La era del fentanilo ideológico - LJA Aguascalientes
24/06/2024

El pasado 14 de marzo se cumplió el 140 aniversario de Karl Marx, el filósofo de Tréveris. No dejó de ser interesante el apasionamiento y adhesión que aún suscita en las redes sociales. Hay quienes lo consideran un genio al nivel de Einstein y Darwin y al parecer él mismo pensaba estar a la altura de este último: ser el equivalente en el dominio de la historia social de lo que el británico en la historia natural. En las redes entre quienes estudian disciplinas sociales y humanidades se asume que lo que inocultablemente salió mal de su legado es debido a lo que hicieron con él monstruos como Stalin, Mao, Ceausescu o Pol Pot (quienes optan por esta argumentación nunca se preguntan qué hay en el marxismo que atraiga a semejantes monstruos) o simplemente por intentar aplicarla en países subdesarrollados (más adelante diré algo sobre eso). También se encuentran quienes ya no pierden su tiempo en defender al marxismo como opción político-económica sino solamente en términos meramente intelectuales.

Ciertamente no es éste el espacio para profundizar en una discusión académica sobre lo que sigue siendo vigente del pensamiento marxista. Sin embargo, lo que llama mi curiosidad es que los académicos no parecen querer abordar al marxismo como un fenómeno sociológico. Es como si le tomaran la palabra de que ocupa todo el horizonte cual si no fuera un fenómeno él mismo: esa gran explicación de la totalidad social que no deja margen para ser explicada a su vez.  Si el éxito de una ideología es propagarse de boca en boca, de texto en texto, muy por encima de su verdadera capacidad de comprensión de la compleja realidad ¿qué entonces lo hace un credo tan efectivo? ¿cómo se protege del efecto de sus propias consecuencias, frente al desmentido de los hechos? Más allá de las respuestas canónicas, esto es, que mientras haya pobreza, desigualdad y mecanismos de alienación el marxismo seguirá ahí, la pregunta es de dónde proviene tal poder de seducción de semejante doctrina y lo que dice de nuestros procesos mentales.

Antes que por la calidad de su aproximación a la realidad el protagonismo de Marx proviene de su ambición de raíz hegeliana, su hubris filosófica: presentar una visión omnicomprensiva de historia economía y sociedad. En otras palabras, el primer impacto del marxismo en quien se le aproxima por vez primera es esa visión panorámica antes que cualquier cosa que aporte al conocimiento positivo. Marx es un pensador de totalidades o panóptico, por así decirlo, que nos habla desde una especie de atalaya. El haber comprado esa visión supuestamente omnicomprensiva es lo que causó el enorme daño en la historia moderna que no se puede minimizar. Todo ese pensar en totalidades tiene una cimentación reduccionista: la historia no es más que la lucha de clases a partir de la realidad de la explotación de unos grupos humanos por otros y todo el edificio social que se erige encima de eso, así como la forma como se nos ha habituado a verle, es para ocultar la cimentación básica. Por supuesto una propuesta así no puede ser más que explosiva una vez que se le otorga el estatus de verdad axiomática.

Que el capítulo veinticuatro del tomo uno de El Capital sea un buen aporte a la historia económica no pone a Marx por encima ni de Weber ni de Braudel; su visión del conflicto que subyace a la sociedad moderna no lo hace un observador político más agudo que Tocqueville; su análisis del capitalismo en buena medida es un proyecto fallido porque no comprende ni le interesa comprender los mercados, lo que lo hace un economista inferior a Keynes y Hayek. Como sociólogo no aventaja ni a Durkheim ni tampoco Simmel en su análisis de la dinámica de la modernidad y sus disyuntivas. Pero su preeminencia sobre todos esos pensadores es que Marx pensaba como un doctrinario lo cual significa que sistemáticamente pone su visión de totalidades por encima del conocimiento. Mientras que Tocqueville es un observador agudo y atento de las sociedades posrevolucionarias de Francia y Estados Unidos, Marx es un 20% de observación de la revolución industrial puesta al servicio de un 80% de edificio teórico y especulación teorética. Al mismo tiempo blinda su visión de toda crítica a partir de su muy conveniente noción de falsa conciencia: básicamente Marx y Engels nos dicen que todo es ideología encubridora, salvo lo que ellos formulan.

