El “Napoleón” de Ridley Scott - LJA Aguascalientes
27/02/2024

Ya fuera en la literatura, memorias o ensayo histórico, o en la pintura, la figura de Napoleón era ya cinematográfica, aún antes que naciera el cine.

Primero, héroe durante la Revolución, dictador después y finalmente emperador e insufrible tirano, genio militar de batallas espectaculares, Napoleón Bonaparte significa el cruce entre el individuo, heredero de la Revolución francesa, del iluminismo, y la gran historia, esa que reconfiguró Europa, y que para bien o mal sentó las bases de las naciones modernas.

Cuando se supo que Ridley Scott contaba con un capital de 200 millones para la producción, sólo podía esperarse magnificencia, a la altura de la leyenda napoleónica; y sí, con “Napoleón” (Estados Unidos/Gran Bretaña, 2023), Scott no decepciona en el manejo visual de las batallas. El talento que posee para narrar gráficamente combates multitudinarios es notable, como lo demostró con “El gladiador”… conserva la capacidad para controlar la dinámica del paso del orden al caos, sin permitir que el público se confunda y a la vez se sienta en medio de balas y espadas, sino que ha perfeccionado el manejo panorámico.

Lo que no se esperaba era el contraste entre el gran dignatario, el hombre que tomó la corona de manos del Papa Pio VII para coronarse a sí mismo, con el de un tipo fantoche, un tanto monigote manipulado por Josefina (Vanessa Kirby), su mujer; según los términos de moda actual, que dicen todo y nada; la relación entre este Napoleón (Joachim Phoenix) con Josefina se diría tóxica y disfuncional. Ridley Scott desarticula, con una dosis de comicidad al solemne guerrero que quiso emular a Julio Cesar y a Alejandro Magno.

El público y la crítica francesa, en general, no van a perdonar fácilmente al director de “Alien” o de “Thelma y Louise”, un británico que se atreve a mostrar este contraste compensatorio entre grandeza de vida pública e intimidad un tanto infantilizada.

Claro, la tumba de Napoleón que se haya en Los Inválidos es el monumento de un héroe a la altura del arte, y por más crítica que se haga contra la figura del Emperador, su influencia permea aún instituciones como el Estado (Código Napoleónico), o la educación, no se diga plazas y monumentos; por otro lado, resulta ya imposible desasociar al gran personaje de su propia caricatura, su retórica y posturas grandiosas, sus tics, la fila de imitadores, el cliché de delirios de grandeza, y demás fanfarrias.  

Ridley Scott es consciente de ello, y su propuesta, apoyado por el enorme talento de Joachim Pheonix, es mostrar una parodia de sí mismo; el riesgo era fuerte, el contenido informativo, en la época Wikipedia, podría parecer tieso si no se aprecia el juego de desarticulación de un personaje archi codificado del que, legos y especialistas, mantienen una imagen y una opinión muy hecha.

No hay manera de recuperar la dimensión épica de Bonaparte: el “Napoleón” (1927) de Abel Gance cumplió ya ese cometido con apenas una sexta parte de lo que habría sido su proyecto inicial. Licencias históricas que Scott se llega a tomar, como la presencia del joven Napoleón en la ejecución de María Antonieta, son guiños de ojo, y advertencias, demasiado obvias, respecto al tema de la grandeza y la caída.

Más allá del despliegue visual, materia de estudio para aficionados y estudiosos del cine, de batallas importantes como la de Austerlitz -en la cual el director condesa la táctica militar del gran estratega con la del director de cine que es él mismo-, el verdadero aporte de Ridley Scott es haber llevado al cine la triste parodia de Napoleón Bonaparte.



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