Empujar el amanecer, sobre la Antología del cuento guerrillero | Maniobras de escapismo por Edilberto Aldan - LJA Aguascalientes
22/02/2024

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres

que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa,

a la Devoradora de Excrementos.

No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.

Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.

Duele, luego es verdad. Sangre con sangre

y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordamos.

Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca


sobre tantas conciencias mancilladas,

sobre un texto iracundo sobre una reja abierta,

sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordamos

hasta que la justicia se siente entre nosotros.

Escribió Rosario Castellanos en “Memorial de Tlatelolco” con motivo del asesinato de estudiantes el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, en 1993, en esa misma explanada, se develó un monolito en memoria de los fallecidos en la masacre de 1968, en él se enlistan los nombres completos y , en su caso, las edades de las víctimas identificadas, finaliza señalando: y muchos otros compañeros cuyos nombres y edades aún no conocemos. Sólo 20 víctimas identificadas, apenas 20 nombres.

En el Informe Oficial que sobre la noche del 2 de octubre elaboró Fernando Gutiérrez Barrios, titular de la Dirección Federal de Seguridad en 1968, se indica: “Con relación a los acontecimientos suscitados en la Plaza de las Tres Culturas, de la Unidad Santiago-Tlatelolco, en esta Ciudad, hoy por la tarde fueron detenidas 1,043 (UN MIL CUARENTA Y TRES) personas”, párrafos adelante se reporta “Hasta esa misma hora, en las diferentes Delegaciones y Hospitales, se encontraban 26 personas muertas, entre ellas 4 (CUATRO) mujeres, la mayoría de las cuales no han sido identificadas; una de ellas fue un soldado del Ejército”.

En el reporte de Gutiérrez Barrios se da cuenta de más de mil detenidos y 26 muertos, y sin embargo, tras las investigaciones de la Comisión de la Verdad, en el monolito sólo se pudieron inscribir veinte nombres, a pesar de que se cuenta con otras fuentes de información, como la declaración del periodista John Rodda, corresponsal de The Guardian, quien reportó que habían muerto 500 personas; la periodista italiana Oriana Fallaci sostuvo que eran miles los muertos; y Octavio Paz, en Posdata, cita otra investigación de The Guardian que establece la cifra probable de asesinados en 325.

En un país infame como México ese parece ser el único destino posible de quienes se rebelan contra la autoridad: desaparecer.

Hablo del 68 porque nada ocurre por generación espontánea, si bien la rebeldía del movimiento estudiantil tiene muchos orígenes (y motivos), algunos de los movimientos armados que aparecieron después del 2 de octubre para oponerse al régimen surgen del asombro de lo que se puede lograr cuando te organizas, a lo que hay que sumar la circunstancia histórica de la década de los 60 de la fascinación por la revolución cubana, por ejemplo, y si hiciera falta, en México siempre han estado dadas las condiciones objetivas y subjetivas para la revolución, en él ámbito urbano está el movimiento ferrocarrilero de 1958, las manifestaciones de personal del sector salud que iniciaron en el 64 y, en el campo (por llamarle de alguna manera), no se puede olvidar que el asalto al cuartel de Madera, en Chihuahua, que tuvo fundamento en el reclamo por el reparto agrario y el abuso de los terratenientes.

La revolución es imposible, señalaba Lenin, sin una crisis nacional general que afecte a explotados y explotadores, del incumplimiento de las promesas de la Revolución Mexicana, de la indefensión y abuso en que se encontraban los campesinos surgen movimientos como el de Rubén Jaramillo, en Morelos; en Guerrero la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR) de Genaro Vázquez Rojas y el Partido de los Pobres, de Lucio Cabañas.

La información oficiosa indica que entre el 65 y la década de los 90, operaron en México alrededor de 30 grupos guerrilleros, muchos de ellos de filiación comunista, que aprovecharon la existencia de los factores objetivos y subjetivos para oponerse al gobierno. La respuesta de las autoridades fue invariablemente la misma: brutal, organizarse para perseguir, retener, torturar, asesinar y desaparecer a sus opositores.

Durante mucho tiempo nada se supo de las instalaciones secretas donde la Dirección Federal de Seguridad operaba, era un secreto a voces la participación de los militares en lo que llamaron contrainsurgencia, durante décadas, el gobierno realizó una campaña de desinformación y ocultamiento para justificar su actuar criminal, para invisibilizar a sus enemigos.

Aún hoy, a los integrantes de esos movimientos armados se les designa con múltiples nombres: combatientes, bandidos, subversivos, bandoleros, rojillos, ladrones, alzados, enemigos, rebeldes, héroes, delincuentes, radicales, maleantes, revolucionarios, valientes, revoltosos, insurgentes, criminales, gavilleros… Todos, enemigos de la nación. Nadie sabía cómo llamarles -escribe Víctor Hugo Rascón Banda- Lo único cierto es que toda la gente de la sierra debía poner sobre aviso a las autoridades cuando los vieran y no debían prestarles ayuda.

