Presentación de Letras impostoras/Reflexiones sobre el plagio  - LJA Aguascalientes
01/03/2024

El plagio es la forma superlativa del menosprecio. Se plagia a quien se piensa frágil, tanto como para no enterarse o eludir la inconformidad; y se presenta la simulación a un público al que se insulta su inteligencia. Eso, y no el robo, es lo peor; el considerar que la transgresión no será descubierta. Hoy por hoy los avances tecnológicos ponen los contenidos al alcance de todos, de sus conocimientos y de sus instintos, y es fácil tomar una idea, un concepto, una obra artística o una creación literaria, tachar el nombre del autor y poner la firma del contraventor. Bajo ese esquema, como alguien me decía alguna vez, todo se puede. Sin embargo, esa tecnología también permite que descubramos la adulteración. Todo se puede, pero todo se sabe.

El plagio es la forma superlativa del menosprecio; sin embargo, el mal es pentafásico. Hay plagios evidentes, descuidados, cansados, serviles, ocultos, sagaces, pueriles, reptantes, reincidentes, inexplicables, espléndidos de tan ingeniosos, imposibles de probar y hasta inconscientes. Esto último da miedo. De repente hay algo que escuchamos, leímos o contemplamos y tiempo después, de súbito, regresa a nuestra cabeza, o quizá soñamos, y nos aplaudimos porque lo estimamos como original. La mente hace trastadas. En el Martín Fierro hay una frase inusitada: “Sepan que olvidar lo malo también es tener memoria”. Podemos ir más allá y decir: “Sepan que olvidar que olvidamos también es parte de nuestra memoria”.

Afortunadamente los autores tienen a la mano a los equipos editoriales que leen cuidadosamente el texto, lo revisan y lo ponen en entredicho. Hay sólidos filtros en los lectores especializados, los dictaminadores y los árbitros. Después de ese linde, tenemos a los ojos del editor y los del corrector de estilo que son la mar de desconfiados. Dudan, revisan, escudriñan, investigan… Con eso defienden su casa editorial, defienden su profesión, defienden a sus lectores y también defienden a sus autores, incluso de sí mismos. Eso es parte de la cultura editorial. Esto tiene un espejo en la academia porque los estudiantes tienen a sus profesores y asesores y tutores; y los profesores e investigadores cuentan con sus colegas. El claustro universitario, los colegios de profesores, investigadores y directores son el muro que cuida a los procesos de creación de yerros y vagabundeos. Una tesis, una tesina y un informe final tiene un trabajo editorial.

¿Qué pasa en casos como los de la ministra Yasmín Esquivel? El Comité de Integridad de la Facultad de Estudios Superiores Aragón determinó que ella fue la que plagió su tesis  de licenciatura aunque muchos piensan que todavía la UNAM no ha emitido un juicio. Hoy vemos que lo mismo hizo en la tesis de doctorado presentada en la Universidad Anáhuac. Cuando se publicó la denuncia de Guillermo Sheridan, me pidieron mi opinión que fue: “Es demasiado plagio para creerse”. La inverosimilitud hace al caso más espectacular.

En 2013 estalló el escándalo en la UNAM del historiador Boris Berenzon porque su tesis de doctorado copiaba partes de libros y lo escuchamos alegar que la acusación mostraba antisemitismo. En 2015 a la tapatía Karla de Lara se le señaló por plagios de pintura y exclamó que no era la única que lo hacía y todos lo sabían. Ese año, a la pintora Susana Casillas también se le comprobó un plagio y se indignó porque tan culpables como ella eran quienes la premiaban. Una plagiaria, Itzel Cisneros, demandó a El Colegio de México porque, según sus abogados, la institución no tenía facultades para sancionar el plagio. La ministra Esquivel dobló la apuesta porque la diferencia con la tesis que plagió es la dedicatoria y que ella no puso conclusiones. Habíamos encontrado plagios de asertos, de párrafos y de partes perdidas, pero de toda una tesis, ¡eso es voracidad! Si algo nos enseñó la pandemia de Covid-19 es que los virus mutan; pues bien, la variante del plagio llamada Esquivel es la más plagiaria y espero que sea la menos contagiosa.

Tenemos una moderna fábula de la ministra plagiaria que se vuelve plagiaria serial y quizá, con esto, podamos renovar algunos refranes que nuestros antepasados nos legaron: Lo que natura non da, la ministra se lo presta. Cuesta menos trabajo plagiarlo que ganarlo. Plagio atrevido, siempre ha aparecido. Nadie sabe lo que tiene hasta que descubren su plagio. El plagiario repite plagio. Plagio viejo, ni te olvido ni te dejo. Al plagiador quitarles la ocasión. La capa del plagio, lo que por un lado tapa, por otro destapa. A fácil perdón, frecuente plagiador. Resulta peor el plagio que la enfermedad.

Nuestra casa de estudios, la Universidad Nacional Autónoma de México es más grande que un escándalo; su prestigio prevalece por encima del plagio de la ministra, quien debe ser sancionada, por supuesto. Ella, además, llevará el estigma de la deshonestidad a lo largo de su vida; pero a los universitarios nos queda seguir trabajando y ponderar la titulación a través de tesis, de esa demostración que hacen los estudiantes de llevar a cabo investigaciones con rigor intelectual, bajo criterios de probidad intelectual. No por la falla de un centinela debemos derribar la torre de vigilancia, la torre académica.

Julio César recibió de un vidente la advertencia “Guárdate de los idus de marzo”. Los idus eran los días propicios de cada mes y en los Idus Martii o Idus Martiae César, yendo al Senado, se cruzó con aquel vidente y le dijo: “Los idus de marzo han llegado y nada ha pasado”; a lo que su colocutor respondió: “pero no han pasado todavía”. Luego mataron a César. Recibió 23 cuchilladas pero sólo una era mortal, la que le atravesó el pecho. Sabemos eso porque ahí donde cayó, su médico personal Antistio practicó un examen cuyo informe se llamó forense, por estar hecho en el foro. Desde entonces hay estudios forenses.

Cuando, con los lentes del recelo, se examina lo publicado, se hace una especie de análisis forense. A veces se pescan plagios y ahí están en Letras impostoras. Reflexiones sobre el plagio. Desfilan nombres como Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Pablo Neruda, Camilo José Cela, Elena Poniatowska, Ricardo Piglia, Alfredo Bryce Echenique, Enrique Peña Nieto, Andrés Manuel López Obrador, etcétera. Ante sus faltas hemos preferido cerrar los ojos y voltear a otro lado; pero eso no los limpia. Alguien o su consciencia les pudo haber dicho: “Guárdate de los idus de marzo” y no hicieron caso. Los idus de marzo no pasarán mientras sigamos señalando que plagiar no es un pecado de juventud, es una mezquindad. Letras impostoras es un “Guárdate de los idus de marzo” y es, en resumen, un estudio forense sobre el plagio. El plagio es la forma superlativa del menosprecio.



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