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miércoles, enero 14, 2026

El conflicto entre la amortalidad humana y el colapso biológico | Ambientalistas por: Paulina Araceli Romo Rodríguez y Victor Hugo Salazar Ortiz

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Ambientalistas 

El conflicto entre la amortalidad humana y el colapso biológico

Yuval Noah Harari (2020) en su libro Homo Deus plantea que durante milenios la humanidad aceptó la muerte como un decreto final de los dioses o de una naturaleza ciega; sin embargo, esta tragedia inevitable se ha convertido, bajo la lupa del laboratorio, en un simple obstáculo a vencer. Para la ciencia actual la existencia no tiene sentido, por lo que busca enfocarse en la optimización de la vida como mero hecho biológico, transitando con ello hacia una era de control del pensamiento humano contemporáneo. 

Harari explica que, a lo largo de la historia, la humanidad logró mitigar el hambre, las pestes y la guerra, pero ya no representan tragedias inevitables, sino problemas manejables. Al quedar estos viejos enemigos en segundo plano, la humanidad ha establecido tres nuevos objetivos para el siglo XXI: la inmortalidad, la felicidad y la divinidad.

Históricamente la muerte y otros males se asociaron a decretos divinos, pero ese tipo de mentalidad ha cambiado actualmente, ya que se reconoce que, si las personas padecen hambre, enfermedades y mueren, es debido a situaciones naturales más que a un decreto divino, aunque esta idea no deja de estar presente culturalmente y se manifiesta en expresiones coloquiales como “Dios quiera” o “Dios así lo quiso”. No obstante, para la ciencia la muerte es simplemente un problema técnico: morimos porque el corazón deja de bombear o en el cerebro no hay actividad eléctrica ni flujo sanguíneo. Bajo esta premisa, los científicos ya no buscan un sentido trascendental de la muerte, sino que se enfocan en su evasión. La meta es resolver los problemas técnicos que la vejez trae consigo para aumentar la esperanza de vida hacia la amortalidad, y aunque la muerte continuará cobrando víctimas, esta será producto de accidentes cotidianos o enfermedades que hasta hoy día siguen siendo incurables. 

Harari comenta al respecto que actualmente existen investigaciones que constituyen un nuevo rumbo para la medicina. Un ejemplo es el proyecto Calico, de Google, cuya misión es entender mejor el proceso de deterioro de las células, desarrollar mecanismos que permitan ralentizarlo y así lograr que las personas puedan llevar una vida más larga. La bióloga molecular Cynthia Kenyon, vicepresidente de Calico, realizó experimentos en los gusanos Caenorhabditis elegans y descubrió que podía extender al doble su vida si suprimía el gen DAF-2. En proyectos de este tipo, los científicos están desarrollando tecnologías con las que prevén garantizar una vida más larga y saludable en ciertas especies, para posteriormente emplearla en personas, lo cual podría traerles mayor prosperidad a algunos seres humanos. 

Es importante señalar que Harari establece una distinción conceptual fundamental: mientras que la inmortalidad implica la imposibilidad de morir, la amortalidad define a individuos que no envejecen ni enferman, pero que aún podrían morir por causas externas como un accidente de auto. Esta distinción entre inmortalidad y amortalidad es crucial porque marca el fin de la renovación biológica. 

Desde la perspectiva del autor, la muerte es necesaria para eliminar los genes menos aptos, pero si la esperanza de vida se prolonga drásticamente a costa de una tasa de mortalidad baja, el crecimiento poblacional se volvería insostenible. Más humanos viviendo por más años representan una mayor demanda de agua potable, alimentos y energía, lo que aceleraría la explotación de ecosistemas, que ya son vulnerables, acelerando el agotamiento de recursos y pérdida de hábitats. 

Además, la amortalidad no tendría criterios universales sino de privilegio de estos avances tecnológicos, advierte Harari, ya que, si la medicina logra resolver el envejecimiento y la muerte que conlleva este como problemas técnicos, el dinero será el factor que determine quién vive y quién muere. Esta dinámica creará entonces una mentalidad de “sálvese quien pueda” y los recursos se invertirán en tecnologías que solo permitirán a una minoría sobrevivir. Esto implicará la misión de crear zonas estériles y seguras, aisladas de la degradación ambiental en el que “las personas pudientes” puedan proteger su inversión de vida. La amortalidad creará además un mayor distanciamiento entre las personas, pues la brecha entre ellas no sólo se medirá con lo que poseen, sino además por lo que son biológicamente. 

La transición a una vida amortal no solo redefine nuestra longevidad, sino la esencia misma de nuestra estructura social y natural, pues esta opera bajo ciclos de vida, muerte y renovación, lo que permite que nuevas generaciones aporten diversidad genética y se adapten a cambios ambientales. Al despojar a unos cuantos de la muerte como un nivelador natural, nos enfrentaría al surgimiento de una nueva “casta biológica” cuya prioridad sea la protección de entornos exclusivos. La conservación ambiental se enfrentaría a la necesidad de mayor espacio para viviendas e infraestructuras exclusivas, lo cual demandaría una urbanización masiva que desplazaría a miles de especies y fragmentaría corredores biológicos. En este escenario, el dinero comprará años de vida y solo una minoría podría inmunizarse mediante la más alta tecnología contra enfermedades derivadas del cambio climático o la contaminación, ignorando la salud global.

Por lo tanto, un mundo en el que la longevidad y la salud de la vida humana están controladas por la ciencia y la tecnología podría significar, paradójicamente, el fin del equilibrio que la hizo posible, además, lejos de invertir fondos en detener el colapso ecológico global, esta búsqueda de placer perpetuo actúa como la motivación oculta de la explotación ambiental, pues, cuando la muerte ya no represente un límite, la sucesión natural llegaría a su fin. 

Esta transformación nos llevaría de ser “usuarios” de la naturaleza a convertirnos en sus “diseñadores” absolutos, lo que Harari describe como el paso del Homo Sapiens al Homo Deus, porque si el ser humano no reconoce su saciedad, podría condenarse a arruinar los recursos de un planeta finito en su intento trivial por silenciar su insatisfacción evolutiva.

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