Las palabras son retazos de canto con los que uno resuena - LJA Aguascalientes
29/02/2024

  • Entrevista a Esteban Feune de Colombi sobre Limbos terrestres. Mi vida en el Bruc
  • El Bruc, un pequeño pueblo en Cataluña, un mundo enmarcado en el ámbito místico, religioso, un espacio fuera del tiempo humano, un limbo terrenal

 

Cuando uno busca imágenes del pueblo El Bruc, un pequeño pueblo en Cataluña, se encontrará de lleno con las imágenes de la montaña mágica de Monserrate, nos enfrentaremos con la imagen de un poderoso macizo de piedra, que parece estar ahí desde el inicio de los tiempos. Un macizo incólume, que parece observar el trasegar de los humanos con paciencia, casi con indiferencia. Una indiferencia que pareciera ser de otro mundo. Un mundo cuasi mágico, un mundo enmarcado en el ámbito místico, religioso. Un espacio fuera del tiempo humano. Un espacio que vive a su propio ritmo. Es decir, un limbo terrenal, un espacio mágico fuera de la realidad, externo a los designios y a los deseos del ser humano, que habita en sus laderas, pero que no logra comprender todo el misterio, la magia que habita en las profundidades de esa montaña.

Es ahí, a ese pequeño pueblo a los pies de ese macizo montañoso donde se fue a vivir hace unos años el escritor, artista y actor argentino Esteban Feune de Colombí (Buenos Aires, 1980) hace un par de años. Y es ese paisaje, que aloja al famoso monasterio de Monserrate, que inspiró y le proporcionó variados personajes y situaciones para escribir el libro de crónicas Limbos terrestres. Mi vida en el Bruc, publicado por la editorial Anagrama. Un libro en el que el autor de libros como Lugares que no, Bolaño vuelve a casa, del libro de crónicas Creo en la historia de mis pasos y en Limbos terrestres podemos recorrer lentamente esta zona particular, mágica, que fascinó a personajes tan disímbolos como a San Ignacio de Loyola o al jerarca nazi Heinrich Himmler, quién visitó el monasterio en secreto (que es, por supuesto, una presencia total) en 1940, en busca del Santo Grial.

Es que la historia mística, se confunde y está presente a lo largo de la historia del macizo, dotando a la zona de una esencia, de una energía mítica. Sin embargo, mucha de esta energía también proviene de los encuentros cercanos (o supuestamente cercanos) con vida extraterrestre, porque, tal como nos cuenta Feune de Colombi, muchos habitantes están convencidos de que esta es una zona de aterrizaje y de encuentro con la vida extraterrestre.

Magia, superstición, religión, misticismo, se mezclan además con un fuerte sentimiento nacionalista, ya que en el macizo se llevó a cabo una batalla durante las Guerras Napoleónicas. Una batalla ganada, según la tradición, gracias a la labor de un timbalero, que tiene ahora una estatua enorme en el centro del pueblo. Según la leyenda, el timbalero hizo sonar su tambor durante la batalla, y el eco provocado por la montaña, hizo correr a las poderosas fuerzas francesas, destruyendo así el mito de que eran invencibles. Feune de Colombí recorre también esta historia de la mano de algunos de los pobladores insignes de la comarca, para entender más sobre estos mitos nacionalistas, que en muchos casos le dan sentido a la identidad de la comarca. Conversamos con el autor, sobre Limbos terrenales. Mi vida en el Bruc.

Javier Moro Hernández (JMH): ¿Cuáles fueron tus primeras sensaciones al llegar a este espacio, que, a partir de tu escritura, me da la impresión, que fuera un espacio fuera del tiempo, justo como bien mencionas, un limbo?

Esteban Feune de Colombí (EFC): Creo en el destino. Y creo que cada ser tiene la posibilidad de crear su propia realidad, prácticamente minuto a minuto. Es un ejercicio, y no es fácil. Lleva tiempo. En nuestro caso, mío y de mi pareja, hace tiempo que veníamos “intencionando” vivir en un lugar como este, que terminó siendo en El Bruc. De hecho, meses antes de instalarnos aquí mi pareja había descrito con pelos y señales la casa que terminamos encontrando. De hecho, cuando abrimos la puerta por primera vez, sentimos que era acá. Fue instantáneo. Por otro lado, me parece que no hay espacios fuera del tiempo. Puede que haya, tal vez y aunque suene bizarro, espacios entre el tiempo, pequeñas grietas o intersticios que se sitúan más cerca de lo que se piensa, y que incluso son accesibles: a lo mejor basta con moverse solo un grado de lugar, y pam, aparecen. Pequeños, sutiles portales. Como si uno fuera abducido. Pienso en Leonard Cohen cuando canta: “There’s a crack in everything / that’s where the light gets in”.

JMH: Busque imágenes de El Bruc. Es impresionante. Mágico, sin lugar a duda. Quería preguntarte del espacio como un factor que puede determinar el carácter de una población. Pero, sobre todo, que puede determinar la imaginería de la población, que por lo que nos cuenta, se divide entre la sacralidad y la curiosidad. Algo que podríamos definir, como la búsqueda.

