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miércoles, febrero 4, 2026

Apología por el civismo por: Artemisa Belmonte Ibarra

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Apología por el civismo.

A menudo me pregunto si hemos perdido por completo nuestra forma de convivir en el mundo. ¿Por qué ya no somos educados? Yo, por mi trabajo, viajo de forma regular y llama mucho mi atención la conducta del viajero mexicano.

Caminando en los aeropuertos, veo muchos asientos para sentarse, algunos ocupados por personas, pero otros ocupados por mochilas y bolsas… ¿estarán muy cansadas estas mochilas? No estoy diciendo que la gente ponga sus pertenencias en el piso, pero, en vez de colocar una bolsa en nuestro regazo o sobre la maleta, preferimos quitar un lugar donde alguien podría sentarse.

A todas las personas nos entretiene nuestro teléfono y consumimos contenido en internet: videos, música, audios de WhatsApp, etcétera. Eso casi todas y todos lo hacemos, ¿pero no sería correcto usar audífonos? Contribuimos considerablemente al ruido ambiental, pero no nos importa.

Ni hablar de la actitud de bloquear los pasillos de los aviones queriendo ser la primera persona en salir (para ir a esperar la maleta abajo, en la banda de equipaje). No entiendo la desesperación de querer salir antes que las demás personas, que también pagaron un boleto y un asiento.

En la calle, las vialidades las hemos declarado propiedad exclusiva de los vehículos; nuestra cultura carrocéntrica le ha declarado la guerra a las y los ciclistas. Si llueve, cualquier persona que camina corre peligro de llegar manchada de agua sucia a su destino por algún auto que tenía mucha prisa y no se fija que en las banquetas hay peatones. Nos metemos a las filas sin recato alguno y sin escuchar el reclamo de quien se formó primero.

En los comercios cada vez es menos común que la gente te salude o te sonría; la atención a clientes se compra en lugares turísticos que viven de las propinas. Si no estás en esos lugares, mucha suerte. En el cine, ya no parece molestar que alguien hable durante la película o saque su celular con la pantalla a todo brillo, o deje su teléfono encendido, interrumpiendo la experiencia de las demás personas.

Nuestro individualismo está acabando con la convivencia social y con nuestro civismo; hemos caído en la trampa de creer que lo personal es independiente de lo colectivo. Mi reflexión con este artículo, para mí y para todas las personas que nos leen, es replantearnos nuestra convivencia con el mundo, con quienes no conocemos.

Una sociedad moderna e incluyente piensa en las demás personas y en cómo hacer de este un lugar mejor para todas y todos, no solo para uno mismo.

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