La ciencia como una empresa colectiva | El peso de las razones por Mario Gensollen y Marc Jiménez-Rolland - LJA Aguascalientes
18/04/2024

En el centro de numerosas controversias filosóficas del siglo XX se encontraba la cuestión de si debería adjudicarse una autoridad epistémica especial a la ciencia. Para muchos, como para Paul Boghossian, “la ciencia es la única instancia capaz de especificar la forma adecuada de alcanzar creencias razonables acerca de lo verdadero, al menos en el ámbito de lo puramente fáctico”. Los intentos por respaldar esta imagen de la práctica científica enfocaron su atención en el método científico y en los productos de la actividad científica. La discusión sobre el método estuvo en buena medida configurada por el individualismo epistémico: se hacía depender al éxito de la ciencia de las cualidades intelectuales de los individuos que la practican, como se hacen manifiestas en el razonamiento científico

Aunado a lo anterior, las concepciones idealizadas del método científico y de los productos de la actividad científica fueron sometidas a una intensa crítica desde otro frente. Al desplazar la atención hacia el problema del cambio científico, en The Structure of Scientific Revolutions Thomas Kuhn instaba a buscar una imagen más fidedigna de la ciencia a partir del examen de su historia. En esta, Kuhn reconoció largos periodos de consenso y conservadurismo, centrados en la resolución de acertijos al interior de un marco teórico y axiológico aceptado por la comunidad científica. No obstante, en ocasiones el conflicto de este marco con la evidencia y su incapacidad para resolver problemas considerados apremiantes generan malestar en la comunidad científica. Esto detona las revoluciones científicas, donde un nuevo paradigma reemplaza al anterior. En esta transición se modifican aspectos cruciales de una disciplina o campo de investigación. De este modo, al menos en cierto nivel de descripción, Kuhn cuestionó que un único método fuese responsable por los logros de la ciencia. Asimismo, más allá de las relaciones inferenciales entre los productos de la actividad científica, el enfoque kuhniano puso de relieve el papel de las comunidades y los grupos de investigación. 

Sin embargo, caracterizar a la ciencia como una práctica social eclipsó algunos de sus rasgos. Se puso a la ciencia a la par de otras prácticas influidas de manera determinante por los intereses y valores que surgen de las interacciones entre sus practicantes. Así, los defensores del ‘Programa fuerte de la sociología del conocimiento científico’, como Barry Barnes y David Bloor concebían a la ciencia como una institución sometida a influencias ideológicas tanto políticas como sociales. Sostenían que distintas sociedades podrían suscribir lógicas incompatibles, pero internamente coherentes, sin que hubiese criterios y restricciones universales para la evaluación de argumentos. En este espíritu, al dirigirse al entramado social e institucional en el que se desarrolla esta práctica, se llegó a caracterizar a las controversias científicas al margen de principios de inferencia racionales. Así, por ejemplo, en Against Method Paul Feyerabend describía a Galileo como un experto en relaciones públicas, que intentaba persuadir a sus contemporáneos de que siempre habían visto el mundo tal como él lo describía: “las formulaciones de Galileo constituyen, sólo en apariencia, auténticos argumentos. En efecto, Galileo emplea propaganda. Emplea trucos psicológicos”.

Dada la persistente convicción de que la ciencia es nuestra manera más fiable de obtener conocimiento, comprensión, creencias justificadas y otros bienes epistémicos, como corolario de estas discusiones en nuestros días suele pensarse que la historia y la práctica actual de la ciencia son relevantes para la epistemología y son de hecho una fuente fértil a partir de la cual pueden extraerse principios epistemológicos. Pero incluso si la indagación científica pudiesen realizarla individuos aislados, la ciencia tal como la conocemos es el producto de la colaboración colectiva. 

Desde el frente social, en The Science Question in Feminism, Sandra Harding reconoció que la homogeneidad en las comunidades científicas que excluían de manera sistemática las perspectivas de las mujeres, las personas de color y las clases trabajadoras, daba lugar a toda clase de sesgos, sobre todo en las ciencias sociales. Para Harding, el intercambio de creencias, valores y experiencias puede dar lugar a una objetividad más robusta al fortalecer la pluralidad de sus comunidades. De manera similar, Helen Longino sostuvo que la práctica científica se revisa a sí misma de manera continua y constante, en tanto los miembros de la comunidad científica efectúan procesos sociales que constituyen la interrogación transformativa. La objetividad en este esquema consiste en la participación de las científicas y los científicos en el intercambio colectivo de discusión crítica y no en alguna relación especial (de desapego o terquedad) que puedan tener con sus observaciones. 

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