Donde se nace importa
Donde se nace importa. Aunque a veces se diga lo contrario, el lugar donde una persona nace y vive sigue influyendo de manera decisiva en sus oportunidades. Esta reflexión, que hoy comparto a través de las páginas de LJA.MX, parte de una premisa fundamental: el desarrollo económico no ocurre de forma abstracta ni automática; se construye en territorios concretos, con historias, capacidades y carencias específicas. Pensar que el crecimiento beneficia por igual a todos los espacios es desconocer una realidad que millones de personas experimentan a diario. La economía tiene geografía, y esa geografía sigue marcando diferencias profundas.
En México, las desigualdades entre regiones no son nuevas. Desde mediados del siglo pasado, el ingreso por habitante de las entidades con mayor desarrollo ha sido varias veces superior al de los estados con mayores rezagos. A pesar de distintos ciclos de crecimiento, esa brecha no se cerró; se volvió parte del paisaje. Hoy, esa disparidad se expresa en infraestructura desigual, acceso limitado a servicios básicos y oportunidades económicas concentradas en pocos territorios.
Esta realidad es particularmente visible en nuestra región. El Bajío, y de manera destacada Aguascalientes, ha logrado consolidarse como un “polo” de desarrollo frente a otros contextos nacionales. Sin embargo, este éxito regional nos obliga a mirar hacia adentro con mayor rigor: la prosperidad del estado no debe ocultar los retos pendientes en su propia geografía interna. El desafío actual es lograr que ese crecimiento sea verdaderamente incluyente a nivel municipal, evitando que el código postal dentro del mismo estado siga determinando la calidad de vida. No basta con ser un motor regional si los beneficios no permean de forma equitativa a cada comunidad y municipio que compone nuestra entidad.
Estas diferencias no son exclusivas de nuestro país. Incluso en los países que integran la OCDE, las desigualdades regionales siguen siendo marcadas. Detrás de las cifras hay realidades muy distintas: personas que acceden con facilidad a empleo y servicios, frente a otras que enfrentan límites estructurales por el simple hecho de habitar un territorio rezagado.
Sin embargo, la experiencia internacional -desde la transformación industrial de Corea del Sur hasta la apuesta educativa de Finlandia o la cohesión territorial de la Alemania reunificada- muestra que estas brechas no son inevitables. Estos casos comparten una lección central: el desarrollo es el resultado de decisiones públicas de largo plazo que colocan a las personas y a los territorios en el centro.
Cuando el desarrollo no llega a una región, sus efectos se sienten de inmediato en lo social. La falta de empleo digno y servicios públicos empuja a miles de personas a la migración forzada como estrategia de supervivencia, rompiendo redes familiares y debilitando comunidades. El esfuerzo individual pierde fuerza cuando el entorno no acompaña. Por ello, fortalecer lo local y lo municipal es una condición indispensable para reducir brechas.
Invertir con visión territorial implica reconocer vocaciones productivas y facilitar que las personas puedan desarrollarse donde viven. Hablar de desarrollo regional es, en última instancia, hablar de justicia social. Significa reconocer que ninguna persona debería ver limitado su destino por el lugar donde nació. Como se sostiene en esta columna para LJA.MX, el territorio no puede seguir siendo una sentencia; reconocer que donde se nace importa no es un acto de resignación, sino el primer paso para transformarlo.




