Ninguna creencia es sagrada | El peso de las razones por Mario Gensollen - LJA Aguascalientes
12/04/2024

Creemos innumerables cosas. Nuestras creencias, sean del tipo que sean, forman un entramado. Unas con otras se relacionan, se apoyan, se infieren algunas de algunas otras. También impulsan nuestras acciones. Hago lo que hago, en parte, por aquellas cosas que creo. Por tanto, no sólo somos responsables de nuestros actos, también lo somos de nuestras creencias. Creer es casi tan natural como respirar para los animales humanos.

Tenemos creencias de muchos tipos. Podemos idear diversas tipologías. Creo, por ejemplo, que la Tierra gira en una órbita elíptica alrededor del Sol; creo que Roma es la capital de Italia; creo que hablo y escribo castellano (al menos de manera regular), así como leo y escribo (mal) el inglés; creo que 230 x 2 es igual a 460; creo que las solteras son personas no casadas; creo que dañar a otro ser humano sólo para divertirme está mal; creo que Cinema Paradiso es una película extraordinaria, así como creo que el mamey es una fruta deliciosa; también creo que el número atómico del tungsteno es 74. Dados estos ejemplos, podría decir que tengo creencias geográficas, lingüísticas, matemáticas, estéticas, éticas y científicas. También creo que mientras escribo esta columna siento aún un poco de sueño; creo (más bien espero, y quizá sin mucho fundamento) que mientras lean estas líneas se aburrirán, aunque espero que no demasiado; y creo que tengo un ordenador enfrente de mí. Dados estos ejemplos, tengo creencias acerca de mis propios estados mentales, pretendo poderlas tener acerca de los estados mentales de otras personas, así como tengo creencias acerca del mundo externo a mi propia mente. Tengo creencias, también, acerca del pasado, así como del presente y del futuro. Creo que los jesuitas fueron expulsados de México en 1767, que hoy (por desgracia) Enrique Peña Nieto es el presidente de México, así como que habrá elecciones en Aguascalientes en un par de meses.

Tenemos también diversas formas de evaluar creencias. Podemos decir que algunas son relevantes, otras irrelevantes; algunas pueden ser sagaces, otras miopes; algunas pueden ser penetrantes, otras superficiales; algunas pueden ser justas, otras pueden distorsionar; hay algunas sutiles, otras brutales. No obstante, la forma más básica para evaluarlas es con respecto a su valor veritativo: hay creencias verdaderas o falsas. Preguntarme si he de creer algo es lo mismo que preguntarme si aquello es verdadero. “Creencia” y “verdad” son dos conceptos profundamente ligados. Por lo mismo, las creencias no están enteramente a nuestra voluntad: no puedo, sin más, decidir sobre ellas. Para creer, debo creer que es verdad aquello que creo. Tiene poco sentido decir que creo algo que creo que es falso.

Por último, la verdad es -en un sentido importante- objetiva. Creer que algo es verdad no lo hace verdadero. Que el número atómico del tungsteno sea 74 no depende de que lo creamos o no, depende de su composición química. Que Roma sea la capital de Italia no depende de que lo creamos o no, depende de la configuración política de dicho país. Esto es cierto al menos para la gran mayoría de nuestras creencias.

Todas estas creencias acerca de nuestras creencias son en algún sentido debatibles, pero no son demasiado polémicas. No obstante, hay dos que sí lo son y son importantes. La primera puedo enunciarla de manera muy sencilla: cualquiera de nuestras creencias puede ser falsa. No hay nada en cualquiera de nuestras creencias que lo impida. Incluso aquellas que pensamos como las más básicas y fundamentales podrían resultar falsas. Esto implica que no hay dogmas, no hay verdades necesarias, no hay creencias superiores a otras. Todas, con respecto a la verdad, se cortan con el mismo cuchillo. 

La segunda se relaciona con la anterior, pero lo hace en un contexto más amplio. En una democracia y en una sociedad plural no hay creencias que gocen de un estatus superior. Las personas creen cosas distintas y de distinto tipo, y cualquiera de dichas creencias merece el mismo respeto. Por mucho tiempo se ha creído, por ejemplo, que las creencias religiosas merecen un trato distinto a las creencias de otra índole. Si lo que he sugerido es verdadero, esta posición es incorrecta e indeseable. En este sentido, la creencia en que no existe algún dios debe ser respetada de igual modo que la creencia en que Yahvé, Alá o Cristo son dioses. Vayamos más lejos: si cualquiera de nuestras creencias debe ser respetada de igual modo, que algunas de ellas sean satirizadas, que algunas sean víctimas de la ironía, el sarcasmo, la caricaturización, la crítica o el descrédito sin mayores reparos, implica que todas podrían sufrir el mismo escarnio sin mayores reparos. Pensar que debe haber creencias que no deban estar nunca sujetas a crítica -por ejemplo a la del humor, sea de buen o mal gusto- es una posición en cierto sentido inconsistente. O bien no debemos burlarnos de ninguna (lo cual es un tanto absurdo), o nos podemos burlar de lo que sea. Ninguna creencia es sagrada.

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