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viernes, febrero 6, 2026

Huracán Erick: daños, muertes y prevención ante la nueva realidad climática

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Si en 2023 Otis expuso una gestión tardía y desbordada del gobierno mexicano ante desastres naturales, el paso del huracán Erick en junio de 2025 revela otra historia: una emergencia atendida con anticipación, aunque no sin tragedias ni retos estructurales. Esta vez, la coordinación entre órdenes de gobierno y una ciudadanía más alerta evitaron un saldo más devastador en Oaxaca y Guerrero. Pero la muerte de un niño, fallas eléctricas masivas y la infraestructura aún frágil confirman que la prevención en México sigue teniendo fisuras.

Una tormenta en contexto

Erick tocó tierra la mañana del jueves 19 de junio en Pinotepa Nacional, Oaxaca, como huracán categoría 3, tras alcanzar brevemente categoría 4 en mar abierto. Con vientos sostenidos de 205 km/h y rachas de hasta 250, cruzó la región arrasando árboles, líneas eléctricas y caminos. Aunque se degradó rápidamente a tormenta tropical y luego a baja presión, dejó tras de sí 123 mil usuarios sin electricidad, 36 municipios con daños y más de 20 vuelos cancelados en Puerto Escondido y Huatulco, afectando a unos 10 mil pasajeros, según Protección Civil y la CFE.

Dos muertes que sí importan

Las cifras oficiales se esforzaron en mantener el término “saldo blanco” durante las primeras horas, pero pronto la realidad lo desmintió. La primera víctima fue Ismael, un niño de apenas un año con tres meses, arrastrado por la corriente de un río en San Marcos, Guerrero. Su madre, de 16 años, sobrevivió al intento desesperado de cruzar cargando a su hijo.

La segunda víctima fue Miguel Ángel V. C., de 57 años, quien murió electrocutado en Los Ciruelos, Oaxaca, al intentar mover cables caídos. Aunque autoridades locales como el secretario de Gobierno de Oaxaca minimizaron su muerte como “no vinculada directamente al huracán”, la narrativa oficial no logró ocultar la crudeza de los hechos: el sistema eléctrico sigue siendo un riesgo mortal en contextos de desastre.

Cultura de prevención: entre la reacción y el aprendizaje

La reacción estatal fue rápida: más de 34 mil elementos de seguridad se desplegaron en tareas de remoción, atención y vigilancia. Cinco refugios temporales en Oaxaca se activaron y al menos 12 municipios, entre ellos Jamiltepec y Huazolotitlán, fueron atendidos como prioridad.

El contraste con huracanes recientes como Otis (2023) y John (2024) fue evidente, sobre todo en la percepción ciudadana. Habitantes como Jesús Díaz, en Acapulco, destacaron que “la gente ahora está más atenta a la prevención”, aprendiendo a responder con mayor rapidez. Sin embargo, ese aprendizaje no elimina los vacíos estructurales que cada ciclón revela: el colapso de servicios básicos, el aislamiento de comunidades y la vulnerabilidad de las infancias.

Después de la tormenta: riesgos persistentes

El Centro Nacional de Huracanes de EE.UU. advirtió que la rápida intensificación de fenómenos como Erick —duplicó su fuerza en menos de 24 horas— se volverá cada vez más frecuente, dificultando las labores de prevención. Solo en 2024 se registraron 34 eventos similares, el doble del promedio anual.

La presidenta Claudia Sheinbaum, quien visitará Oaxaca tras confirmar las muertes, subrayó la importancia del sistema de alertamiento temprano y anunció censos a cargo de la Secretaría de Bienestar para cuantificar daños en viviendas y escuelas. Pero entre deslaves activos, escuelas cerradas y vigilancia constante de ríos crecidos, la emergencia no ha terminado. Y aunque el país reaccionó mejor que antes, el costo humano sigue pesando.

Una tragedia que no debería repetirse

La muerte de Ismael, como la de miles de personas en emergencias previas, no puede ser reducida a una estadística o atribuida a la “decisión de cruzar un río”. Es una consecuencia de las desigualdades, de la falta de infraestructura segura, y de una respuesta institucional que aún no logra cuidar a los más vulnerables antes de que sea demasiado tarde.

Porque si el país ha aprendido algo desde Otis, es que los huracanes no solo arrasan ciudades: arrastran también los discursos triunfalistas, cuando no se colocan en el centro las vidas que se pierden.

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