Hugo Esteve Díaz en su antología del cuento guerrillero permite a la literatura cumplir con una de sus funciones más hermosas, dignas y comprometidas, la de nombrar. Lo que ocurre en estos dos tomos publicados por la Universidad Autónoma de Nuevo León: Accidentes de la razón y En las cavernas de la memoria con la reunión del testimonio e historias de diversos autores es que funciona como oposición al intento de la autoridad por establecer una memoria única, una verdad histórica.

El compromiso principal del escritor, sostengo, es evitar el establecimiento de una verdad única, desplegar su visión sobre la realidad para entregar a los lectores un mapa de los múltiples senderos que recorre la historia, nombrar como auxiliares para conformar una memoria que permita no repetir los horrores del pasado, para encontrar justicia.

Este es el mayor logro de la antología del cuento guerrillero de Hugo Esteve Díaz, la colección de diversas experiencias literarias que servirán al lector para formarse una idea de lo que pudo ser y fueron los diversos movimientos armados, a diferencia de los informes oficiales, la literatura se niega a imponer una visión única de la realidad, por el contrario, antes que resolver el misterio, aporta las preguntas necesarias como una forma de abordarlo, nombra como herramienta para que el lector resuelva y conforme una memoria.

En algún momento este trabajo de Hugo Esteve Díaz ha sido señalado por la “improcedencia de modificar la estructura de un libro para incluirlos en otras categorías genéricas” porque el compilador tuvo el atrevimiento de tomar fragmentos de novelas para incluirlos en una antología de cuentos, como con el texto de la Guerra en el paraíso de Carlos Montemayor, ¿Por qué no dijiste todo? de Salvador Castañeda, Huesos de San Lorenzo, de Vicente Alfonso, La Giganta, de Patricia Laurent Kullick, o Guerra de guerrillas, de Marxitania Ortega; el señalamiento es improcedente, el motivo de la Antología del cuento guerrillero resuelve contundente esta decisión de sacar del contexto de una novela un fragmento para presentarlo como cuento, al formar parte de un conjunto, esos fragmentos revelan, que en el caso de las novelas, una de sus características, es que se sirve de los diversos géneros para conformar un todo.

Lo mismo ocurre con los textos incluidos que nacieron como cuentos desde su origen, los de René Avilés Fábila, Mauricio Carrera, Eduardo Antonio Parra o Carlos René Padilla, por mencionar sólo algunos, se integran a una intención y adquieren otra significación. Además, Hugo Esteve Díaz agregó otro valor a su antología, a los textos estrictamente literarios suma el testimonio de autores que participaron en los diversos movimientos armados como Rosa Albina Garavito Elías, Edna Ovalle Rodríguez, Lourdes Uranga López, María de la Luz Aguilar Terrés, Jaime Laguna Berber, Eduardo Esquivel Revilla, Gustavo Hirales Morán o Fritz Glockner Corte, también por sólo mencionar algunos. También hay que destacar que el compilador, en ese afán de enriquecer las visiones sobre lo que ocurrió durante la mal llamada Guerra sucia, convocó a otro puñado de autores para escribir textos a propósito del tema, con lo que amplió las posibilidades de lectura con esta mezcla.

Tanto en Accidentes de la razón como en En las cavernas de la memoria hay una voluntad por nombrar que escapa a los encasillamientos tradicionales con que se intenta condicionar a la literatura a corresponder a un solo género y se anulan las posibilidades de la intertextualidad.

No me voy a detener en si este tipo de literatura, los cuentos guerrilleros compilados por Hugo Esteve Díaz, debería ser tomado con pinzas, observados con cuidado y advertir al lector que la violencia brutal que recorre todos los textos se puede volver una apología del delito o la mitificación de una conducta criminal, porque justo eso es lo que intentan las versiones oficiales, establecer una verdad histórica que anula las injusticias monstruosas que la autoridad comete contra aquellos que se rebelan.

En el prólogo al Tomo II de esta antología del cuento guerrillero, Sandra Ocejo Limón establece la obligación de “Nombrar a quienes nos faltan y encontrar sus voces, escucharlas con esa verdad que desata el lenguaje e invoca el canto más bello”, vuelvo al principio de esta intervención, como señala Rosario Castellanos, como consigue Hugo Esteve Díaz con Accidentes de la razón y En las cavernas de la memoria, es necesario recordar, recordemos, hasta que la justicia se siente entre nosotros, o al menos, hacer lo posible por empujar ese amanecer.

@aldan


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Director editorial de La Jornada Aguascalientes
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