EFC: Sin dudas, influye. ¿Qué no influye? Sin embargo, para los habitantes de El Bruc, su pueblo es su pueblo, lo ha sido siempre. Y aquí, un parteaguas: cada uno tendrá cristalizada su propia imagen del lugar, con sus potencias y sus debilidades, sus fascinaciones y sus tedios. Habrá “bruquetanos” muy leales a su tradición y otros, menos. Lo que subvierte esa sensación quizá sea la mirada del foráneo, de aquel que aterriza por primera vez, empieza suavemente a remover la hojarasca, se deja transformar por lo que encuentra y descubre historias que han llegado intactas a la actualidad desde hace siglos. De modo que la imaginería es un poco el encontronazo de ambas miradas. Y, en mi caso, la curiosidad por reverlas, por ponerlas en abismo.


JMH: El Bruc, parece tener una historia visible y otra invisible. Parece que conecta con mitos, leyendas, religiones. ¿Podría definirse como un lugar mágico? Y si es así ¿Cómo te impactó su magia?

EFC: Volviendo a la respuesta anterior, todo lugar es mágico, aunque sí es cierto que algunos lo son más obviamente. Aquí, la potencia obvia, evidente, inocultable, es la de la montaña de Montserrat. Todo lo que atrae y todo lo que repele. Se siente en el cuerpo, de inmediato. No hay persona que no se pare frente al macizo y no perciba algo en la piel. Una amiga, chamana, me preguntó el otro día dónde escondería un par de llaves en la montaña. Bajo una piedra, contesté. Entonces, me aseguró que lo importante no es Montserrat en sí, ese amasijo impresionante de piedras puntiagudas y seductoras, sino debajo, en sus vísceras, donde se dice que hay un lago de aguas eternas.

JMH: Me parece muy interesante la historia del dueño del restaurante que es nieto de un alcalde. Me dio la sensación de que en este espacio la historia se vive en capas, que están vivas, como pareciera que está viva la misma montaña. ¿Qué me puedes contar de estos personajes y de estas familias?

EFC: Fueron encuentros vitales que sucedieron antes de que me encargaran la escritura del libro. Luego, ya lanzado a escribir, propuse entrevistarlos y se mostraron muy abiertos a participar. Es bonito que alguien de afuera llegue a tu pueblo, se interese por su historia y quiera, de cierta forma, desentrañarla, con una mirada fresca. Lo fui haciendo como lo sentí, sin presiones, fluyendo. El desafío era grande –sobre todo, cuando debía tocar cuestiones muy ajenas a mí, de la historia española– porque la colección Nuevos Cuadernos, de Anagrama, publica textos bastante breves, de modo que tenía que ser conciso y punzante. Hoy en día, me sigo cruzando por el pueblo con la mayoría de las personas que aparecen retratadas en el libro y, por suerte, ¡nos seguimos saludando afectuosamente!

JMH: Otro elemento que quería tocar sobre tu libro es el tema del paso del tiempo, y la forma en la que el entorno te afecta. O más bien, te atrapa, te acoge.

EFC: No queda opción… Respecto del árbol que tengo frente a mi ventana, un almendro, y al que le dediqué algunas páginas, lo miro cada vez con más respeto, con más fascinación. Justamente, ayer descubrí un poema de Elizabeth Bishop que se llama “To a Tree”, donde le habla directamente a un árbol y empieza así: “Oh, árbol fuera de mi ventana, somos parientes”. Así me siento últimamente, cada vez más pariente del tiempo, aunque pase y, como decía un poeta amigo, “mejor es dejarlo para más adelante”.

JMH: El timbalero del Bruc, me parece que es otro tema que está presente todo el tiempo en la zona. Pero que también se imbrica un poco con la leyenda, el mito, con un espacio que parece tener sus propias reglas, sus propios ritmos

EFC: Cuando llegué al pueblo, me apeé del bus frente al monumento dedicado al tamborilero y me enloqueció esa figura gigante, casi soviética. Fue la punta del ovillo para ir desenrollando. Es una figura de piedra –literal y metafóricamente– que tiene aún mucho por contar. Me propuse separar el mito de la realidad, meter una cuña ahí, introducir un motivo de controversia que me ayudara a narrar esa historia, y, a su vez, parte de la mía. Lo que más me llamó la atención es que para muchos jóvenes del pueblo lo que averigüé del tamborilero era puro misterio. Ahí sentí que tenía algo interesante entre manos.

JMH: En ese sentido, leí una entrevista que te hicieron en The Objective, y me quedó muy presente el concepto de “vidar”, que, sin duda, tiene que ver con el ritmo, pero al mismo tiempo con el consumo, el alejamiento de la exigencia de producir más para tener más. Me podrías contar más sobre este concepto.

EFC: Las palabras, cualquier palabra, son retazos de canto con los que uno resuena, y yo, de pronto, dejé de sentirme representado por la palabra “trabajo”, por el verbo “trabajar”, porque simplemente sentí que lo que yo hacía no iba por ahí. Fue loco. Dejé de pronunciarla y fue como si, en el instante, tipo conjuro, eso dejara de suceder. Entonces apareció, observando a una araña tejer su tela, la palabra vidar. Las arañas no trabajan, pensé. Están ahí, hacen, viven, vidan.


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