Juan Villoro en busca de Luis Villoro  - LJA Aguascalientes
25/02/2024

Nos buscamos en los recuerdos de nuestros padres y en ese camino intentamos construirnos, piensa el escritor Juan Villoro. Bajo esa premisa plasma en su recién aparecido libro La figura del mundo la relación con Luis Villoro Toranzo, el destacado filósofo. A lo largo de la entrevista detalla el intento de recuperación de lo que él califica como una memoria ajena. En recuadro adjunto, fija para Proceso su postura actual ante el embate que el presidente López Obrador lanzara contra él en dos mañaneras, a raíz de una entrevista aparecida en este semanario en 2022, donde hizo una crítica a su gestión. Hace un recuento de esa confrontación, y sostiene que, ante dos sillas, “el único sitio para el pensador crítico no es una o la otra, sino el lugar más incómodo: el hueco entre las dos sillas”. 

La literatura tiene que ver con las emociones, dice Juan Villoro al evocar al padre ausente y recuerda: “Me dio un solo beso en toda la vida, cuando yo cumplí los veintiún años, la antigua mayoría de edad”. 

Y en el recuento que hace sobre él, menciona que éste una vez le dijo: “Yo no merezco esto, yo no merezco que tú me quieras de esta manera, porque yo he sido un mal padre”. 

En La figura del mundo, recién aparecido en la editorial Random House, el personaje principal es el destacado filósofo, profesor y ensayista Luis Villoro Toranzo.“Quise entender muchos de sus actos que no iban acompañados de palabras, ni de apapachos, ni de besos”, dice el autor de El testigo. 

Y admite el también periodista: “Yo conocía más a un padre público que a un padre privado. Este libro es una indagación de quién fue esa persona, de la que yo estuve tan cerca sin conocerla del todo”. 

La literatura universal ha explorado durante siglos un territorio de claroscuros, terrores y reclamos. Entre las obras más notables sobre esa relación destacan Retrato de un hombre invisible de Paul Auster, Matar a un ruiseñor de Harper Lee o Los miserables de Víctor Hugo, quien apuntó que “el sueño del héroe es el de ser grande en todas partes y pequeño al lado de su padre”. Expresa Juan Villoro: “Naturalmente la figura del padre ha sido importante para mí como lo ha sido para tantísimos escritores. Pensemos que la obra más importante de nuestra narrativa es una historia del padre, Pedro Páramo. He escrito mucho sobre la figura del padre de distintos modos. En cierta forma todo lo que he escrito es una especie de carta al padre, porque no se necesita ser un psicoanalista para advertir que alguien que tiene un padre que lo que más aprecia en el mundo son los libros, pues también se quiere relacionar con él escribiendo libros. Decidí escribir un libro no para que él lo lea, porque ya murió, sino sobre él, tratar de entender quién fue y tratar de entenderme”. 

“El libro trata de entender ese misterio que todos llevamos dentro, y es que hay ciertos datos que nos pertenecen, aunque no han salido a flote, pero se necesita un impulso, un estímulo, a veces un olor, una melodía para que eso aflore. La literatura es un poco como la famosa magdalena de Marcel Proust: él remoja un panquecito en té, y al oler recupera buena parte de su infancia. Y decide hacer lo mismo por escrito y así escribe En busca del tiempo perdido”. Si bien reconoce que “hay muchos recuerdos que son falsos”. 

Luis Villoro Toranzo nació en Barcelona en 1922 y murió en 2014. A lo largo de su vida apeló por las ideas, por diseccionar la realidad desde el pensamiento filosófico, y en algún ensayo se planteó si existía el habla del silencio. Un discurso más allá de la mera ausencia del lenguaje, su interpretación, su significado y la implicación de él. 

Perteneció al Grupo Hiperión, surgido de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, dedicado al estudio del ser del mexicano; uno de cuyos mayores trabajos fue el de Los grandes momentos del indigenismo en México. En Tres retos de la sociedad por venir hizo una radiografía sobre la justicia, la democracia y la pluralidad. 


Dice el narrador sobre la vida personal de su padre: “Lo que importa son las ideas, lo que importa no es la gente, lo que importa es qué ha hecho la gente, él era muy bueno explicándote el mundo, pero no le interesaban las minucias personales”. 

El nombre del título del libro está ligado a la propia biografía del pensador, pues asegura que el dicho “figura del mundo” era usado por el filósofo para referirse a pensadores que habían podido atrapar el orden secreto de una realidad. La inspiración de aquella frase recurrente se dio después de que leyó a Octavio Paz en el estudio sobre Sor Juana Inés de la Cruz, Las trampas de la fe. 

En la obra de Luis Villoro, la expresión era utilizada para dar explicación al propio tiempo y su análisis: “Una figura del mundo está integrada por creencias de distintos niveles, conectadas entre sí de manera compleja. Su núcleo sería unas cuantas creencias básicas acerca del género de realidades que damos por existentes y el tipo de valores que aceptamos; lo que en la germanía filosófica se llamaría los ‘compromisos ontológicos y valorativos’”. 

Expresa el narrador: “Me pareció lógico que hacer un libro sobre él tuviera que ver con esa expresión. Es lo que yo busco… por supuesto que no tanto a través del pensador, sino es una aproximación personal y familiar que trata de dibujar una trayectoria, una vida y una época. Porque el libro trata de él y de su contexto intelectual”. 

