Ecos de la discapacidad
A propósito de la conmemoración del Día Mundial del Braille: una herramienta vigente que exige coherencia pública
Cada 4 de enero, fecha en la que nació Louis Braille, el mundo recuerda la importancia del sistema de lectoescritura que lleva su apellido. El Día Mundial del Braille no es una conmemoración menor: implica reconocer un medio que históricamente ha permitido a las personas ciegas acceder a la educación, la cultura y la información y, en consecuencia, a una vida más autónoma. Sin embargo, más allá de los discursos y los actos simbólicos, la realidad del braille en México revela una profunda brecha entre su reconocimiento normativo y su aplicación efectiva.
De acuerdo con datos del INEGI, en México viven más de 2.7 millones de personas con discapacidad visual, de las cuales una proporción significativa presenta ceguera total. A pesar de ello, el acceso al aprendizaje formal del braille sigue siendo limitado, desigual y, en muchos casos, tardío. Este dato, por sí solo, obliga a replantear si el sistema educativo, las políticas públicas y las instituciones encargadas de la inclusión están respondiendo de manera adecuada a una necesidad básica: la alfabetización.
El braille no es un complemento ni una herramienta opcional. La UNESCO ha señalado que la alfabetización en lengua escrita, incluido el braille para las personas ciegas, es un derecho humano fundamental y un factor determinante para el desarrollo personal, la participación social y el acceso al empleo. Aun así, en la práctica, el braille suele quedar relegado frente a soluciones tecnológicas que, si bien resultan útiles, no sustituyen el dominio de la lectura y la escritura táctil.
Uno de los principales desafíos se encuentra en la enseñanza. En muchos contextos educativos, la instrucción en braille depende de la buena voluntad de docentes con formación insuficiente o de instituciones especializadas que no alcanzan a cubrir la demanda existente. La falta de programas sólidos de capacitación docente, así como la escasa actualización de materiales y metodologías, genera una enseñanza fragmentada que impacta directamente en la calidad del aprendizaje.
Esta situación se agrava en el caso de las personas que pierden la vista en la edad adulta. Para ellas, aprender braille no solo implica adquirir una nueva habilidad, sino reconstruir su vínculo con la lectura y la escritura. Sin embargo, los programas de rehabilitación visual en el país suelen priorizar el uso de tecnologías auditivas y dejar el braille como una opción secundaria, cuando no prescindible. Al respecto, la Organización Mundial de la Salud ha advertido que la alfabetización táctil fortalece la autonomía cognitiva y reduce la dependencia, especialmente en contextos educativos y laborales.
Paradójicamente, mientras el aprendizaje del braille enfrenta múltiples obstáculos, su presencia física en espacios públicos ha crecido. Señalética, elevadores, oficinas gubernamentales y edificios públicos incorporan braille como parte de sus obligaciones normativas. No obstante, esta inclusión muchas veces resulta más estética que funcional. Sin procesos paralelos de enseñanza y promoción del uso del sistema, el braille corre el riesgo de convertirse en un símbolo vacío, una marca de cumplimiento administrativo más que una herramienta viva de accesibilidad.
La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad es clara al respecto. En su artículo 24 establece la obligación de los Estados de facilitar el aprendizaje del braille y de promover la identidad lingüística de las personas ciegas como parte de una educación inclusiva y de calidad. No se trata únicamente de cumplir con la ley, sino de entender que sin alfabetización no hay inclusión real.
Hablar del braille desde una perspectiva crítica no implica nostalgia ni resistencia al avance tecnológico. Por el contrario, supone reconocer que la tecnología y el braille deben coexistir y complementarse. Las líneas braille electrónicas, los lectores de pantalla y los dispositivos móviles han ampliado las posibilidades de acceso, pero todos ellos se potencian cuando existe una base sólida de lectoescritura.
Pensar en un futuro distinto es posible y necesario. Un futuro donde el braille se enseñe desde edades tempranas, donde las personas que adquieren una discapacidad visual cuenten con programas públicos de alfabetización accesibles y donde el Estado, la academia y la sociedad civil trabajen de manera coordinada. Como señaló Helen Keller: “La alfabetización es el pasaporte de la civilización”. Para las personas ciegas, ese pasaporte sigue teniendo puntos en relieve.
El verdadero sentido del Día Mundial del Braille no está en la celebración superficial, sino en la reflexión profunda y en la acción concreta. Reconocer al braille como un derecho, invertir en su enseñanza y garantizar su uso efectivo es una deuda pendiente que aún estamos a tiempo de saldar. Porque hablar de accesibilidad no es solo adaptar espacios, sino asegurar que todas las personas puedan leer, escribir y comprender el mundo en igualdad de condiciones.




