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jueves, enero 15, 2026

Grandeza: más que presentar un libro por: Renata Novales Aragón

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“A un país no le hiere su pueblo, lo hieren aquellos que lo gobiernan sin mirarlo de frente”.

Hablar del mexicano común como si fuera culpable de los peores males del país es una distorsión que ya parece costumbre. En el extranjero se repiten las mismas etiquetas: narco, violento, corrupto. Palabras que se lanzan con ligereza, como si describieran a todo un pueblo. Y terminan por instalarse en el imaginario global, aunque no correspondan a la realidad más básica: el mexicano que sostiene al país día tras día no es el que aparece en los titulares.

Esa imagen negativa, tan repetida, no se construyó desde abajo. Se construyó desde arriba. Desde el poder. Desde las cúpulas que han hecho del Estado un negocio y de la ciudadanía una herramienta desechable. La corrupción que se atribuye al “mexicano” no nació en las colonias, sino en oficinas donde la ética es un accesorio prescindible. El crimen organizado no es obra de la pobreza, sino del abandono institucional que permitió que la violencia se volviera economía.

Es necesario decirlo sin adornos: México no carga con esta reputación por culpa de su gente, sino por la conducta de quienes han administrado —y deteriorado— el país durante décadas. Son ellos, no el ciudadano de a pie, quienes han dejado que el Estado se vacíe por dentro.

A lo largo del tiempo, el poder político dejó de ser un ejercicio de servicio público y se convirtió en un mecanismo de enriquecimiento. Hoy es casi una certeza: quien entra al gobierno sale más rico. Y las consecuencias se sienten en la falta de escuelas terminadas, en hospitales sin medicamentos, en caminos que nunca se pavimentan; en el presupuesto que desaparece sin explicación; en una sociedad cansada que ha tenido que normalizar el deterioro.

La narrativa que pesa sobre nosotros en el extranjero no proviene del trabajador que atraviesa la ciudad cada día, sino de la élite que ha administrado la ruina. Esa es la crudeza de nuestra situación: la imagen del mexicano fue secuestrada por las acciones de quienes deberían haberlo representado con dignidad.

No es solo un problema de percepción, sino de fondo. Cuando un país permite que el dinero público se use con opacidad, cuando las instituciones no sancionan a quienes las corrompen, el resultado es un sistema que empuja al ciudadano a sobrevivir con lo que tenga. Muchos actos que llamamos “corrupción individual” son, en realidad, síntomas de un Estado que no garantiza ni lo mínimo. No es una excusa; es un diagnóstico.

A veces se dice que “así es México”. Pero esa frase oculta una verdad más severa: México es así porque quienes lo dirigen han preferido la conveniencia personal al bienestar colectivo. Y mientras el ciudadano se ajusta a una realidad hostil, la élite continúa acumulando influencia y recursos sin rendir cuentas.

La pregunta que debería incomodarnos es sencilla:
si el poder hubiera cumplido su función, ¿estaríamos viviendo esto?
La respuesta, aunque cruda, es evidente: no.

Sin embargo, reconocerlo no implica convertir el análisis en protesta. Implica describir el país con precisión. Implica señalar que la narrativa internacional sobre México es, en buena parte, un reflejo de las decisiones de quienes han ocupado los cargos más altos. No del pueblo. No de la mayoría.

Los estereotipos duelen porque provienen de una historia mal contada y de una realidad mal administrada. Y lo que pesa, verdaderamente, es que el ciudadano mexicano sigue pagando una factura que no generó.

México no necesita que lo defiendan con frases vacías; necesita que se le entienda con claridad. El problema no es la identidad del mexicano, sino la conducta de su élite. Hasta que esa distinción se haga explícita, la narrativa seguirá siendo injusta y seguirá cayendo sobre quienes menos la merecen.

 

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