La definición del arte | El peso de las razones por Marc Jiménez-Rolland y Mario Gensollen - LJA Aguascalientes
14/04/2024

Varias aproximaciones académicas a la estética filosófica se enfocan casi exclusivamente en la filosofía del arte. Muchas de ellas dedican considerable atención a discutir intentos explícitos y sistemáticos por definir el arte. Más de la mitad del volumen Filosofía del arte. Una introducción contemporánea, de Nöel Carroll, está dedicada a presentar y discutir varios intentos de definición del arte (o esfuerzos encaminados a mostrar que no es posible ofrecer una definición de este concepto). Si se piensa en tales intentos como una preparación inicial del terreno, no es sorprendente que el tiempo destinado a ellos genere frustración. La situación puede parecer análoga a lo que ocurre con muchas discusiones sobre la filosofía en México, que en su mayoría se ocupan únicamente de la cuestión de si acaso es posible hacer filosofía en México. En ambos casos, uno esperaría que después del preámbulo hubiese algo de sustancia. En numerosas ocasiones, eso es todo lo que hay.

Aunque mucha estética no tiene nada que ver con el arte y mucho de lo que nos inquieta acerca del arte no se relaciona con su definición, ocuparse de este concepto no tiene por qué ser una tarea pueril. 

A veces se piensa que el ejercicio de intentar ofrecer definiciones ‘reales’ (en términos de condiciones individualmente necesarias y conjuntamente suficientes) es sólo un producto más de la obsesión de la filosofía analítica con el lenguaje. Eso parece insinuarse en la introducción al volumen de Carroll, quien advierte que esta práctica filosófica da señas claras de estar en declive. Aun así, articula el grueso de sus contenidos y examina varios esfuerzos por definir el arte. Es cierto que este volumen no está puesto al día: se publicó hace un cuarto de siglo, en 1999. Sin embargo, en una entrevista más reciente (de 2016) con Paloma Atencia que se incluye en la versión castellana, Carroll comenta que el debate en torno a la definición de ‘arte’ sigue organizando la disciplina. En su opinión, una actualización de la visión panorámica de su Filosofía del arte requeriría un volumen complementario y no abandonar el enfoque de las definiciones. 

Al buscar una definición se busca un principio para distinguir al arte de lo que no es arte. Las aproximaciones tradicionales ubican este principio en algo intrínseco a las obras artísticas: la imitación de la belleza, la representación de un tema, la expresión de sentimientos, la inclusión de formas significativas, la intención de producir una experiencia estética. Pese a que no parece arbitrario reunir a las varias actividades y disciplinas artísticas, ninguno de estos rasgos es capaz de abarcar la enorme diversidad de objetos que llamamos ‘arte’; en especial, dada la variedad sin precedentes que surgió en el siglo XX y el reconocimiento de arte no occidental. Antes del siglo XX, podía haber un amplio consenso al identificar cuáles de los objetos eran arte y cuáles no; pero los movimientos artísticos revolucionarios y el influjo del arte no occidental han complicado esta tarea. Ante este escenario, la filosofía del siglo XX se planteó ofrecer una definición explícita que resolviera los casos difíciles.

Sin embargo, el reiterado fracaso de este proyecto generó sospechas. Se pensó que, por alguna razón filosófica profunda, el concepto podría no ser definible. Morris Weitz sugirió que esto se debía a que ‘arte’ es un concepto abierto, el cual se amplía constantemente. Puesto que no pueden enumerarse todas sus condiciones, aplicación, no es posible definirlo. Aun así, una explicación filosófica debería dar cuenta de algo que sí hacemos: identificamos el arte. Inspirados en el pensamiento de Ludwig Wittgenstein, algunos filósofos sugirieron que para ello no recurrimos a un rasgo compartido, sino que nos guiamos por ‘parecidos de familia’: similitudes significativas entre varios de sus miembros, pero que no todos comparten. 

Sin embargo, hay limitaciones reconocibles en este método de comparar candidatos con casos de arte previamente admitidos, explorando si guardan o no algún parecido. No todos los parecidos son significativos (no cualquier parecido es un parecido ‘de familia’); se requieren un mecanismo subyacente que determine cuáles son las similitudes relevantes. La búsqueda de ese mecanismo guía conduce nuevamente al problema de definir el arte. Quizá lo que define al arte no sea algo intrínseco a la obra, sino que involucra sus circunstancias sociales o históricas. Eso sugieren la teoría institucional, de George Dickie, y la teoría histórica intencional, de Jerrold Levinson. Sostienen que ningún rasgo en el objeto mismo nos permite discernir si es o no una obra de arte. Teorías como éstas pueden dar cuenta de la ‘apertura’ del concepto de arte. Sin embargo, conducen a una nueva versión del problema original 

¿Por qué habríamos de seguir ocupándonos de la definición de arte? De acuerdo con Carroll, algunos conceptos son fundamentales para nuestras vidas: “organizan nuestras prácticas”. Tales prácticas se ordenan en torno a algunos conceptos y modos recurrentes de conectarlos, de razonar con ellos. Podemos reconocerlo al considerar que nuestra manera de responder ante un objeto cambia drásticamente si lo catalogamos como una obra de arte. Objetos indiscernibles como un secador de botellas y el «Hérisson», de Duchamp, (o sus réplicas) detonan reacciones distintas en quienes los contemplan. Hay un germen de verdad en el famoso pasaje de Shakespeare: “Lo que llamamos rosa olería igual de dulce si tuviese cualquier otro nombre”. Sin embargo, si lo llamamos arte, su aroma exigiría nuestra atención de manera distinta.

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