Grandilocuencia, exaltación dramática del conflicto y blindaje o mecanismo descalificador de la crítica es lo que le dio al marxismo una influencia única en la política. En los países atrasados no había manera de contener eso: fue un asalto en despoblado en términos intelectuales (pensemos en la tragedia de Camboya como caso extremo). Por su parte en los países desarrollados con instituciones, leyes y mucho sentido común como escuela ciudadana -además de una importante tradición intelectual traducida en competencia entre las élites ilustradas- la hubris marxista pudo ser acotada en la lucha política lo que dio lugar a la socialdemocracia europea.  Pero sí algo mostró la historia del marxismo es que su regla es desbordarse, mientras que, la excepción, que se le acote o contenga. La verdad es que resultó un alacrán mental que tarde o temprano termina dando el aguijonazo. En las sociedades que no desarrollaron ciertos anticuerpos societales la picadura resultó fatal. Marx siempre adujo que su visión sólo era aplicable en naciones avanzadas: en realidad lo que la historia mostró es que sólo pudo imponerse en las sociedades subdesarrolladas sin densidad política, ideológica, científica y cultural.

Como sea, por primera vez en la era moderna Marx y Engels conjuntaron los ingredientes de una ideología altamente adictiva:

1) Una visión completa de la realidad reductible a unos principios básicos si bien ocultos a simple vista por el aparato ideológico hegemónico.

2) Ubicar un drama central que todo lo imanta y lo permea

3) Énfasis en el conflicto. Segmentar de forma categórica el paisaje social, eliminar sus gradientes o continuidades para así identificar grupos en una pugna sorda e inconciliable


4) Negar al individuo o su relevancia; afirmar que es la pertenencia a un grupo social es lo que nos define de pies a cabeza

5) Deplorar el pasado y el presente de la experiencia humana traducida en instituciones, convenciones y normas de convivencia; señalarles como errores conceptuales y morales en simultáneo

6) Postular que una comprensión radical de la realidad social exige una refundación total y no menos radical de esa misma realidad.

7) Cuestionar las motivaciones de todo aquél que no se deje arrastrar por lo anterior.

Más allá de cómo se haya marchitado o desgastado, lo que Marx y Engels originalmente articularon, la anterior es la estructura básica de los discursos ideológicos más agresivos que les sucederían en la historia. Los contenidos dentro de esta estructura pueden variar: por ejemplo, en el nazismo la lucha de clases es reemplazada por la lucha de razas; en paralelo proclama ver con claridad otro tipo de perversidades en el orden social que nadie se atrevió a ver antes (no la represión de los débiles sino al contrario, de los impulsos más vigorosos, vitales y auténticos de la especie humana) y, una vez enunciado esto, concluye que su misión es fundar una nueva era, etc.

Es importante señalar que no necesariamente toda ideología que adopta tal estructura o función (cuyas variables aceptan distintos contenidos) culmina en un fenómeno político criminal, aunque sí invariablemente en formulaciones estridentes. En ruta hacia nuestro tiempo no pocos intelectuales formados en el marxismo intuyeron -a partir de la realidad del estalinismo- su fracaso como alborada de un nuevo orden político, social y económico. Táctica, implícitamente, aceptaron esa verdad, pero sin renunciar a la estructura arriba enunciada. No le iban a conceder al orden social capitalista-burgués una victoria así, sin más, para que se saliera con la suya en lo que concierne a los asuntos mundanos donde el marxismo ortodoxo no resultó competitivo. Surge entonces la llamada Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Benjamin, Marcuse, et. al) que con su Critical Theory redirigieron el aparato conceptual utilizado por Marx en su crítica de la economía política hacia una crítica cultural del capitalismo, en particular la cultura de masas.

En Francia, intelectuales como Foucault, Derrida, Lyotard y Lacan fusionando marxismo y psicoanálisis comienzan a interpretar la realidad social como un discurso que hay que deconstruir para así visibilizar una serie de estructuras de poder y micropoderes en donde lo hegemónico marginaliza sistemáticamente a lo que no encaja en vez de coexistir con la diversidad.  Ciertamente son intelectuales o más bien híper intelectuales que no distinguen entre realidad y texto aplicando a la primera las técnicas hermenéuticas de lo segundo. En fin, como según esto el orden social es discurso, ha de ser entonces enfrentado por contra discursos múltiples que no dejen de disputarle un solo rincón de la vida cotidiana.