Apuntes sobre López Obrador 

Juan Villoro narra en el volumen un pasaje hasta ahora desconocido: las diferencias que su padre, siendo asesor de Andrés Manuel López Obrador, tuvo con el entonces candidato presidencial. Villoro Toranzo reveló en alguna ocasión que le proponía “ideas que vayan en cierto sentido, como que se distancie del neoliberalismo”. En el capítulo Adiós a los libros comparte una anécdota sobre esas discrepancias, que hasta hoy se vuelven públicas. 

En 2006 mi padre se interesó en la Otra Campaña con la que el subcomandante Marcos desafió a los partidos políticos en las elecciones para presidente. Como he comentado, el líder zapatista no aparecería en la boleta electoral; recorría el país en motocicleta, como un mensajero a domicilio que proponía modos alternativos de hacer política. 

Mi padre apoyaba esa iniciativa, al tiempo que fungía como uno de los seis asesores del candidato formal de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador. Después de cada reunión, lamentaba que el activista tabasqueño no escuchara a nadie y tuviera una visión tan reducida de la realidad. Estupendo para impugnar, no parecía muy interesado en impulsar el complejo tejido de transformaciones necesario para crear un gobierno de izquierda democrática. Le sobraban virtudes como activista y le faltaban como estadista. Varias veces pensó en abandonar esa inútil asesoría. Según me dijo Marcos-Galeano en 2015, si siguió ahí fue por consigna de los zapatistas, que querían tener información del populista que pretendía apropiarse de la retórica de la izquierda. 

A pesar de los defectos que veía en López Obrador, mi padre anhelaba su triunfo. Era una oportunidad única de acabar con los partidos que habían desplegado desde el poder todos los recursos de la corrupción. 

Durante la campaña electoral, el gobierno de Vicente Fox favoreció en forma descarada al candidato de su partido, Felipe Calderón. Meses antes, el presidente conservador había tratado de enjuiciar a López Obrador, entonces jefe de Gobierno de la Ciudad de México, por el “delito” de construir una vía de acceso a un hospital sin el permiso correspondiente. Al perseguir a su oponente de ese modo, Fox inició la polarización que hasta la fecha padecemos y desató una ola de insultos racistas y clasistas contra el desafiante político tabasqueño, que perdería en forma discutible la elección de 2006 y sólo triunfaría doce años después, acaso demasiado tarde y con un excesivo rencor acumulado. 

El perdón con la obra de Octavio Paz 

De las diferencias que Villoro recuerda tener con su progenitor sobresale una: la que tuvo por las ideas de Octavio Paz. Aquella discusión terminó en una disculpa que llegó días después de que el maestro Luis Villoro murió. “Al final de su vida analizó la obra de Octavio Paz que siempre le pareció luminosa y estimulante. Pero no estaba de acuerdo con la actitud vital del poeta. No estaba de acuerdo creo yo, por cierto, dogmatismo de mi padre, porque ¿qué es una vida ejemplar? Obviamente cada uno de nosotros piensa que la vida ejemplar es la que se corresponde con las ideas que nosotros tenemos”. 

“Entonces mi padre le exigía al poeta una radicalidad que el poeta ya no quería tener. Poco a poco fue adoptando una postura liberal-democrática, que nunca me pareció a mí verdaderamente conservadora y que siempre fue muy estimulante. Mi padre esperaba que fuera una especie de rebelde y se asociara con todo lo que él pensaba. Entonces escribió un texto bastante crítico que a mí me pareció injusto, porque parecía negar la importancia de un escritor por su conducta vital y entonces tuve una discusión con él, rara en nosotros porque nuestra relación siempre fue de maestro a alumno, él era la autoridad y yo no lo era. Él estuvo siempre marcando la pauta hasta esa discusión, en donde terminamos los dos bastante serios, sin pelearnos, pero no muy contentos. Ahí narro yo en el libro que mi padre quizás recapacitó porque me mandó una última señal. Que fue que cuando murió, él había dicho a su asistente que si él moría me diera una mochila. Recibí esa mochila como un mensaje póstumo y contenía las obras completas de Octavio Paz. Era una manera de decir: me acerco a ti, el poeta es extraordinario y aquí te regalo sus obras”. 

En el libro confluyen pasajes sobre el movimiento estudiantil de 1968, el levantamiento zapatista y la subsecuente firma de los acuerdos de San Andrés; la historia de la traducción que el filósofo hizo de El principito para el suplemento México en la cultura, lo mismo que la importancia del club de fútbol Barcelona y las escenas cotidianas de una familia que vivió con el peso de ser hijos de quien eran. Aunque el texto busca la interpretación del padre desde la figura del hijo, en la parte final se revela la dimensión y complejidad del ser gracias a las palabras de Estela Ruiz Milán, quien se casó con el filósofo en 1955 y después se divorció. 

– Nunca nos hablaste de él de esa manera. 

– Porque estaban creciendo y no quería que tuvieran una mala imagen paterna. 

– Y se llevaban bien. 

– Nunca nos peleamos, él siempre fue muy educado, y lo fue más después del divorcio. 

Una frase sintetiza la obra en que Villoro busca apelar a la evocación de la memoria, pero no la escribe su autor, sino el protagonista de su historia. En 1948 dictó una conferencia en la UNAM y ahí sentenció: “El hombre de nuestro tiempo es, ante todo, un solitario”. 


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