Enseñar filosofía | El peso de las razones por Marc Jiménez-Rolland y Mario Gensollen - LJA Aguascalientes
23/07/2024

Hace poco más de una década, una de nuestras colegas -que ahora se encuentra en retiro- solía decir que quienes estudiamos algún posgrado somos malos profesores de filosofía. Al decir esto, no intentaba meramente emplear una forma curiosa de referirse a quienes entonces éramos solo un pequeño grupo de personas. Tampoco pretendía que su afirmación fuese un simple corolario del principio más general de que no hay buenos profesores de filosofía. Genuinamente creía -o al menos eso declaraba vehementemente- que los estudios de posgrado son un obstáculo para la docencia. No parecía pensar que éste fuese un problema general, sino algo peculiar de la filosofía. Aun así, la institución en la que trabajábamos requería contractualmente que varios profesores de tiempo completo hubiesen concluido estudios de posgrado. Era una obligación contractual, por cierto, que no todos los colegas cumplían. ¿Es la especialización académica un impedimento para la enseñanza de la filosofía?

En retrospectiva, es sorprendente que en las múltiples ocasiones en que se formuló esta inquietud, nadie preguntara cuáles eran las bases de la férrea convicción de quien la manifestaba. Quizá tuvo malas experiencias durante su formación académica. Para muchas personas, los cursos de filosofía son un grato recuerdo de su paso por el bachillerato y/o la universidad. Para otras, sin embargo, las clases de filosofía son una experiencia abominable, que deja huellas indelebles y traumáticas. No parece que la causa sean los temas de estos cursos; a menudo se trata más bien de las personas que los imparten y de cómo lo hacen. Para apreciar estos rasgos es imprescindible asistir, quizá no a un curso completo, pero al menos a algunas clases de quienes lo imparten. Lamentablemente, nuestra colega jamás asistió a nuestras clases. Nosotros hablaremos desde nuestra experiencia.

Una inquietud común al tomar cursos de filosofía es la selección de sus contenidos. Algunos cursos se centran exclusivamente en los peculiares intereses de quien los imparte. Hay quienes dedican uno o varios cursos de filosofía moderna (de los siglos XVI a XIX) sólo al estudio de Nietzsche. Esta clase de decisiones no siempre responden a la especialización de la persona responsable de impartir el curso. Suelen, más bien, ser una manifestación de su carácter. Alguien puede hacer esto sin ser un especialista en Nietzsche (aunque crea que lo es). Asimismo, quien realiza estudios de posgrado puede buscar ofrecer un panorama más amplio de los contenidos del curso que pretende cubrir. Para decidir los contenidos de una materia, a veces se consulta a los estudiantes sobre qué temas quieren discutir y sólo se revisan esos temas. Aunque ésa puede ser una práctica provechosa para estudiantes con cierta familiaridad previa en el campo, no exime de la responsabilidad de guiar el proceso de aprendizaje. Quien imparte un curso debería saber qué material debería estudiarse y cuál es la mejor manera de presentarlo. Es cierto que no se requieren cursos de posgrado para saber estas cosas; pero la especialización no implica olvidarlas. 

Otra inquietud se desprende del papel como autoridad en el aula. La autoridad de quienes ejercemos la docencia no sólo se entiende como poder (especialmente, al informar institucionalmente los resultados de evaluación); también tiene una cara epistémica. Ambas facetas a menudo están relacionadas. En el ámbito académico, el ejercicio de la autoridad o poder vinculado a tareas de evaluación típicamente se asigna a individuos en virtud de su experticia. Sin embargo, a diferencia de otros campos, la filosofía es un área en la que es difícil reconocer la experticia. Ciertamente: haber realizado un posgrado (o no haberlo hecho) es un baremo precario para calcular la experticia filosófica. Eso no significa que no exista tal experticia. Hay quienes desbordan humildad al sugerir que aprenden más de sus alumnos de lo que son capaces de enseñarles; lamentablemente, jamás hemos escuchado que les ofrezcan su salario. Existen otros vicios en el vínculo entre poder y autoridad epistémica en la enseñanza de la filosofía. Por ejemplo, hemos visto que quienes se sienten inseguros sobre sus conocimientos suelen tratar de suplir esta carencia al actuar de manera autoritaria. Desafortunadamente, tales personas suelen ofrecer una paupérrima guía de lo que vale la pena resaltar (o de los peligros a evitar) cuando se visitan sitios de interés filosófico. Si los resultados de aprendizaje dependen sólo del talento previo de sus estudiantes, en realidad las funciones de estos instructores son enteramente prescindibles. 

Ningún nivel de especialización académica nos exime de nuestras responsabilidades docentes. Como ha señalado Steven Cahn, sin importar el interés inicial que tengan por los cursos que impartimos, parte de nuestra responsabilidad es que nuestros estudiantes lleguen a comprender sus temas, e incluso a disfrutarlos. 


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