Por Tania González
Tal vez los sigues desde hace meses. Te aparece su contenido entre fotos de amigos, trends virales y noticias de última hora. Recomiendan marcas, vlogean de su día, posan frente al espejo. Nada parece fuera de lugar. Y, sin embargo, algunos de los influencers más populares de internet no son personas reales.
No es una exageración ni una teoría conspirativa. Son perfiles creados con inteligencia artificial que acumulan seguidores reales, generan ingresos reales y ocupan el mismo espacio simbólico que cualquier creador humano. Lo inquietante no es solo su existencia, sino la facilidad con la que se integraron a la rutina digital sin levantar sospechas.
Uno de los casos más conocidos es Lil Miquela, una influencer virtual creada por la empresa Brud. Según ha documentado The New York Times, ha trabajado con marcas como Prada y Calvin Klein, participando en campañas globales y consolidando una presencia estable en redes sociales. Aunque su origen artificial es público, miles de usuarios interactúan con ella como si se tratara de una persona más dentro del ecosistema digital.
La pregunta no es si estos perfiles existen —porque existen—, sino por qué funcionan.
Parte de la respuesta está en que internet, desde hace tiempo, dejó de ser un espacio de autenticidad pura. Filtros, edición, guiones y personajes ya forman parte del lenguaje cotidiano de las redes. En ese contexto, un influencer creado por IA no rompe las reglas: simplemente las lleva al extremo. Como señaló The Guardian en un análisis sobre el fenómeno, estos personajes no engañan tanto por su realismo técnico, sino por su capacidad de replicar emociones (o algo parecido), rutinas y discursos que ya reconocemos como “humanos”.
Además, no están improvisados. Cada gesto, cada publicación y cada postura responde a una estrategia. A diferencia de un creador de carne y hueso, un influencer virtual no envejece, no se equivoca, no publica algo impulsivamente a las tres de la mañana en stories. Para las marcas, eso es una ventaja clara. Forbes ha señalado que este tipo de figuras elimina uno de los principales riesgos del marketing de influencia: la imprevisibilidad humana.
Pero el impacto no se queda en lo comercial. De acuerdo con BBC Mundo, muchos de sus seguidores saben que estos influencers no son reales y aun así los siguen. Otros no lo saben. Y otros más lo intuyen, pero no les importa. La conexión ocurre de todos modos. Les comentan sus publicaciones, comparten sus fotos, y hasta compran los productos que recomiendan.
Ahí es donde el fenómeno se vuelve más complejo. No se trata solo de tecnología, sino de vínculo. De qué significa conectar emocionalmente con algo que fue diseñado para parecer cercano, pero que no siente, no recuerda y no vive. En algunos casos, esa línea se ha cruzado de forma problemática. En 2024, Lil Miquela fue criticada tras publicar contenido relacionado con una enfermedad grave (cáncer) como parte de una campaña publicitaria.
Según reportó People, usuarios cuestionaron el uso de una figura artificial para representar experiencias profundamente humanas, señalando una falta de sensibilidad ética.
Este tipo de episodios ha reabierto un debate que todavía no tiene respuestas claras.
¿Debe señalarse siempre cuando un perfil es generado por IA? ¿Quién es responsable de los mensajes que transmite? ¿Las plataformas, las marcas o quienes diseñan a estos personajes?
Por ahora, la regulación es escasa. Reuters ha informado que distintos gobiernos analizan normativas para etiquetar contenido creado con inteligencia artificial, pero aún no existe como tal un marco legal específico para influencers virtuales. Mientras tanto, el fenómeno crece más rápido que las reglas.
En un internet saturado de imágenes perfectas y discursos cuidadosamente construidos, los influencers artificiales no parecen una anomalía, sino una consecuencia lógica. Siguen ahí, mezclados entre creadores reales, desplazándose por el feed sin levantar demasiadas alarmas.
Tal vez por eso incomodan. No porque sean falsos, sino porque obligan a hacerse una pregunta incómoda: si la influencia es real, ¿importa quién —o qué— está del otro lado de la pantalla?