Esta última mutación posmarxista o posmoderna cuando pasa al otro lado del atlántico y se mezcla con las posiciones radicales en torno a tópicos de raza y género articuladas por intelectuales como Judith Butler, así como con el estilo puritano y predicador norteamericano, da lugar a una nueva cepa ideológica que se conoce como “woke”; derivación de “awake” o despertar en inglés, en este caso, a una nueva comprensión de la injusticia institucionalizada en el orden social, comenzando por el lenguaje. La misión de esta nueva posición ideológica es librar toda suerte de guerras culturales partiendo de que como en una sociedad compleja el clasismo la discriminación y el racismo ocurren, la realidad social toda debe entonces estar imantada o coloreada por esas prácticas, si no es que se reduce a ellas. Prácticas implícitas en el actuar de los agentes sociales identificados como hegemónicos, lo hagan de manera consciente o inconsciente.  Es como si el woke tuviera una manera de leer contenidos de la mente del no woke de los que este último ni siquiera se ha percatado cual si lo psicoanalizara.

Pareciera que entonces todo el orden social, sus prácticas e interacciones no tienen más propósito que oprimir a clases no hegemónicas, así como a las minorías, étnicas o LGBT+++.  El territorio preferido de batalla es el lenguaje bajo la acusación de que está diseñado para excluir. Al lenguaje no lo ven como un repositorio de la experiencia de generaciones, sino como una herramienta de propósitos múltiples para facilitar la interacción humana bajo principios pragmáticos y referentes comunes. No, nada de eso: en la visión woke el lenguaje es ya de suyo un mecanismo de opresión automatizado y se necesita refundarlo con nuevas y radicales clasificaciones. Se cuestiona así la construcción binaria del lenguaje para imponerle artículos y pronombres inexistentes que den cabida a treinta y tantos géneros cada uno con sus propias identidades y actitudes sociales “performativas “.  No deja de ser irónico que el wokismo denuncie la mentalidad binaria que las personas “cisgénero” (heterosexuales) han impuesto en el orden social para terminar postulando que toda la complejidad social se reduce a opresores y oprimidos.

El objetivo de la ideología woke ya no es el poder político-económico per se; su objetivo es redefinir nada más y nada menos que el lenguaje, nuestra divisa común, bajo los imperativos de una agenda que ha politizado hasta sus últimas consecuencias la comunicación humana. Incluso los términos mujer-hombre le resultan sospechosos, de modo que contempla sustituirlos por personas que menstrúan y que no menstrúan. Habría qué imaginar qué tipo de poesía podría hacerse con el neolenguaje woke. Pensar en tal ridículo no es ocioso porque no hay una poesía que se comprenda sin una tradición del lenguaje. Y es que la ideología woke es una con esteroides: su objetivo es atacar el sentido común de las sociedades, alienar a sus integrantes del mundo de la experiencia propia y ajena, para imponerles una sobre interpretación de las palabras y los términos, obligándoles a una práctica lingüística en la que es muy fácil ser acusado y moralmente chantajeado por quienes dominan los cambiantes códigos de este nuevo giro doctrinario y su delirante sociología. 

Lo woke ya no es una ideología que prometa un futuro promisorio al estilo del Manifiesto Comunista: descree de lo que llama meta narrativas de la historia, pero ciertamente se propone desconectarnos de nuestros vínculos con el presente y con el pasado, pues cada ser humano es justamente la combinación de esas dos conexiones a través de la convivencia y el lenguaje. El wokismo es la alienación última a la que se ha llegado: un discurso obsesionado por las identidades colectivas pero que en realidad todo lo fragmenta y pulveriza. Hay que destruir las identidades que hasta ahora nos han conectado por la fantasía de nuevas identidades ¿no es eso después de todo lo que hacen los cultos religiosos más extremos?

Tristemente vivimos en una época de adicciones: a las drogas, al entretenimiento a la pornografía y a las ideologías que también pueden clasificarse en softcore y hardcore según sus decibeles o estridencia: síntomas de una sociedad sobre estimulada que ya no se satisface con lo que consumía, buscando escalar sus niveles de dopamina y adrenalina. Creer que todo puede ser reinventado, que todo es una mera elección como en los mundos virtuales, que nada nos ha sido dado, es propio de una forma de vida que ya perdió, acaso de manera irremediable, toda conexión con las más simples realidades.


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