Política exterior y sucesión presidencial/ Memoria de espejos rotos  - LJA Aguascalientes
19/07/2024

Trato de remar por un ancho mar de contradicción,

hice una canción de la que no puedo escaparme.

Pero estoy vivo, y es que hoy me lo dijo un ángel…

Me lo dijo un ángel – Nacho Vegas

La política exterior mexicana fue un referente de la diplomacia internacional, desde 1930 que se creó la llamada Doctrina Estrada, y se afianzaron los principios de No intervención y de Libre Autodeterminación de los Pueblos. La premisa doctrinal es privilegiar la soberanía de los Estados, la libertad de los pueblos para elegir su forma de gobierno, y marcar el carácter limitativo del Estado Mexicano para calificar o intervenir en gobiernos extranjeros.

Aunque estos principios han sufrido altibajos en el transcurso de las décadas (muy acorde con el movimiento pendular en la ideología del partido hegemónico de la post revolución mexicana) se han mantenido como el estándar en que deberían llevarse a cabo las relaciones exteriores del país. Sin embargo, en la actualidad no ocurre.

Dos perlas para ejemplificar el estado actual de la política exterior mexicana. Primero, la entrega del Águila Azteca a Miguel Díaz Canel, presidente de Cuba. La Orden Mexicana del Águila Azteca es el reconocimiento más alto que el Estado Mexicano da, desde 1933, a personalidades extranjeras que se han distinguido por su servicio a México o a la humanidad. Para la designación de esta medalla, el presidente de la república tiene la última palabra.

El hecho de que el ejecutivo federal haya entregado la presea al gobernante de la dictadura más duradera en América Latina, contradice el principio de la Libre Autodeterminación de los Pueblos, ya que efectivamente el pueblo cubano, desde el ascenso de Fidel Castro, no ha tenido la democracia necesaria para elegir su propio gobierno en condiciones de libertad y soberanía popular.

Segundo, los calificativos que nuestro presidente ha hecho a la presidencia de Perú, luego del fallido golpe de estado legislativo, las acusaciones de corrupción contra Pedro Castillo y su encarcelamiento, así como sobre el nombramiento de Dina Boluarte en el ejecutivo peruano, son de un carácter totalmente intervencionista.


Peor aún, que nuestro ejecutivo se niegue a entregar la presidencia de la Alianza del Pacífico a Perú, cuando por estatuto le corresponde, tensa aún más las relaciones diplomáticas entre el bloque conformado por Chile, Colombia, Perú, y nuestro país. Aunque la Alianza no tiene una finalidad primordialmente política, sino comercial, el desplante sí tiene repercusiones políticas.

Estos dos ejemplos de cómo se está llevando la política exterior mexicana deberían bastar para hacer un alto reflexivo. Sobre todo, si a estas dos circunstancias actuales le sumamos una más: las declaraciones del titular del ejecutivo mexicano ante el juicio que Genaro García Luna acaba de perder en Estados Unidos. Y hablando de política exterior respecto a Estados Unidos, cabe añadir el desplante de López Obrador al presidente electo Joe Biden, cuando el mexicano se negaba a aceptar la derrota electoral de su entonces homólogo Donald Trump, al que evidentemente apoyaba, justo después del golpe al Capitolio norteamericano.

Que el Estado Mexicano legitime a golpistas y dictadores es un retroceso en la política exterior del país. No sólo eso. Con estas acciones, el presidente de México ha estado poniendo en aprietos a su canciller; aprietos de los que no saldrá políticamente ileso. Esto se da en un contexto en el que ese canciller es la única figura que podría suceder a AMLO en la presidencia, capaz de mantener un equilibrio entre dos polos contradictorios: el proyecto de país que tiene López Obrador y una sensata visión de Estado.

Definitivamente, los vaivenes diplomáticos pegarán en la selección de candidaturas dentro del partido del presidente, y eso repercutirá en toda la contienda electoral de 2024 en la que habrá de renovarse el poder ejecutivo federal.

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@_alan_santacruz

/alan.santacruz.9


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