetividad, no obstante, es ante todo consensual.

Finalmente, la objetividad, una de las joyas de la corona de la ciencia, dependería entonces de la profundidad y el alcance de la interrogación transformativa, en la que la argumentación y el desacuerdo desempeñan un papel fundamental.

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