Hoy no se trata de simpatizar o no con Nicolás Maduro. Hoy se trata de algo mucho más serio y mucho más grande: la soberanía. Porque cuando un presidente es capturado por la fuerza fuera de su país, el mensaje no va dirigido solo a Venezuela. Va dirigido a todxs.
Lo que pasó es grave. Muy grave.
No fue diplomacia.
No fue consenso internacional.
Fue poder bélico imponiendo condiciones.
Y cuando eso sucede, hay que decirlo sin rodeos: la Doctrina Monroe está de regreso, sin maquillaje y sin pedir permiso. Esa idea vieja de que América Latina sigue siendo el patio trasero de alguien más. De que aquí se puede entrar, decidir, mover piezas y salir, como si los países no fueran soberanos sino territorios prestados.
Hoy fue Venezuela.
Mañana puede ser cualquiera.
Esto debería prender focos rojos en todos los gobiernos latinoamericanos, especialmente en México. Porque la soberanía no es un concepto romántico ni un discurso para ceremonias cívicas. Es una línea real, concreta, que cuando se cruza ya no se recupera igual.
No se trata de defender a una persona.
Se trata de defender un principio básico:
que ningún país tenga derecho a arrodillar a otro usando la fuerza militar.
Porque cuando aceptas que el poder bélico decide quién gobierna, entonces las urnas, las leyes y los pueblos pasan a segundo plano. Entonces ya no importa si un gobierno es bueno o malo. Importa si conviene o estorba. Si obedece o se resiste.
Y eso es peligrosísimo.
México no puede quedarse callado. No puede esconderse detrás del discurso de la no intervención mientras el tablero regional se reacomoda a golpes. Porque cuando la fuerza sustituye al derecho, la neutralidad deja de ser prudente y se convierte en vulnerabilidad.
Hoy el mensaje fue claro: el que no se alinea, se expone.
Y América Latina tiene que decidir si va a seguir reaccionando cada quien por su lado o si va a entender, de una vez por todas, que la soberanía solo se defiende en bloque.
Porque divididos somos fáciles.
Unidos incomodamos.
Esto no es ideología.
No es izquierda ni derecha.
Es dignidad política.
Porque cuando un país acepta que otro lo doblegue con armas, deja de ser soberano aunque conserve bandera, himno y discurso. Y cuando una región guarda silencio frente a eso, se vuelve cómplice por omisión.
La Doctrina Monroe no murió.
Solo estaba esperando el momento adecuado para volver.
Y mientras tanto, ahí la llevamos…
viendo cómo el mundo se reordena por la fuerza
y preguntándonos si vamos a reaccionar ahora
o cuando ya no quede margen.




