En un país donde el cáncer de mama sigue siendo una de las principales causas de muerte entre mujeres, un grupo de investigadoras e investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) desarrolla una vacuna terapéutica que podría cambiar la forma en la que se trata esta enfermedad y algunas de sus variantes más agresivas.
El proyecto, encabezado por científicos de la Facultad de Química y el Instituto de Investigaciones Biomédicas, no busca prevenir el cáncer como ocurre con vacunas tradicionales, sino entrenar al sistema inmunológico para reconocer y destruir células tumorales cuando la enfermedad ya está presente. Se trata de un enfoque que forma parte de la llamada inmunoterapia, uno de los campos más prometedores en la oncología contemporánea.
La vacuna se basa en un sistema denominado Bibliotecas de Epítopos Variables (BEVs), una tecnología que incorpora miles de variantes de fragmentos tumorales. Esto permite que el sistema inmune identifique al cáncer incluso cuando éste muta para evadir los tratamientos, uno de los mayores retos en el combate a tumores como el cáncer de mama triple negativo, conocido por su agresividad y baja respuesta a terapias convencionales.
Los resultados, publicados en la revista científica internacional Molecular Immunology, muestran que en modelos animales una sola aplicación logró reducir tumores, evitar metástasis y generar memoria inmunológica, impidiendo que el cáncer reapareciera incluso después de reintroducir células malignas. Es decir, el sistema inmune “aprendió” a defenderse.
Aunque los avances aún se encuentran en fase preclínica, el siguiente paso será iniciar ensayos clínicos en humanos, un proceso largo y costoso que suele ser el principal cuello de botella para la ciencia pública en México. No es menor: mientras las grandes farmacéuticas invierten miles de millones en tratamientos inaccesibles para la mayoría, proyectos como este enfrentan recortes, burocracia y falta de financiamiento sostenido.
El desarrollo de esta vacuna no sólo representa un logro científico, sino también un recordatorio incómodo: la investigación pública puede generar soluciones de alto impacto social, siempre que se le permita avanzar. En un país atravesado por desigualdades en el acceso a la salud, apostar por ciencia hecha desde universidades públicas no es un lujo, sino una necesidad urgente.
La pregunta ya no es si el conocimiento existe, sino si el Estado y el sistema de salud estarán a la altura para que estos avances no se queden en los laboratorios, sino que lleguen a quienes más los necesitan.




